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Así opera el Grupo Wagner, el ‘ejército privado’ de mercenarios de Putin

Celia Maza

Moscú habría estado mandando en los últimos años a los mercenarios para apoyar a regímenes débiles o ilegítimos de todo el mundo aliados del Kremlin.

El modus operandi del Kremlin siempre es complejo. Una cosa es lo que dice y otra muy distinta lo que hace. Y esta es la fórmula que está aplicando ahora en Libia, un país clave por su privilegiada posición geopolítica y tremendamente rico en términos de recursos energéticos. Con el vacío de poder creado por el derrocamiento de Muammar Gadafi en 2011, las potencias regionales y mundiales buscan su protagonismo en la configuración del futuro de país africano. Y Rusia lleva la delantera.

Mientras que en la teoría se presenta como el árbitro neutral entre el Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN) y el Ejército Nacional Libio (ENL), en la práctica está proporcionando apoyo no solo político, sino también militar al ejército del mariscal Jalifa Haftar, el hombre que desde 2014 lleva el mando de un gobierno paralelo. Y aquí es donde aparece la figura indispensable del Grupo Wagner, una empresa de contratistas militares, teóricamente privada, que opera, cada vez más, como punta de lanza de los intereses comerciales rusos en el extranjero. Tras la firma está el empresario ruso Yevgeni Prigozhin, muy bien conectado con el Kremlin, responsable, entre otros negocios, de la llamada Agencia de Investigación de Internet (IRA), la célebre “granja de trolls de San Petersburgo” cuyas acciones tanto dieron que hablar en las elecciones de EEUU en 2016.

De modo que más que mercenarios, según los expertos, se trata de ‘ejércitos privados’ de Vladimir Putin, perfectamente equipados, que no solo protegen las actividades de empresas rusas en el extranjero, sino que también sirven para afianzar la influencia política de Moscú y asegurar la extracción de recursos valiosos. Por ello, el ‘Grupo Wagner’ está ahora particularmente activo en Siria, Libia y en gran parte del África subsahariana, donde se recompensa a sus miembros con acceso a reservas de energía y oro y otros metales preciosos. “Por Wagner entiendo cualquier empresa militar privada dentro de la estructura en la sombra de Prigozhin, o que siga un patrón similar. Esto es importante, porque la estructura de Prigozhin utiliza diferentes compañías militares privadas (PMC) creadas ‘ad hoc’ y vinculadas a empresas que establece en los distintos países en los que opera”, indica Fran Matías Bueno, analista de conflictos y experto en Wagner, a El Confidencial.

Países donde se ha reportado la presencia
de mercenarios rusos de Wagner

El ‘Grupo Wagner’ está ahora particularmente activo en Siria, Libia y gran parte de África subsahariana.

“Hay numerosos vínculos confirmados. Ya nadie duda de que Wagner es un activo del Kremlin. Por poner un ejemplo, en los informes de Naciones Unidas, se menciona cómo los aviones de transporte de las Fuerzas Aeroespaciales Rusas son utilizados para enviar mercenarios de Wagner a Libia”, dice este experto, que señala también la presencia de vehículos de Wagner las áreas de operación rusa en República Centroafricana, Libia o Siria. “Los mismos mercenarios son luego atendidos en hospitales militares rusos. Todos los países afectados por el mercenariado ruso de Wagner, han actuado frente a este como si fueran activos del Kremlin”, destaca.

Presencia global

¿Y quién es Yevgeny Prigozhin, conocido como “el chef de Putin” y el cerebro detrás de estos mercenarios? El ruso amasó su fortuna a través de lucrativos contratos de restauración con el Kremlin, de ahí su apodo. Su patrocinio al Grupo Wagner empezó después de que esta organización surgiera a partir de otra empresa militar privada -un grupo llamado Cuerpo Eslavo, registrado como empresa en Hong Kong—que fracasó anteriormente.

En 2013, el Cuerpo Eslavo llevó a cabo una operación mercenaria fallida en Siria, y sus fundadores, dos ciudadanos rusos llamados Vadim Gusev y Yevgeny Sidorov, entonces empleados de una empresa militar privada llamada ‘Moran Security Group’, acabaron encarcelados en 2014. Pero los combatientes del grupo fueron puestos en libertad, incluido un hombre llamado Dmitry Utkin, un exmiembro del GRU nacido en Ucrania, que estableció una nueva firma con muchos excombatientes del Moran. Financiado con el dinero de Prigozhin, Utkin, un admirador del Tercer Reich, llamó a la nueva organización “Grupo Wagner”, en honor al compositor favorito de Hitler. Utkin fue fotografiado en una recepción del Kremlin celebrada el 9 de diciembre de 2016, donde fue condecorado con la Orden al Coraje, supuestamente por sus servicios en Ucrania, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales.

Desde entonces, Wagner ha estado presente en casi todos los teatros internacionales donde Rusia tiene intereses pero no puede permitirse una presencia militar directa, al menos en un primer momento: Ucrania, Siria, Libia, República Centroafricana, Sudán, Mozambique o Madagascar. Se ha reportado también la presencia de otras compañías militares privadas rusas en lugares como Ruanda, Burundi, Angola, Guinea, Guinea-Bissau, Gabón, Nicaragua, Yemen o Azerbaiyán, donde han formado a unidades del ejército azerí.

