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El enigma del coronel Redl: el cuádruple espía que causó medio millón de muertos

Jordi Corominas I Julián

Francisco José I ostentó el cetro de su imperio durante sesenta y ocho años, entre 1848 y 1916, de la primavera de los pueblos a la

rancisco José I ostentó el cetro de su imperio durante sesenta y ocho años, entre 1848 y 1916, de la primavera de los pueblos a la disolución del pasado, del absolutismo contra las cuerdas a su certificado de defunción en las trincheras. Un mandato tan largo paralizó el sistema político austrohúngaro, enquistándolo con la paradoja, nada casual, de consolidar el poder de sus estamentos esenciales, como el militar, intocable pese a su manifiesta incapacidad para derrotar en el campo de batalla a otras potencias europeas. Las debacles de Solferino en 1859 y Sadowa en 1866 sellaron el adiós a la trascendencia del trono habsbúrgico, maniatado en el universo germánico por Prusia, expulsado de Lombardía por Napoleón III y de Venecia a manos de las tropas italianas como preámbulo a la incompleta unificación nacional.

La solución se dilucidó en 1867 con la doble corona compartida entre Viena y Budapest para evitar males mayores y fundar una estructura territorial formidable, aunque deslavazada, un cadáver consentido, otro enfermo de Europa amado por Bismarck para contener el peligro ruso, siempre al acecho desde la guerra de Crimea con Constantinopla como supremo objetivo tanto desde lo religioso como por el afán zarista de tener pleno acceso al Mediterráneo.

El emperador Francisco José I de Austria
El emperador Francisco José I de Austria

En este contexto Francisco José no podía jugar muchas cartas, salvo mantener una serie de apariencias inmutables bajo la gloria de tener infinitos quilómetros de Trento a Chernovtsi, de Trieste a Cracovia. En 1878 obtuvo el protectorado de Bosnia-Herzogovina, anexionándola treinta años después como mascarada para mostrar la pujanza de la doble K. Esta, en realidad, existía desde otras componendas. El Imperio no fue nunca federal, y quizá de haber sobrevivido el Archiduque Francisco Fernando las distintas naciones de su entorno hubieran obtenido más autogobierno. Al no tenerlo el destino comprensible para quien quisiera medrar era Viena, donde se juntó una constelación de genios comparable a la del París finisecular.

No es este el artículo para loarlos, si bien su eclosión se conjuga en ese esplendor urbano diametralmente opuesto a la esclerosis de las instituciones. La operación nostalgia de Stefan Zweig y su elegía a tanto café, trajín en el Ring y apoteosis cultural se contrapone a la sordidez exhibida en otros relatos de más calado, como los de Arthur Schnitzler, donde la esquizofrenia entre la rebelión burguesa y la decadencia oficial es mucho más palpable, por no mencionar La carta al padre de Franz Kafka, consecuencia desde el comportamiento de su progenitor a tantas décadas de un hombre solo en el Hofburg, enfurruñado en su ventana sin sospechar la lenta gangrena del interior.

Un hombre aislado en Praga

Kafka, con quien se comparó Manolo Vázquez Montalbán, era un judío oriundo de Praga y para más inri escritor en lengua alemana. Valga este tríptico plural para sintetizar la conflictividad de una existencia y un lugar justo antes de la Primera Guerra Mundial, con la capital checa sumida en la vorágine de un nacionalismo cada vez más irredento y el choque tensionado, constante en toda Kakania, entre la modernidad y el estancamiento, con la esclerosis catapultando lo venidero.

Ambas antípodas podían conjugarse si estabas dentro de los círculos elitistas. Alfred Redl vivía en Praga desde octubre de 1912, destinado como Jefe de Estado Mayor del VIII Ejército. Ese ascenso era un impedimento para su función de agente cuádruple, pues además de figurar en los más altos escalafones del Evidenzbureau, directorio de la inteligencia militar austrohúngara, proporcionaba información a franceses, italianos y rusos, con estos últimos chantajeándolo por su condición homosexual hasta acogerlo con los brazos abiertos para exprimirlo, con o sin coacciones.

Alfred Redl
Alfred Redl

Quizá no era muy pródigo en entregar documentos, pero cuando lo hacía les brindaba piezas de primera categoría, desde la identidad de los agentes establecidos en los dominios del Zar hasta el Plan III para invadir Serbia, no sin olvidar maniobras de despiste para propiciar ingentes pérdidas presupuestarias y de capital humano, incrementado este último con el estallido de la Gran Guerra, calculándose el impacto de las operaciones de contraespionaje de Redl en más de medio millón de bajas, muchas de ellas al inicio de las hostilidades, cuando su Imperio desencadenó el conflicto tras el asesinato de Sarajevo a mediodía del domingo 28 de junio de 1914.

El impacto de las operaciones de contraespionaje de Redl se calcula en más de medio millón de bajas

La vida de Redl, originario de Lemberg, era puro lujo, aduciendo la posibilidad de tanto derroche por una herencia de un familiar lejano, casi un tío de América, o un avi Florenci. Tenía dos coches motorizados, caballos en cuadras de prestigio, comía siempre en los mejores restaurantes y nunca escatimó en gastos para contentar a sus amantes, sobornándolos entre el amor y el pánico a un chivatazo letal, por la dureza penal austrohúngara contra los homosexuales. Su problema en Praga era la distancia. En Viena podía establecer contacto directo con agregados militares de la embajada y recibir generosos pagos por sus servicios sin levantar ningún tipo de sospecha. La mutación de las tornas, con envíos monetarios mediante correo postal, fue la antesala de su caída en desgracia.

