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El desconocido error histórico de «Salvar al Soldado Ryan» con el Día D y el capitán Miller

Manuel P. Villatoro

Francis L. Sampson no era un maestro de escuela, sino un capellán militar de la 101ª División Aerotransportada

Existen pocas películas que hayan transmitido de forma más fidedigna la esencia del Desembarco de Normandía que «Salvar al soldado Ryan». En ella, Steven Spielberg logró trasladarnos hasta la tragedia que las tropas aliadas vivieron el 6 de junio de 1944 en el norte de Francia. El largometraje, como la mayoría ya sabe (incluso los más jóvenes) narra el viaje del capitán John H. Miller (interpretado por Tom Hanks) en busca de un paracaidista de la 101ª División Aerotransportada que ha perdido a sus tres hermanos en combate. La historia del combatiente, llamado en realidad Frederick Niland, es bastante fidedigna. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la del oficial encargado del rescate en plena Segunda Guerra Mundial…

El protagonista en cuestión se llamaba Francis L. Sampson y no dirigía tropas al frente. Nada más lejos de la realidad. Era un capellán aerotransportado de la 101ª División Aerotransportada que apenas le dedicó una página y media a narrar este suceso en sus memorias. Y, además, con severos errores en los nombres de los afectados. Todo ello implica que, al menos para él, aquella no era más que otra triste historia en mitad de todas las que se dieron en la Segunda Guerra Mundial. En todo caso, lo que está claro es que (por mucho que nos cuente el largometraje) el Miller real no era ni un maestro, ni un combatiente excepcional del 2ºdo de Rangers.

Élite aerotransportada

Como bien se narra en «Lo que nunca te han contado del Día D» (Principal, 2019), el origen de Francis L. Sampson hay que buscarlo en el corazón de CherokeeIowa. En esta ciudad de la zona más central de Estados Unidos vino al mundo, el 29 de febrero de 1912, el mismo hombre cuya historia utilizó, muchas décadas después, Steven Spielberg para orquestar una de sus películas más famosas. Poco se puede decir de su infancia. De hecho, el sacerdote no le dedicó ni un capítulo en sus memorias a esa primera parte de su vida. Apenas sabemos que era hijo de Lumena Ryan y Harvey Sampson (un empresario hotelero).

En todo caso, lo que está claro es que no provenía de una familia empobrecida, sino más bien de clase media. El joven se graduó en la Universidad de Notre Dame y, unas semanas más tarde, ingresó en el seminario de St. Paul (en Minnesota) con el objetivo de dedicar su vida a Dios.

Sampson fue ordenado sacerdote en junio de 1941. Durante los meses siguientes sirvió como párroco en Iowa, donde también hizo las veces de profesor. Sin embargo, el ataque orquestado por Japón contra la base estadounidense de Pearl Harbour el 7 de diciembre de ese mismo año (tildado por el presidente Franklin D. Roosevelt como «el día de la infamia» en un discurso tan famoso como amargo) le empujó a alistarse en el ejército. Lo mismo que le sucedió a otros tantos como el mítico Richard Winters, uno de los protagonistas de «Hermanos de sangre» y popular por sus acciones en la Compañía Easy del 506º Regimiento de Infantería Paracaidista. Para muchos norteamericanos, aquel golpe de mano fue una verdadera puñalada en el vientre que les conmocionó y les hizo querer luchar en la vieja Europa contra el nazismo.

Francis Samson
Francis Samson

Fue durante 1942 cuando Sampson entró en el ejército. Aunque no como soldado, sino como capellán militar. Un cuerpo cuyos miembros contaban con múltiples responsabilidades como ofrecer consuelo espiritual a los soldados, celebrar misa durante la campaña, asistir a los moribundos en sus últimos momentos de vida, ayudar a los sanitarios en sus tareas o (entre otras tantas) confesar a los militares antes de la batalla. El sacerdote pasó sus primeras semanas en la Universidad de Harvard, donde le explicaron cuáles serían sus responsabilidad durante la Segunda Guerra Mundial.

Por entonces nuestro protagonista creía que sería destinado a una unidad de infantería. Sin embargo, su destino dio un giro drástico cuando le ofrecieron formar parte de los flamantes paracaidistas; por entonces, una de las tropas de élite más destacadas del ejército estadounidense. El honor y el «glamour» de poder pertenecer a esta unidad hizo que se decidiera a iniciar el entrenamiento previo. Así explicó su decisión en sus memorias:

«Durante el curso, el Ejército solicitó capellanes voluntarios para las unidades paracaidistas. Con el entusiasmo del joven empresario que empieza a trabajar en un pueblo nuevo, estaba preparado para unirme a cualquier tropa por el mero sentido del deber cívico. Aunque, para ser francos, cuando acepté desconocía que los capellanes también nos lanzaríamos de los aviones. Si hubiera sabido esto de antemano, y particularmente si hubiera conocido las torturas de mente y cuerpo preparadas en Fort Benning para aquellos que buscaban las codiciadas alas de paracaidista, estoy seguro de que habría hecho oídos sordos a la petición. Sin embargo, una vez que me inscribí, estaba demasiado orgulloso para darme por vencido».