“El Kremlin está explotando un agujero en la legislación internacional al firmar acuerdos que permiten a los contratistas proporcionar asistencia local. El problema, no obstante, es que las compañías militares privadas rusas no son simples contratistas”, señala Anna Borschevskaya, analista del Instituto de Investigación de Política Exterior (FPRI) de EEUU, en un informe reciente sobre el papel de estas empresas en África. Según este documento, el uso de estas empresas sigue un patrón concreto, en el que funcionarios rusos mantienen conversaciones con los gobiernos locales para que se les garantice el uso de puertos o aeródromos, al tiempo que se acuerda algún tipo de asistencia local que justifique la llegada de esos “contratistas privados”, como los servicios de protección o entrenamiento.

“El Kremlin está explotando un agujero en la legislación internacional”

En República Centroafricana, por ejemplo, a Wagner se le otorgó el uso del llamado Palacio de Berengo –las ruinas de un complejo construido por el antiguo dictador Jean-Bedel Bokassa– y 40 hectáreas alrededor de éste para la construcción de un campamento y una base de entrenamiento, y se les asignó tareas de protección del presidente Faustin-Archange Touadera frente a las múltiples insurgencias que operan en el país. Una vez sobre el terreno, estos contratistas permiten a Rusia hacerse una idea de la situación, antes de que el Kremlin se implique oficialmente. A esto le siguen acuerdos de suministros de armas, envío de asesores y, en una última fase, la firma de acuerdos oficiales de cooperación militar entre Rusia y el país anfitrión.

Libia, bastión estratégico

Sobre este modus operandi ha llamado ahora la atención el Gobierno británico, que advierte que esto evidencia “cómo la guerra moderna está cambiando rápidamente”. “Estos grupos, apoyados tan descaradamente por militares bien financiados y altamente entrenados, plantean una amenaza compleja para las fuerzas armadas occidentales”, señala Ben Wallace, ministro de Defensa, al rotativo The Telegraph. “El Reino Unido y otros aliados deberán estar preparados para desafiar a estos grupos mercenarios y mejorar la resistencia a sus influencias maliciosas. El espacio en el que operan debe ser impugnado; de lo contrario, las fuerzas de seguridad privadas, libres de las leyes internacionales bajo las que operan las fuerzas armadas, serán libres de llevar a cabo una actividad negable en nombre de un estado nacional con total impunidad”, añade. La reciente Revisión Integrada de Downing Street sobre Exterior, Defensa y Desarrollo, presentada en marzo, ya advertía cómo los países hostiles al Reino Unido “trabajan cada vez más con actores no estatales para lograr sus objetivos”, entre estos, “el terrorismo y el crimen organizado”.

Según la información de que disponen los servicios de inteligencia de EEUU y el Reino Unido y publicadas en la prensa de estos países, el ‘Grupo Wagner’ contaría ahora con más de 2.500 hombres, tanques, artillería pesada y aviones de combate en Libia, un país en el que el Kremlin tiene ahora especial interés y donde, con la caída de Gadafi, Rusia perdió hace casi una década a su principal aliado en el Magreb desde los tiempos de la Guerra Fría.

En Libia, el ‘Grupo Wagner’ contaría ahora con más de 2.500 hombres, tanques, artillería pesada y aviones de combate

El Comando de África de los Estados Unidos (AFRICOM) ha publicado unas imágenes —que se cree provienen de satélites espías estadounidenses— que muestran sistemas de defensa aérea rusos SA-22, aviones de carga militar IL-76 y vehículos blindados resistentes a las minas que están operando en la zona. Según AFRICOM, al menos 14 aviones de combate Mig-29 y Su-24 han sido trasladados desde Rusia hasta Siria para ser pintados (cubriendo cualquier símbolo delator) y llevados desde allí hasta Libia, violando por tanto la resolución 1970 del Consejo de Seguridad de la ONU, firmada por unanimidad en 2011, que impide el suministro de armas o personal a los bandos en conflicto.

Fuente: AFRICOM
Fuente: AFRICOM

El interés del Kremlin en este país norafricano incluye un importante componente geopolítico, opina Sergey Suhankin, analista de la Fundación Jamestown de Washington y uno de los principales expertos del mundo en el fenómeno de los contratistas militares rusos. “Libia, a unos 353 kilómetros de la Unión Europea, se ha convertido en una de las principales rutas para la inmigración ilegal hacia Europa tras el colapso del gobierno de Gadafi. Tras observar el impacto de la inmigración ilegal en la UE y muchos de sus estados miembros, Moscú se dio cuenta de que este asunto podría ser una herramienta extremadamente poderosa de presión e intimidación”, explica Suhankin en un reciente artículo.

“El Kremlin no solo está listo para llevar a cabo extensivos proyectos de exploración petrolífera, sino que también trata de impedir que otros países -sobre todo Italia- lo hagan. En ambos casos, el objetivo es presumiblemente el preservar la dependencia estratégica de la UE, sobre todo la de los estados miembros del centro y sureste de Europa, de los hidrocarburos rusos, y anticiparse a Bruselas para que no pueda diversificar más las fuentes de importación de energía para el bloque”, añade.

