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El gran rey español olvidado por la historia

Á. Van den Brule A.

El papel de Alfonso VIII en la Reconquista fue clave, ya que dirigió un ejército con tácticas de guerra muy avanzadas que favorecieron su victoria contra los árabes.

“Escogerás el exilio para poder decir la verdad”

Nietzsche.

Un zorro moviéndose entre hienas, eso es lo que era este rey castellano. Entre sus gentes de confianza, capitanes y amigos de siempre era claro y directo, pero en oposición a esta franqueza tan suya, y habida cuenta que el espionaje Almohade que tanta “cera” había recibido durante su reinado, merodeaba constante esa mirada esquiva y huidiza, más propia de los que están sin estar en las inmediaciones de las verdades ocultas. La peculiar habilidad de este rey de las estepas, cuando llegaba el momento de la acción, consistía en dejar entrever sus planes e ideas con cuentagotas mientras los situaba en el terreno de la ambigüedad, por lo que había que decodificarlos quedando muchos de sus intérpretes a veces desconcertados o descolocados. Era tan enrevesado fuera de su círculo de íntimos que podría haber pasado por un insulso y grisáceo político actual.

La guerra contra los de “más Allah” estaba en un punto de inflexión en el que se jugaba a todo o nada. Eran los albores de la Baja Edad Media y las fronteras cristianas iban mermando el territorio de los turbantes. En julio del año 1195, y desde una imponente fortaleza (antiguo santuario íbero) en lo alto de un cerro estratégicamente colocado, a unos siete u ocho kilómetros de distancia, el Guadiana discurría pausado mientras desde las almenas se contemplaban las rutas de acceso a Córdoba y Toledo con la complicidad de aquel cerro indesalojable. La fortaleza sita en Alarcos estaba en el extremo de las posesiones de Castilla que lindaban con al-Ándalus. Nada presagiaba lo que iba a ocurrir.

A la élite de la nobleza castellana se le habían sumado más de 2.000 monjes soldado de las órdenes del Temple y Calatrava

Sobre el papel, el rey castellano Alfonso VIII había acordado que conjuntamente con los refuerzos del rey leones Alfonso IX y las huestes de Sancho VII de Navarra, que estaban de camino, presentarían batalla contra aquella turba que invocaba a su Dios al compás de una cadente y lúgubre percusión. A la élite de la nobleza castellana se le habían sumado más de 2.000 monjes soldado de las órdenes del Temple y Calatrava y un denso destacamento de voluntariosos hermanos portugueses de la Orden de Évora. Pero los aragoneses, los navarros y las gentes de León venían despacio y con mucha impedimenta además de con un sol de justicia. Era algo imperativo impedir el acceso de los hijos del profeta al valle del Tajo y sus fértiles tierras de regadío.

Foto: La mezquita de Córdoba. (iStock)

Al Andalus, el reino español que fue tan importante como Grecia o Roma

Las tropas árabes imponían por la extensión de sus líneas y, como se derramaban por las tierras cercanas, eran una auténtica marea nutrida de mercenarios y tropas regulares en un número difícil de determinar, pero probablemente en torno a los 30.000 hombres. Enfrente, un ejército andalusí muy bragado en enfrentamientos de taifas y choques frontales contra los díscolos magrebíes, hacia caso omiso de la discreta arrogancia del coronado que dirigía esta alegre tropa esteparia convencida de sumar una victoria más. Las crónicas de la época relatan el hecho en el que un Alfonso VIII muy subido, ya había retado en plan ‘farruco’ al delegado de Allah en la tierra. Yahyá no tenía un pelo de tonto y era poseedor de un juego de piernas que ni Muhammad Ali, más conocido como Cassius Clay.

