Seguridad Pública y Protección Civil
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Muerte en el
estadio
Un muerto, un herido
por arma blanca y un árbitro con la cabeza abierta son motivos
suficientes para afrontar definitivamente la violencia en el fútbol
con algo más que buenas palabras y discursos de condena. Los criminales
incidentes perpetrados en la última jornada de la Liga y la Copa del Rey
ponen a los poderes públicos y a las directivas de los clubes en la
obligación de adoptar medidas drásticas de control y seguridad en los
campos y en sus aledaños, antes y después del partido. El Gobierno
defendió ayer el dispositivo policial desplegado en Santiago de
Compostela y recordó que la reforma del Código Penal, pendiente en el
Senado, contempla una agravación específica de la violencia en recintos
deportivos con una pena complementaria de alejamiento de los campos de
fútbol hasta un máximo de tres años.
Esta reforma
legislativa es oportuna y, a la vista está, necesaria, pero hay que
asegurarse de que, cuando llegue el momento, se cumpla. Esto exigirá el
control policial sobre los condenados y el conocimiento de su
identidad por los clubes, a los que se les debe responsabilizar si
aquéllos acceden al campo a pesar de tenerlo prohibido. En otro
caso, ni la condena tendrá eficacia sobre el condenado ni será
ejemplarizante para otros. Las misma firmeza deben mostrar los
organismos de disciplina deportiva en las sanciones a los clubes, única
manera de que se comprometan -tanto directivas como aficiones- a
expulsar de sus gradas a los violentos.
Pero el debate se
está haciendo más amplio que el de la intensidad de la respuesta
punitiva, porque actualmente no faltan leyes penales y administrativas
para castigar a los autores de los hechos delictivos y a los clubes
responsables -que no es lo mismo que culpables- de los incidentes. El
verdadero problema es la capacidad criminógena que está adquiriendo el
fútbol, hasta el extremo de convertir a un padre de familia en un
navajero que, en presencia de su hijo, apuñala a un aficionado del
equipo rival; o de enloquecer a unos seguidores del Deportivo que
matan a patadas a un aficionado de su propio equipo, sólo porque salió
en defensa de un niño que llevaba puesta la camiseta del Compostela;
o de perturbar a un espectador del partido Castellón-Valencia, certero a
la hora de transformar la pila de su teléfono móvil en arma arrojadiza
que abrió una brecha en la cabeza del árbitro. Esta
criminalización súbita de ciudadanos normales es incontrolable para
cualquier dispositivo policial, cuyos responsables, por economía de
medios y por eficacia del despliegue, deben actuar preferentemente sobre
grupos determinados y en partidos de riesgo, si es que a estas alturas
todavía se puede hablar de unos y otros. Además, estos costes brutales
siguen siendo el precio de políticas insensatas de apoyo de las juntas
directivas a los grupos más radicalizados de las aficiones. No haberlos
marginado a tiempo, negándoles protagonismo, dinero y medios, ha traído
estas consecuencias. También las autoridades competentes tienen su parte
de responsabilidad por haber contemporizado demasiado y no haber
aplicado con severidad las máximas sanciones, limitándose a cierres o
multas de corto alcance y rebajados en sucesivas instancias.
En el fútbol
español hay un grave problema de orden público, cada vez menos
episódico, probablemente menor que en otros países, si lo comparamos con
Argentina o Italia, pero notorio y creciente. Sin embargo, estas
conductas denotan un fenómeno progresivo más profundo que los hechos
violentos, un fenómeno que escapa al tratamiento policial y judicial de
la violencia en los estadios, y es la degradación del sentido que debe
tener el deporte en una sociedad moderna y desarrollada, como la
española, que no tiene ninguna razón para vivir el fútbol como algo
distinto de un motivo para el ocio. Más policía y más sanciones
abordarán una parte de la cuestión; la otra ya está en manos de una
sociedad, que debe preocuparse seriamente por la falta de educación
cívica y de respeto a los valores más elementales que el fútbol está
desvelando con estos actos de brutalidad.
Fuente: ABC
09.10.03
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