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El ‘Caballero Verde’ español que derrotó dos veces a Saladino

Javier Lorenzo. Editorial Algaida. Publicacón: año 2020. Páginas: 504. Precio: 19€.

Se llamaba Sancho Martín, viajó a Tierra Santa para participar en la III Cruzada y allí los árabes decían que procedía de Qastila. A pocos meses de la caída de Jerusalén en manos sarracenas, en 1187, plantó cara al gran sultán. Una novela premiada lo resucita

Hace más de 900 años, hubo un caballero español que luchó en Tierra Santa y consiguió que su nombre quedara para siempre grabado en la memoria de los hombres. Se llamaba Sancho Martín y gracias a sus actos de valor y a su llamativa indumentaria se ganó a pulso el sobrenombre de El Caballero Verde.

Ésta es su historia. Su breve, pero apasionante historia, que recojo en la novela El Caballero Verde [Premio de Narrativa Ciudad de Logroño 2019, que sale a la luz la próxima semana].

Las fuentes cristianas de la época no dan cuenta del origen de Sancho Martín. Bien pudo haber sido aragonés, navarro o castellano, pues el nombre de Sancho era muy común en todos estos territorios. De Qastila, dice una fuente árabe, aunque no se puede tener absoluta certeza. Sea como fuere, en los albores de la Tercera Cruzada, a pocos meses de la caída de Jerusalén en manos sarracenas (1187), cuando sólo unos pocos enclaves de la costa siria permanecen bajo el estandarte de la cruz, cuando todo parece perdido para los seguidores de Cristo, surge de la nada un caballero llegado desde el otro extremo del Mediterráneo que despliega bravura y dotes de mando, viste todo de verde y, por si fuera poco, luce una cornamenta de ciervo en el yelmo. No sólo lo dicen las crónicas. Así se aprecia en la miniatura que ilustra este texto, obra que el iluminador de manuscritos francés Jean Colombe hizo en el siglo XV.

En estrecha colaboración con otro gran protagonista de las cruzadas como fue el piamontés Conrado de Monferrato, Sancho Martín se enfrentó denodadamente en la ciudad de Tiro a las huestes del gran sultán Saladino, llamando de inmediato la atención de aliados y enemigos. De este modo lo narra la Continuación de la Historia de Ultramar: No pasaba un día sin que los cristianos hicieran dos o tres salidas. Los mandaba un caballero de España (…) llamado Sancho Martín. Lucía armas verdes. Cuando este caballero aparecía, los sarracenos se precipitaban para verlo (…). Los turcos lo llamaron el Caballero Verde. Llevaba una cornamenta de ciervo sobre el yelmo.

Tiro se salvó. Y el mérito fue en buena parte de este caballero que, a buen seguro, ya tendría la experiencia de haber combatido a los moros en la Península Ibérica y por ello estaría al tanto de algunas de sus tácticas y añagazas. Dicen que antes de partir viajó a Santiago de Compostela para hacer una ofrenda al apóstol. Podría ser. El fervor religioso era un elemento muy poderoso en aquellos tiempos. Pero si a ello se le une el auge del ideal caballeresco, la reciente implantación de los escudos nobiliarios -con su correspondiente guerra de vanidades- e incluso el vigor del amor cortés, de los cantares de gesta y los juglares, es posible hacerse una idea bastante aproximada del estado vital y psicológico de nuestro personaje y de los motivos por los que adoptó una indumentaria tan singular y hasta extravagante. Aunque si este voto o juramento estuvo dedicado a Dios o a una hermosa dama es algo que hoy ya no podemos dilucidar.

Al año siguiente de su retirada de Tiro, Saladino volvió a lanzar una ofensiva. Su objetivo en esta ocasión fue Trípoli (actual Trablos, en Líbano). Pero cuál fue su sorpresa cuando a poco de comenzar el asedio sus hombres le comunicaron que había una familiar y amenazante figura verde en el campo enemigo. Y así, el sultán que había conseguido unificar el Islam y reconquistar Jerusalén, el hombre que había apresado reyes y se había apoderado de la santa cruz, el militar que había aniquilado ejércitos enteros y ejecutado a miles de templarios, decidió entrevistarse con aquel guerrero que tanta fama había ganado en el campo de batalla. De este modo lo relata la Continuación:

Después de que hubieran llegado (a Trípoli) y descansado un poco, hicieron una salida contra el campamento sarraceno, y el Caballero Verde los comandaba. Cuando los sarracenos vieron al Caballero Verde y comunicaron a Saladino que estaba allí, este le envió un mensajero rogándole que le visitara bajo la garantía de su salvoconducto. Él fue y Saladino le regaló un caballo, oro y plata y le recibió con grandes aspavientos (…); le dijo que si decidía permanecer (en Tierra Santa) él le daría grandes extensiones de tierra. Él contestó que no había venido para vivir con los sarracenos, sino para poner todo su empeño en destruirlos y lastimarlos tanto como pudiera. Después se despidió y volvió a Trípoli.

Hay quien asegura que en esta entrevista Saladino le propuso convertirse al islam e incluso que le ofreció a una de sus hijas para que la desposara. Otras fuentes hablan de que Sancho Martín habló de las intenciones de los cruzados de resistir hasta el final. Y en la novela se aventura que jugaron una partida de sitrang -ajedrez-, juego entonces muy en boga. Pero no son más que plausibles especulaciones. En cualquier caso, la conclusión fue que el Caballero Verde volvió a vencer, Saladino tuvo que retirarse y Trípoli siguió siendo cristiana durante cien años más.

Después de este encuentro tan singular, Sancho Martín desapareció de la faz de la tierra. Nunca más se volvió a saber de él. ¿Murió en batalla, regresó a España, se estableció en la tierra que le dio la fama? No queda ningún rastro, pero a través de su figura, tomándolo como excusa, podemos sumergirnos en otros episodios notables de los que fue o pudo ser contemporáneo. Por ejemplo, de la Cuarta Cruzada, la más paradójica de todas pues se dirigía en un principio hacia Alejandría y acabó con la conquista de Constantinopla -ortodoxos, pero no por ello menos cristianos- y la consiguiente creación del Imperio Latino. O de la saturación de reliquias antes y después de este hecho, hasta el punto de que el concilio de Letrán (1215/1216) estableció normas para detener tal avalancha de falsificaciones. Aunque, al parecer, con escaso éxito.

En el ámbito español, por otro lado, Sancho Martín tuvo que ser, si no testigo, sí al menos conocedor de la unión del casal de Aragón con el condado de Barcelona mediante la boda de la reina Petronila y el conde Ramón Berenguer IV. Y si aún seguía vivo para entonces, tal vez se diera cuenta de que el término Catalonia apareció por primera vez -de manera oficial, pues el topónimo ya existía de antes- en el testamento del rey aragonés Alfonso II el Casto, fallecido en 1196. Todo ello trufado con terribles desangramientos y febriles alianzas entre los diferentes reinos de la península, ya fueran cristianos o musulmanes.

Fiel reflejo del hombre de su tiempo, aguerrido hasta la extenuación, imbuido de espíritu caballeresco, cautivo de un juramento que de algún modo tuvo que ser sagrado, Sancho Martín, el Caballero Verde, es rescatado ahora del océano del olvido para devolverle con todo lustre al panteón de los héroes hispanos. El hombre que venció en dos ocasiones a Saladino, el guerrero que ayudó a detener la marea del islam en Tierra Santa, es lo mínimo que se merece.

Fecha de publicaciónjunio 17, 2020

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