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Dos historias de un chino que demuestran la cara y la cruz del reconocimiento facial

Marcos Sierra

A un lado, los que apoyan esta tecnología en aras de la seguridad; al otro, quienes lo consideran un atraco a la intimidad

En el distrito de Adelfas, como en el de cualquier otro barrio madrileño, hay pequeños comercios de ultramarinos. Hace años eran regentados por españoles, hoy los chinos han puesto una pica en esta particular Flandes. Ahora se expanden hacia los bares ‘de toda la vida’. Precisamente en uno de estos locales me detuve ayer a apaciguar el calor propio de estas noches estivales.

Me llevo bien con el camarero -vive en España desde hace décadas-. En ocasiones disertamos sobre las diferencias entre un régimen práctico pero dictatorial como el chino, y otro imperfecto pero benditamente democrático como el nuestro. Después de la información publicada por Vozpópuli respecto al interés del Ministerio del Interior por hacer uso de la tecnología de reconocimiento facial para encontrar delincuentes, puse el tema sobre la barra, toda vez que en China ya se utiliza desde hace tiempo.

Mientras devoraba un pincho de tortilla -qué buenos son los chinos cuando se ponen a copiar-, escuchaba el relato sobre el viaje al país asiático de una tía de mi interlocutor. Cuando llegó al país, perdió o le fue robado el pasaporte y otra documentación de importancia en un autobús.

“En cuanto se dio cuenta de lo que había pasado entró en una comisaría y habló con la policía. Mientras le tomaban declaración, le preguntaron por la hora y lugar exacto del extravío. En unos minutos le dijeron dónde podía recoger la documentación. Las cámaras del autobús detectaron que una mujer la había cogido de la silla del autobús en el que la olvidó. Las cámaras no mienten, era una persona sin antecedentes, de confianza. Ese mismo día había recuperado su documentación”, reafirmaba cada palabra asintiendo con la cabeza, mientras su muñeca giraba al ritmo al que se ha de tirar una caña.

Lo cierto es que usamos Google y Facebook, con todo lo que en términos de cesión y uso de datos supone, y nuestros móviles trabajan con aplicaciones que utilizan reconocimiento facial y otras muchas fórmulas de personalización basadas en Inteligencia Artificial

Una situación similar a la que él mismo vivió con un amigo en Madrid hace unos meses. Este amigo perdió la cartera, o fue robada, en un vagón del suburbano de la capital. “Fuimos a poner la correspondiente denuncia pero en la comisaría nos dijeron que iba a ser muy complicado encontrar la cartera. Que recuperarla iba a ser tan complicado como encontrar a quien lo había hecho, si se trataba de un robo”, aseguró.

Dos situaciones, dos aristas, que son la cara y la cruz de una tecnología ya utilizada en lugares concretos -aduanas, por ejemplo- pero que se expandirá presumiblemente de forma masiva. Es ahí donde muchos ven el peligro. Una gota de agua más al rebosante vaso de la sociedad hiperconectada. Una orgía de datos que configuran un retrato robot casi perfecto de cada ciudadano. El problema, quizá no sea el uso exclusivo por parte de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, si no en todo lo que orbita a su alrededor.

Esos perfiles permitirían a una empresa conocer el pasado -y casi el presente- de un candidato a ingresar en su plantilla, y tomar decisiones respecto a su estado de salud, preferencias, cuentas con la justicia… Coincidimos todos en que pocos estarán de acuerdo con esta utilización, torticera donde las haya.

Dicho lo cual, usamos Google y Facebook, con todo lo que en términos de cesión y uso de datos implica, y nuestros móviles trabajan con aplicaciones que utilizan reconocimiento facial y otras muchas fórmulas de personalización basadas en Inteligencia Artificial. No he encontrado apenas gente con problemas graves por el uso de estos sistemas de personalización, más allá de lo tedioso que es recibir publicidad como si no hubiera un mañana.

Pero si vamos al extremo, a lo demagógico de la cuestión, donde muchas veces está la verdad, lo visceral, ¿qué haría usted si secuestran a uno de sus hijos introduciéndolo en una furgoneta? Pensemos que en cuestión de minutos el vehículo, con su pertinente matrícula, podría ser localizado e interceptado por la policía si se usa el reconocimiento facial.

¿Hubiera preferido entonces disponer de un sistema como el citado a riesgo de perder intimidad? ¿Se mantendría en sus trece? La respuesta, quizá, no corresponda al ciudadano. La construcción de una normativa clara, que proteja a la persona de los ‘atracos’ que empresas y sector público podrán consumar con este tipo de información es capital, pero prematura. La tecnología de reconocimiento facial acaba de llegar y muchas veces se regula en base a hechos, a vulneraciones, que aún no se han inventado. Imaginar escenarios para legislar en consecuencia es el primer paso, pero la realidad siempre supera la ficción.

Fecha de publicaciónjulio 23, 2020

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