Los informadores que se habían conseguido infiltrar tras las líneas cristianas daban detalle de todos los movimientos de aquellos cruzados. Antes de Alarcos, el castellano que se había venido arriba, llegaría hasta el punto de retar en combate en tierras africanas a su adversario mientras sofocaba una revuelta de almorávides; era evidente que al rey castellano le ponía el morapio o andaba sobrado de testosterona. Ya entrado en los cuarenta y con un bagaje de victorias en escaramuzas de mayor o menor entidad, este coronado creía saberlo todo sobre el arte militar. Enfrente, un experimentado jefe de caballería, Abu Yahyá, rodeado de una horda de fanáticos alrededor de una inmensa marea de banderas verdes, iba acompañado de una enorme hueste de mercenarios magrebíes almorávides instalados desde hacía años en el norte de África. Estos últimos tenían ideas propias como el futuro vino a demostrar.

Cuando los cristianos subestimaron Al-Ándalus

En este conglomerado de túnicas y cascos cónicos destacaba un orden preciso, como de orfebrería. Por el contrario, los castellanos lo fiaban todo a su caballería pesada (unos diez mil jinetes) que en el aciago día del enfrentamiento atacaron frontalmente a las huestes del islam entrando en tromba entre las líneas árabes siendo cercados más tarde por las consignas dadas por Yahyá, como si de un cepo se tratara. La famosa Guardia Negra, configurada por elementos mauritanos y senegaleses, y los Henteta (tropas de élite almohades) remataron la faena en medio de aquella nube de polvo entre relinchos y lamentos de los moribundos. No hay constancia de que hubiera supervivientes de entre la caballería cristiana tras cerca de diez horas de interminable combate. Los musulmanes de Al-Ándalus eran un formidable ejército que el rey castellano había subestimado gravemente.

Alfonso VIII quiso seguir en combate hasta la extenuación, pero su guardia personal lo saco de allá ‘por las bravas’

Las pérdidas del ejército musulmán rondarían el 50%, pagando un alto tributo a pesar del mejor entrenamiento y superioridad de sus efectivos; Abu Yahyá y el comandante Abu Bakr a la sazón jefe de los voluntarios benimerines, perecería por las graves heridas sufridas, mientras que las bajas cristianas entre muertos y prisioneros podrían ascender a las dos terceras partes del conjunto. Lope de Haro, el alférez mayor del ejército, sería hecho prisionero y liberado tras pagar ‘ipso facto’ su rescate. Miles de prisioneros serían esclavizados y otros tantos liberados en un gesto de conciliación para con los castellanos. Alfonso VIII quiso seguir en combate hasta la extenuación, pero su guardia personal lo saco de allá por las bravas.

Cerca de Toledo, las tropas aragonesas, leonesas y navarras que habían aparcado sus diferencias se enterarían de la severa derrota infligida a los castellanos y del despropósito de su rey al atacar sin apoyo alguno de sus aliados. Las fuerzas que habrían lidiado contra los Almohades de Al-Ándalus de haberse materializado esta conjunción, podrían haber ascendido a más del triple de efectivos, entre los que habrían estado presentes la temida infantería leonesa, los aragoneses y un ingente número de caballeros y los afamados arqueros navarros. No pudo ser por la irresponsable conducta del rey castellano.

Foto: Batalla de las Navas de Tolosa.

La pregunta sobre los españoles que nos enseña la batalla de las Navas de Tolosa.

Los años siguientes a la trágica batalla, devastaron toda el área próxima a Toledo y Extremadura quedó íntegramente bajo el dominio de los almohades. El valle del Tajo y los territorios que estaban encajados entre este rio y el Guadiana. La Orden de Calatrava y sus entrenados monjes, quedarían aislados en condiciones muy precarias como una avanzadilla castellana en territorio almohade. Asediados durante casi todo este tiempo, en 1211, tras un pacto por el que se respetaría sus vidas a cambio de todos sus bienes, serían liberados. Esto ocurría justo un año antes de la más grande batalla dada en suelo español, por número de intervinientes de ambos bandos y por las consecuencias derivadas para el futuro de nuestra nación, las Navas de Tolosa en 1212.

Fecha de publicaciónfebrero 13, 2021

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