Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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La guerra desde Nueva York
Lo primero que hice al llegar a casa, antes incluso de deshacer las
maletas, fue encender la televisión y llamar a los conocidos. Quería
saber de primera mano qué opinan los norteamericanos de esta guerra.
Como las respuestas
incluyen algunas sorpresas, se las enumero:
La primera: incluso los mayores enemigos de Bush, esos demócratas
de toda la vida que no votarían republicano ni a rastras, no critican
esta guerra. Un profesor universitario al que más de una vez le oí
considerar al presidente «una desgracia nacional», me decía ante mi
asombro: «Nunca creí que esta guerra fuese necesaria ni conveniente.
Pero una vez empezada y visto como se está desarrollando, la apoyo,
deseando ahora sólo que acabe cuanto antes.» Los críticos más acerbos
de la Administración muestran en periódicos y televisión una actitud
que podría resumirse en lo siguiente: «Mientras nuestros soldados se
están jugando la vida, no procede poner en duda la honorabilidad de su
esfuerzo». Hay sin duda norteamericanos que siguen oponiéndose a esa
guerra, pero son una clara minoría como muestran las manifestaciones,
muy inferiores en número y representatividad a las que tienen lugar en
Europa.
Segundo: el resto, que vienen a ser los dos tercios de la población
según todas las encuestas, no siente entusiasmo alguno por esta
guerra, pero sí una agradable sorpresa ante como está transcurriendo.
El frenazo tras la primera semana hizo temer lo peor, pero lo ocurrido
desde entonces no puede ser, para ellos, más satisfactorio. Se está ya
en Bagdad, donde los soldados norteamericanos han entrado en uno de
los palacios de Sadam y derribado una de sus estatuas ecuestres en un
alarde psicológico-militar que apunta tanto a la opinión pública
iraquí como a la norteamericana. Las críticas a la audaz estrategia de Rumsfeld de lanzar sus no demasiadas tropas como una punta de lanza al
corazón mismo del enemigo sin el correspondiente apoyo logístico han
desaparecido ante el éxito de la operación. «Rumsfeld puede ser todo
lo antipático que se quiera, pero no hay duda de que ha demostrado
saber cómo se hace una guerra moderna», dice uno de los analistas.
Tercero: no es verdad, como creí entender de las informaciones
recibidas en España, que los norteamericanos no se enteran de las
víctimas civiles de esta guerra. Se enteran y las imágenes, incluidas
las de mujeres y niños muertos y heridos, están en estos periódicos y
pantallas. Lo que ocurre es que están entre otras (tanques, tropas,
aviones), no como ahí, mandando e incluso acaparando la información
gráfica. En general, he creído detectar un enorme alivio y casi un
disimulado orgullo en cómo se está desarrollando la contienda. «Pese a
los continuos y demoledores bombardeos ¬leo en el «New York Times», un
periódico que se opuso desde el primer momento a esta guerra¬ no se
les puede comparar a los de Hamburgo o Dresde en la Segunda Mundial.
Algunas bombas han alcanzado objetivos civiles y causado bajas en las
propias fuerzas. Pero la inmensa mayoría de ellas han ido con
precisión milimétrica al objetivo militar señalado».
Cuarto: pese a ello, no encuentro euforia por ninguna parte. Puede
deberse al tiempo ¬gris, frío, húmedo, con nieva anunciada para
mañana¬, pero no creo se deba sólo a eso, sino a que, sencillamente,
esta guerra no genera entusiasmo. Veo poca gente por la Quinta
Avenida, menos aún en los comercios, algunos de ellos con el cartelito
«Se traspasa». Éste es un país en guerra, y se nota en todos los
aspectos.
Quinto: España y Aznar apenas aparecen en el torrente de
información sobre la guerra. De lo que se habla es de la «coalición»,
referida a quienes están luchando. Y España no está. Un par de amigos
me han mostrado su sorpresa porque les hubiéramos apoyado, pero no
más. Respecto a Francia y Alemania, se prefiere el silencio, como
suele ocurrir en las disputas familiares. Pero el disgusto es
evidente. Sobre todo en las esferas oficiales, donde han dejado claro
que «el futuro de Iraq lo decidirá la coalición. La ONU puede tener un
papel, sobre todo humanitario, pero decidió mantenerse al margen y no
puede ahora reclamar protagonismo».
Y sexto: a nadie se le escapa que si la guerra puede resultar más
fácil de lo que se temía, la paz puede ser bastante más difícil. Los
problemas de montar en Iraq una administración capaz de mantener unido
el país, y no hablemos ya de democratizarlo, son evidentes. Y he
escuchado más de un comentario sobre la imposibilidad de lograrlo si
no se aborda el problema de fondo del Oriente Medio: el palestino. Si
los tanques israelíes siguen destruyendo casas y matando gente en Gaza
y Cisjordania, la toma de Iraq por parte de los norteamericanos se
tomará en el mundo árabe como una muestra del intento occidental de
aplastarles y humillarles. Lo que crearía más resentimiento y más
terrorismo. O sea que esta victoria no serviría de nada. Son voces
aisladas, pero suficientes para demostrar que es un sentimiento
generalizado, aunque no todos se atreven a expresarlo en voz alta. El
problema, como en la fábula, es quién pone el cascabel al gato, quiero
decir a Sharon.
Éstas son las primeras
impresiones que recojo de un país en guerra. Preocupación y alivio
entremezclados. Alivio porque militarmente las cosas están saliendo
mucho mejor de lo esperado. Preocupación porque todo el mundo sabe
que las batallas políticas aún por librar pueden ser bastante más
complicadas. Pero que esta guerra no va a ser la de Vietnam, parece
asegurado. Y eso en mucho, dado como se había puesto el panorama. Aunque
el invierno aún no se haya ido de las calles ni de los corazones.
José María Carrascal
Periodista y Escritor.
Fuente: La Razón
08/04/03