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Afganistán: verdades incómodas

Marcel Gascón Barberá

El rasgo más significativo de la decadencia de Occidente es, seguramente, el infantilismo. Esperaríamos de las élites de los países más exitosos del mundo el realismo y la madurez que llevaron a sus sociedades a triunfar, pero estamos dirigidos por adolescentes con ínfulas. Nuestros líderes son, por lo general, gente caprichosa y entregada a los placeres de gustarse y parecer buena. Su misión no se centra en resolver problemas, sino en evitar realidades incómodas, y en ir trampeando para aplazar decisiones difíciles mientras maquillan los efectos de su inacción.

Este infantilismo explica lo que está pasando en Afganistán. Sólo una clase dirigente centrada en confirmar sus prejuicios habría mantenido la ficción que ha revelado la retirada de tropas del país asiático. Veinte años después del derrocamiento de los hoy redivivos talibanes, y tras haber invertido incalculables esfuerzos humanos y muchos miles de millones de dólares, el Estado democrático afgano que se estaba construyendo en tan costosa misión ha demostrado ser un castillo de naipes. Una semana ha tardado en derribarlo el Talibán, y las crónicas no siempre a posteriori de quienes conocían el paño demuestran que sí se podía saber.

Podemos mirar a la corrupción rampante, a los millones de dólares con que se compró para la causa democrática a muchos de los cuadros y soldados del nuevo Estado. Jamás creyeron en el objetivo por el que una potencia extranjera les había puesto a luchar, y muchos abandonaron la lucha cuando dejó de ser lucrativa.

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O a la falta de interés y lealtad de multitud de combatientes afganos que nunca quisieron ser parte de un Ejército comprometido con una idea mínimamente occidental de sociedad y de Estado. Aunque en España no se les ha hecho el menor caso, hay (y había antes de la retirada) en los medios estadounidenses numerosas informaciones sobre la apatía de buena parte de las fuerzas afganas.

Pero parece que los líderes políticos y militares de Estados Unidos prefirieron ignorar estas verdades. Prestarles atención les habría obligado a asumir que el proyecto democrático que habían concebido para Afganistán no iba camino de concretarse. Y a retirarse mucho antes o cambiar radicalmente de estrategia.

En vez de perseverar en la idea quimérica y arrogante de forjar en aquel páramo medieval una sociedad abierta a nuestra imagen y semejanza, Estados Unidos y sus apáticos aliados europeos, incluyendo Canadá, deberían haber apostado por soluciones más realistas, como la instauración de un régimen autoritario que impusiera cierta compasión occidental y cristiana a los hábitos, a nuestros ojos bárbaros, de los talibanes y las tribus afganas.

Pero todas las salidas asequibles al entuerto habrían chocado con el La la land de las opiniones públicas occidentales. Y se prefirió mentir, seguir transitando un camino equivocado antes que dar media vuelta y empezar a desandar lo andado.

El resultado está a la vista. Estados Unidos y, por extensión, todo Occidente no sólo han perdido miles de millones de dólares en Afganistán. En las montañas afganas hemos perdido también el respeto de nuestros enemigos y la confianza de nuestros aliados. Tras veinte años de colosales esfuerzos lejos de casa, los occidentales no dejamos en Afganistán ni un régimen medianamente amigable que nos dé ciertas ventajas.

Como recordaba el otro día Nigel Farage, los coches eléctricos por los que apuesta obsesivamente Occidente funcionan con baterías de litio. Afganistán tiene las reservas más grandes del mundo de litio. China ya ejerce de poder amigo de los talibán. Mucho han de cambiar las cosas para que de esas minas se beneficie Occidente.

El infantilismo de nuestras élites nos ha dado un buen revolcón en Afganistán, y podría darnos otro si quienes mandan en España y Europa se empeñan en enmendar la debacle de la retirada con una absorción masiva de refugiados afganos.

Un militar español que estuvo desplegado en Afganistán contaba el otro día una anécdota muy ilustrativa de la inmensa falla cultural que nos separa de los afganos.

A juzgar por la experiencia del militar, un afgano ilustrado medio es bastantes veces más machista que el gañán más troglodita que ha crecido en nuestros barrios. Acoger a quienes huyen de los talibán es, sin duda, un acto de compasión loable. Pero importar a gente que esconde a sus mujeres tendrá ciertas consecuencias. Los políticos se deben en primer lugar a la gente del país que les paga el sueldo. Es su obligación calibrar los riesgos.

Fecha de publicaciónagosto 25, 2021

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