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Lunes 14 de abril de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Las noticias que nos habíamos guardado

Durante los últimos 12 años he realizado 13 viajes a Bagdad para presionar al Gobierno de Irak con el fin de que nos permitiera mantener abierta nuestra oficina de CNN en la capital y organizar entrevistas con líderes iraquíes. En cada viaje aumentaba mi angustia por lo que veía y escuchaba, cosas terribles de las que no podía informar porque de hacerlo habría puesto en peligro la vida de muchos iraquíes, particularmente de los que pertenecían a nuestra plantilla en Bagdad.

 

A mediados de los 90 uno de nuestros camarógrafos fue secuestrado. Durante semanas recibió palizas y descargas eléctricas en el sótano de una comisaría secreta porque se negó a confirmar la ridícula sospecha del Gobierno de que yo era el jefe de la oficina iraquí de la Agencia Central de Inteligencia.

El hecho de trabajar para un medio informativo extranjero no proporcionaba ninguna protección a los ciudadanos iraquíes. La policía secreta aterrorizaba a los que trabajaban para servicios de prensa internacionales y que tenían el valor de intentar proporcionar información fiable. Algunos desaparecieron y nunca más se supo de ellos. Otros se esfumaron y luego aparecieron para contar en susurros que habían sido detenidos y sometidos a torturas inimaginables.

También nos preocupaba que nuestros reportajes pusieran en peligro a iraquíes que no estaban en nuestra nómina. Uday, el hijo mayor de Sadam, me había asegurado en 1995 que planeaba asesinar a dos cuñados suyos que habían desertado y al hombre que les había concedido asilo político, el rey Husein de Jordania. Si hubiésemos difundido la noticia, estoy seguro de que Uday habría reaccionado asesinando al traductor iraquí, el único testigo de nuestro encuentro. No obstante, pensaba que tenía la obligación moral de avisar al monarca de Jordania, y así lo hice al día siguiente. El rey Husein restó importancia a la amenaza, considerándola sólo la bravuconada de un loco. Unos meses más tarde Uday convenció con artimañas a sus cuñados para que volvieran a Bagdad; poco después fueron asesinados.

Llegué a conocer a algunos funcionarios iraquíes lo suficiente como para que me confesaran que consideraban a Sadam Husein un maniático que había que retirar del poder. Un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores me habló de un colega suyo que, tras descubrir que su hermano había sido ejecutado por el régimen, se vio obligado, para probar su lealtad, a escribir una carta en la que felicitaba a Sadam Husein por la medida. Un ayudante de Uday me explicó en una ocasión por qué le faltaban los dientes delanteros: los esbirros se los habían arrancado con alicates y le habían prohibido llevar dentadura postiza, para que así recordara el precio que había pagado por haber disgustado a su jefe.

El pasado diciembre, cuando informé al ministro Muhamed al Sahaf de que teníamos planeado enviar periodistas a la zona norte de Irak controlada por los kurdos, me advirtió de que sufrirían «las más graves consecuencias posibles». La CNN siguió con sus planes y en marzo, funcionarios kurdos nos presentaron pruebas de que habían frustrado un ataque a nuestras oficinas de Erbil: la confesión grabada de dos hombres que aseguraban ser agentes secretos iraquíes. Según ellos, sus jefes les habían dicho que el hotel donde se encontraba nuestra oficina en realidad alojaba agentes israelíes y de la CIA. Los kurdos nos ofrecieron la oportunidad de interrogarlos ante las cámaras, pero la rechazamos por miedo a poner en peligro a nuestros empleados.

Por otro lado estaban los hechos que sí fueron divulgados, pero que continúan obsesionándome. Asrar Qabandi, una mujer kuwaití de 31 años, fue capturada por la policía secreta iraquí que ocupó su país en 1990 y acusada de varios delitos, uno de los cuales era hablar por teléfono con la CNN. Durante dos meses la golpearon todos los días y obligaron a su padre a presenciar las palizas. En enero de 1991, en víspera de la ofensiva dirigida por Estados Unidos, le destrozaron el cráneo y la descuartizaron. A continuación introdujeron sus restos en una bolsa de plástico y la colocaron ante la puerta de la casa de su familia.

Me he sentido muy mal por haber tenido que guardar estas historias dentro de mí. Por fin pueden contarse libremente.

Eason Jordan
Director ejecutivo de informativos de la CNN
The New York Times Op-Ed.
Fuente: El Mundo
12/04/2003

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