Mismo entrenamiento

A pesar de que no estaba destinado a entrar en combate (sus armas sobre el campo de batalla eran una estola, una biblia y un crucifijo), Sampson se sometió al mismo entrenamiento que sus compañeros paracaidistas. Este se dividía en dos partes. En primer lugar, y tal y como se explica en «Lo que nunca te han contado del Día D», los aspirantes pasaban trece semanas de exigente preparación física en el campamento de Toccoa. Pistas de obstáculos, subir y bajar a la carrera el monte Currahee (de 530 metros) y marchas diarias de kilómetros y kilómetros eran lo habitual.

Después pasaban a Fort Benning, donde disfrutaban de un mes de adiestramiento específico en el que les enseñaban a lanzarse desde los cielos. Si superaban aquellas pruebas recibían una insignia con alas y podían introducirse la pernera del pantalón en las botas (ambas, señales distintivas de que ya pertenecían a la élite paracaidista).

Miembros de la 101ª División Aerotransportada
Miembros de la 101ª División Aerotransportada

Sampson sufrió, como uno más, el infierno de un entrenamiento que quedó representado a la perfección en la serie «Hermanos de sangre». Un adiestramiento que, como él mismo indicó en sus memorias, costó la integridad a más de un soldado: «Cuando me presenté en la escuela, el oficial al mando me dijo que los dos capellanes anteriores estaban en el hospital. Uno con la pierna rota y el otro con lesiones en la espalda». Para el sacerdote, las primeras semanas se convirtieron en la prueba más dura que había tenido que afrontar jamás.

«Pensé que estaba en buen estado físico cuando llegué, pero la primera mañana de ejercicio me convenció de que estaba en una pésima forma», escribió. Siempre que terminaba la carrera, el «pater» acudía desesperado a la cama, «sudoroso maloliente», donde caía rendido hasta que le llamaban de nuevo.

El sacerdote, no obstante, superó cada una de las pruebas que acometió y, al final, se ganó un hueco en la unidad y el cariño de sus integrantes. Y es que, para los paracaidistas, soldados que sabían que serían lanzados tras las líneas enemigas durante el Desembarco de Normandía y que tendrían que enfrentarse en solitario a los nazis hasta que llegaran refuerzos, estar en paz con Dios era básico. El mismo Sampson dejó constancia de que, a veces, una confesión a tiempo (antes de despegar, habitualmente) o unas palabras amables por parte de un capellán era un consuelo mayor «que un paracaídas de reserva». A pesar de ello, los religiosos no estaban exentos de recibir alguna que otra chanza por parte de aquellos jóvenes (muchos, de apenas 20 años). «Espero que su jefe ni esté enfadado hoy con nosotros, capellán», bromeó uno de ellos durante uno de los saltos de prueba.

La jornada clave de la Segunda Guerra Mundial

En el verano de 1944, Sampson, miembro ya del 501º Regimiento de Infantería Paracaidista de la 101ª División Aerotransportada, recibió órdenes de lanzarse con sus compañeros tras las líneas enemigas en las primeras horas del Desembarco de Normandía. En la noche del 5 de junio protagonizó uno de los aterrizajes más desafortunados de la jornada. La mala suerte hizo que, tras lanzarse del avión (el C-47 reglamentario) se diera de bruces contra una marisma con tanta fuerza que perdió su misal y su crucifijo.

Él mismo narró que, sin hacer caso del intenso fuego de ametralladora, buceó hasta cinco ocasiones en el agua estancada para hallar la bolsa que contenía sus objetos de culto. Lo logró. A partir de ese momento, se dedicó a sus tareas de capellán (pues no portaba armas) hasta la jornada siguiente.

Hermanos Niland
Hermanos Niland

No fue hasta el después del Día D cuando Sampson se topó con un joven soldado de la 101ª División Aerotransportada cuya historia le encogió el corazón. Las versiones que explican lo que sucedió aquel día son varias. El sacerdote dejó escrito en su biografía que, mientras estaba acampado con su regimiento en la playa de Utah a la espera de que los buques le llevasen de vuelta a Gran Bretaña, un soldado llamado Frederick Niland (él escribió su apellido como Nyland de forma errónea) le buscaba porque quería corroborar que uno de sus tres hermanos (Robert, de la 82ª División Aerotransportada, también presente en el desembarco) había caído en combate y que su cuerpo se hallaba en el cementerio de Sainte-Mére-Eglise. «Nos metimos en mi Jeep y condujimos veinte millas de regreso a esa ciudad», dejó escrito nuestro protagonista.

Sampson añade en sus memorias que, cuando llegaron, informó al joven de que no había ninguna tumba con el nombre de Robert, pero que sí figuraba un tal Preston Niland (en sus memorias escribió, una vez más de forma equivocada, William). «Padre…, ese es mi hermano también. Era teniente», le respondió Frederick. Tras investigar, el sacerdote se percató de que la tragedia de aquel chico era todavía mayor, pues había perdido a otro hermano más (Edward, quien se había alistado en la Fuerza Aérea) en mayo, mientras participaba en una operación de bombardeo a lomos de un B-25.

Ante tal desastre, Samspon decidió enviar una carta a sus superiores para solicitar que devolvieran a aquel desgraciado a su casa. Y lo logró. «Su madre todavía tenía un hijo que la consolara», escribió. Con todo, su versión es sensiblemente diferente a la que han narrado historiadores como el famoso Stephen Ambrose. En «Lo que nunca te han contado del Día D» se recogen todas.

Fuenteabc.es
Fecha de publicaciónagosto 12, 2020

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