Una comedia vienesa

Un buen día el servicio postal de la capital austríaca devolvió una de esas misivas a su homólogo de la localidad de Eydtkuhnen, en Prusia Oriental, aún perteneciente al Reich Alemán. El sobre contenía seis mil coronas en billetes y una agenda donde figuraba la dirección de varios espías rusos establecidos en urbes austrohúngaras. La coordinación entre las oficinas de inteligencia de Berlín y Viena preparó un plan simple y muy eficaz. La carta sería retornada a la oficina de correos, esta vez proveniente de Podvoloczyska, en la Galitzia polaca; la taquilla de la estafeta debía ser vigilada las veinticuatro horas por dos policías, tan nefastos en su cometido como para estar de cháchara el 25 de mayo de 1913 por la tarde, cuando un hombre recogió la epístola y subió a un coche de punto.

Pidió un revólver, se lo concedieron y a las dos y cuarto de la madrugada se suicidó en la habitación del hotel

Así empieza una de esas escenas secundarias tan omitidas como relevantes para entender la suerte de un tiempo histórico. En cada estación de esos taxis carpetovetónicos un aguador atendía su turno para ganarse su estipendio ante la superioridad moral de los conductores, demasiado dignos como para limpiar los arreos y dar de comer a los equinos. Uno de estos profesionales comunicó a las fuerzas del orden la matrícula del carruaje, puerta para dar con el culpable, cercado y nervioso hasta perder en el asiento trasero el estuche del cuchillo empleado para abrir la documentación; tras bajarse de la calesa recaló en el café Kaiserhof, donde fue identificado por los camareros con toda naturalidad como el coronel Redl, sí, siempre muy majo, si quieren hablar con él pueden hacerlo en el Klomser, vino para unos días desde Praga y a buen seguro descansa en su habitación.

Faltaba la puntilla. Uno de los encargados de detenerle lo vio en recepción y le preguntó por la cajita contenedora del abrecartas. Empalideció y confesó en un santiamén. Había vendido secretos de Estado para lucrarse y su actuación fue crucial para la detención de espías austríacos en Rusia, enviados por él mismo a la hoguera. Pidió un revólver, se lo concedieron y a las dos y cuarto de la madrugada se suicidó en la habitación del hotel donde esa mañana aún soñaba con regalarle un Austro-Daimler a su último querido, el oficial de ulanos Stefan. La opción del Browning era perfecta, y así lo reflejó en su último escrito, para expiar sus pecados y no mancillar su buen nombre, embrutecido desde 1903, año inaugural de su carrera para favorecer al enemigo. Al día siguiente la prensa, sumisa a los mandamientos imperiales, notificó en sus portadas el repentino y extraño deceso.

La primera gran investigación periodística

Soy alemán, soy checo, soy un judío. No, no me repito, no es marca de la casa. Kafka no vuelve, en cambio irrumpe Egon Erwin Kisch, escritor praguense y cosmopolita muy consciente de la estupidez de sus semejantes al considerar un problema la virtud de lo plural. En mayo de 1913, además de buen periodista, era capitán del DBC Sturm, un equipo de fútbol muy perjudicado durante un lance por la ausencia del defensa Wagner, aprendiz de cerrajero y reclamado por las autoridades para forzar la cerradura de un apartamento de postín a instancias de las autoridades llegadas ex profeso desde la capital danubiana.

Kisch, enfurecido por la paliza encajada en el césped, quería soltar sapos y culebras hasta la extenuación, pero ante todos esos detalles suculentos de colores afeminados para la época, básicamente rojos y rosas, envoltorios perfumados, materiales nobles, de alabastro a mármol, letras de cambio, bustos de napoleón, lecturas militares, alusiones homoeróticas en tinta e interiorismo y cajones con tecnología fotográfica de última generación encajó sin muchas complicaciones el rompecabezas hasta redactar un desmentido, falso, así como la supuesta fuente autorizada, para un diario berlinés, y claro, ese tipo de artículos servían para lo contrario, desatándose una tormenta internacional de incontrolable magnitud.

En 1924 completó sus pesquisas mediante la publicación de su reportaje, como es comprensible todavía inédito en castellano, ‘La caída del coronel Redl’. En la sucinta brevedad de esa prosa desmenuza su talento y el descenso al infierno de una casta y con ella de toda una farsa tremenda sostenida por otros países para postergar la gran catástrofe. Cuando esta llegó Redl criaba malvas, medio exculpado por ser su circunstancia demasiado tenebrosa como para encumbrarla hasta la cúspide de las causas de la gran locura de 1914. La muerte de un Archiduque enemistado con Francisco José, ese anciano al que la vida nada había ahorrado, era mucho más espectacular desde el martirologio, sublime para caldear los ánimos e idónea desde lo emocional, tríptico imposible de conseguir desde la verdad de una traición mezclada con asuntos demasiado poco pudientes para justificar lo injustificable.

Fecha de publicaciónagosto 12, 2020

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