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Miércoles 9 de abril de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

La guerra desde Nueva York

Lo primero que hice al llegar a casa, antes incluso de deshacer las maletas, fue encender la televisión y llamar a los conocidos. Quería saber de primera mano qué opinan los norteamericanos de esta guerra.

 

Como las respuestas incluyen algunas sorpresas, se las enumero:

La primera: incluso los mayores enemigos de Bush, esos demócratas de toda la vida que no votarían republicano ni a rastras, no critican esta guerra. Un profesor universitario al que más de una vez le oí considerar al presidente «una desgracia nacional», me decía ante mi asombro: «Nunca creí que esta guerra fuese necesaria ni conveniente. Pero una vez empezada y visto como se está desarrollando, la apoyo, deseando ahora sólo que acabe cuanto antes.» Los críticos más acerbos de la Administración muestran en periódicos y televisión una actitud que podría resumirse en lo siguiente: «Mientras nuestros soldados se están jugando la vida, no procede poner en duda la honorabilidad de su esfuerzo». Hay sin duda norteamericanos que siguen oponiéndose a esa guerra, pero son una clara minoría como muestran las manifestaciones, muy inferiores en número y representatividad a las que tienen lugar en Europa.

Segundo: el resto, que vienen a ser los dos tercios de la población según todas las encuestas, no siente entusiasmo alguno por esta guerra, pero sí una agradable sorpresa ante como está transcurriendo. El frenazo tras la primera semana hizo temer lo peor, pero lo ocurrido desde entonces no puede ser, para ellos, más satisfactorio. Se está ya en Bagdad, donde los soldados norteamericanos han entrado en uno de los palacios de Sadam y derribado una de sus estatuas ecuestres en un alarde psicológico-militar que apunta tanto a la opinión pública iraquí como a la norteamericana. Las críticas a la audaz estrategia de Rumsfeld de lanzar sus no demasiadas tropas como una punta de lanza al corazón mismo del enemigo sin el correspondiente apoyo logístico han desaparecido ante el éxito de la operación. «Rumsfeld puede ser todo lo antipático que se quiera, pero no hay duda de que ha demostrado saber cómo se hace una guerra moderna», dice uno de los analistas.

Tercero: no es verdad, como creí entender de las informaciones recibidas en España, que los norteamericanos no se enteran de las víctimas civiles de esta guerra. Se enteran y las imágenes, incluidas las de mujeres y niños muertos y heridos, están en estos periódicos y pantallas. Lo que ocurre es que están entre otras (tanques, tropas, aviones), no como ahí, mandando e incluso acaparando la información gráfica. En general, he creído detectar un enorme alivio y casi un disimulado orgullo en cómo se está desarrollando la contienda. «Pese a los continuos y demoledores bombardeos ¬leo en el «New York Times», un periódico que se opuso desde el primer momento a esta guerra¬ no se les puede comparar a los de Hamburgo o Dresde en la Segunda Mundial. Algunas bombas han alcanzado objetivos civiles y causado bajas en las propias fuerzas. Pero la inmensa mayoría de ellas han ido con precisión milimétrica al objetivo militar señalado».

Cuarto: pese a ello, no encuentro euforia por ninguna parte. Puede deberse al tiempo ¬gris, frío, húmedo, con nieva anunciada para mañana¬, pero no creo se deba sólo a eso, sino a que, sencillamente, esta guerra no genera entusiasmo. Veo poca gente por la Quinta Avenida, menos aún en los comercios, algunos de ellos con el cartelito «Se traspasa». Éste es un país en guerra, y se nota en todos los aspectos.

Quinto: España y Aznar apenas aparecen en el torrente de información sobre la guerra. De lo que se habla es de la «coalición», referida a quienes están luchando. Y España no está. Un par de amigos me han mostrado su sorpresa porque les hubiéramos apoyado, pero no más. Respecto a Francia y Alemania, se prefiere el silencio, como suele ocurrir en las disputas familiares. Pero el disgusto es evidente. Sobre todo en las esferas oficiales, donde han dejado claro que «el futuro de Iraq lo decidirá la coalición. La ONU puede tener un papel, sobre todo humanitario, pero decidió mantenerse al margen y no puede ahora reclamar protagonismo».

Y sexto: a nadie se le escapa que si la guerra puede resultar más fácil de lo que se temía, la paz puede ser bastante más difícil. Los problemas de montar en Iraq una administración capaz de mantener unido el país, y no hablemos ya de democratizarlo, son evidentes. Y he escuchado más de un comentario sobre la imposibilidad de lograrlo si no se aborda el problema de fondo del Oriente Medio: el palestino. Si los tanques israelíes siguen destruyendo casas y matando gente en Gaza y Cisjordania, la toma de Iraq por parte de los norteamericanos se tomará en el mundo árabe como una muestra del intento occidental de aplastarles y humillarles. Lo que crearía más resentimiento y más terrorismo. O sea que esta victoria no serviría de nada. Son voces aisladas, pero suficientes para demostrar que es un sentimiento generalizado, aunque no todos se atreven a expresarlo en voz alta. El problema, como en la fábula, es quién pone el cascabel al gato, quiero decir a Sharon.

Éstas son las primeras impresiones que recojo de un país en guerra. Preocupación y alivio entremezclados. Alivio porque militarmente las cosas están saliendo mucho mejor de lo esperado. Preocupación porque todo el mundo sabe que las batallas políticas aún por librar pueden ser bastante más complicadas. Pero que esta guerra no va a ser la de Vietnam, parece asegurado. Y eso en mucho, dado como se había puesto el panorama. Aunque el invierno aún no se haya ido de las calles ni de los corazones.

José María Carrascal
Periodista y Escritor.
Fuente: La Razón
08/04/03

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