En ese contexto, las compañías privadas militares rusas ejercen todo tipo de tareas. “Aparte de las funciones (para)militares, como las operaciones llevadas a cabo como “tropas de choque” en Siria y Ucrania, los irregulares rusos son utilizados como consultores paramilitares, entrenadores de militias y fuerzas armadas extranjeras, y para llevar a cabo operaciones insurgentes en un país anfitrión”, indica Suhankin en el citado artículo. En ese sentido, en abril de 2019, pocos meses después de una visita de Haftar a Moscú, el mariscal rebelde lanzó una gran ofensiva militar contra la capital libia en la que, según numerosos testimonios, participaron dos centenares de mercenarios rusos, sobre todo francotiradores. Una operación que podría haber sido decisiva de no haberse producido la intervención de Turquía en apoyo del gobierno de Trípoli.

Ambigüedad útil

En marzo de 2018, la Duma (el parlamento de Rusia) votó a favor de ilegalizar los grupos militares privados. Sin embargo, en su conferencia de prensa anual del pasado diciembre, Putin señaló que “mientras no violen la ley rusa, tienen derecho a trabajar y perseguir sus intereses comerciales, en cualquier lugar del planeta”.

La falsa tolerancia del Kremlin hacia varias de estas compañías, entre las que destaca Wagner, no es de extrañar. “Se cree que Rusia no modifica la ley respecto a las PMCs, a pesar de su uso encubierto, para poder mantener el control sobre una estructura que es privada, aunque integrada en el Ministerio de Defensa de Rusia y el GRU (inteligencia militar)”, indica Bueno. “El valor principal de Wagner, es que permite lo que los rusos denominan ‘falta de evidencia’, o mejor aún, y para ser más precisos, la negación plausible/implausible. Con ella, Rusia puede intervenir militarmente sin los elevados costes que supondría una fuerza militar de sus fuerzas armadas. Estos costes pueden ser en forma de bajas de sus soldados, repercutiendo en su imagen internacional y opinión pública, o costes diplomáticos al apoyar a dictadores en tareas como represión, o que estén sujetos a algún tipo de embargo. Muy importante también es que evita bastante el riesgo de escalada. No son militares rusos los que matan, ni los que caen, sino elementos que Rusia no reconoce en principio. Todo lo anterior hace que Rusia tenga una herramienta de política exterior mucho más flexible a las que utilizaba hasta hace pocos años”, resume.

Libia es el ejemplo perfecto de cómo Putin estaría tratando de recuperar los lazos históricos, políticos y militares con varios países de Oriente Medio y África, como contrapeso a la influencia de los países de occidente y el nuevo líder regional, Turquía. Pero hay muchos otros casos: el año pasado, un informe del ministerio de Relaciones Exteriores alemán ya señaló que se “aseguraba por contrato” que a Rusia “se le permitiría construir bases militares en seis países”: República Centroafricana, Egipto, Eritrea, Madagascar, Mozambique y Sudán. El documento clasificado advertía que Putin había convertido a África en “máxima prioridad”.

“En la República Centroafricana, por ejemplo, Wagner no interviene sólo por motivos económicos, es decir, hacerse con recursos minerales y otros posibles contratos. Está intentando expulsar, o mejor dicho, reducir en lo posible la influencia de Francia en lo que era un bastión francés, en favor de Rusia”, opina Bueno. “Aunque sería simplificar bastante, hemos de entender que los intereses de Rusia según se van alejando de su periferia son cada vez más bajos en lo que se refiere a seguridad nacional. La intervención de Rusia en continentes como África, en especial la zona subsahariana, o Venezuela, es más bien por motivos de estatus internacional, promoción de la multipolaridad, estratégicos, y por último, económicos”, comenta.

A cambio de su participación en este tipo de campañas, “Rusia obtiene mayor influencia y estatus, además de abrir nuevos negocios para Prigozhin y otros oligarcas”, dice Bueno. Y en pocos lugares es tan evidente esta interrelación entre geopolítica y beneficios privados como en Siria: hace dos semanas se hizo público que Kapital, la firma rusa que acaba de firmar un contrato con el gobierno de Bashar Al Assad para la exploración de hidrocarburos en las costas sirias, es parte del conglomerado de empresas de Wagner, según un artículo de la revista Foreign Policy. No es casualidad que Wagner, cuya presencia en Siria se remonta a varios años atrás, aproveche ahora para recoger los beneficios, al tiempo que Putin cimenta su ascendencia. “El éxito de Rusia en Siria, apoyando a un líder autoritario asediado por la comunidad internacional, y a punto de caer ante los rebeldes, a través de sus militares, mercenarios, guerra informativa y diplomacia, ha servido como escaparate para vender todos estos servicios y otros más, como el amaño electoral a través de expertos con experiencia en el propio sistema político ruso”, afirma Bueno. Ahora vemos cómo este ejemplo se extiende por el mundo.

Fecha de publicaciónjunio 28, 2021

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