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El país más bello y triste jamás inventado

David Jiménez

David Jiménez retrata el mundo de los reporteros en la novela ‘El Corresponsal’, inspirada en hechos reales y ambientada en el totalitarismo birmano. Este es un adelanto en exclusiva

Si Shwedagon, la pagoda dorada, es el faro que guía a los birmanos hacia la luz, Insein les evoca las tinieblas. La cárcel de las afueras de Rangún, junto al río Hlaing, fue construida por los británicos en 1887 para albergar a setecientos presos. Con el tiempo se convirtió en una ciudad para más de diez mil no ciudadanos, los contaminados a quienes se despojaba de derechos y se borraba de los registros. Todo, desde las celdas masificadas a las salas de tortura, está destinado a romper el espíritu de los internos.

El conductor y el copiloto que me llevaban a Insein parecían hermanos gemelos: vestían sarongs morados y casacas blancas, grandes gafas de sol y sandalias. Supuse que pertenecían al GAD, la agencia de espionaje. Llevábamos media hora de camino cuando divisé, al pasar por un alto, una inmensa construcción circular de la que surgían, como tentáculos, ocho pabellones. La prisión desapareció de mi vista al tomar una curva y, cuando quise darme cuenta, estábamos frente a la entrada. Mis acompañantes saludaron marcialmente a los guardias y la barra de seguridad se elevó frente a nosotros. Avanzamos despacio por un camino flanqueado por alambradas de espino y torreones con hombres apostados con rifles hasta que llegamos a un segundo puesto de control, donde nos esperaban otros dos funcionarios. Uno de ellos, vestido con uniforme militar, abrió la puerta del coche:

—Por aquí.

Accedimos al edificio principal, presidido por un retrato del coronel Thu Sei, el regidor de la cárcel. Su crueldad era legendaria. Se había formado con los jemeres rojos de Camboya en los años 70 y, al regresar a Birmania, estableció en Insein las mismas reglas de los campos de la muerte de Pol Pot. Una pizarra las enumeraba:

Regla primera: conservarte no es ningún beneficio.

Destruirte no es ninguna pérdida

La prisión

El coronel comandaba la ciudad carcelaria sin supervisión de sus mandos en el exterior; imponía sus propios tributos a los presos, que podían reducir sus castigos con el pago de sobornos; operaba talleres clandestinos, utilizando a los internos en un negocio de exportación de juguetes, y se concedía derecho de pernada sobre las internas. Hizo construir su residencia junto al pabellón femenino, que bautizó con el nombre de Castidad, y cada noche escogía a sus víctimas entre las más jóvenes y las recién llegadas. Nadie supo nunca cuántos niños nacieron producto de aquellas violaciones, pero pudieron ser cientos en los veintitrés años que Thu Sei gobernó la prisión. Se les conocía como “los bastardos de Insein”: al cumplir los doce años, eran enviados a los orfanatos más remotos del país.

Me guiaron a través de un pasillo estrecho y sombrío, con celdas a ambos lados. Presos con los torsos desnudos y las miradas vacías presionaban sus frentes contra los barrotes y extendían las manos a través de los huecos, sin llegar a tocarnos. Aquello que fuera que necesitaban, agua o comida, lo pedían en silencio. Demacrados, recordaban a los supervivientes de un campo de concentración, con sus cuerpos huesudos y la piel lánguida, sin carne a la que agarrarse. La última puerta conducía a una habitación grande y oscura, sin ventanas.

Me estremeció el sonido lejano de un sollozo. Contuve la respiración y agudicé el oído, en un intento de distinguir si era de hombre o mujer, pero las voces cesaron sin más. ¿Cómo podían coexistir en el mismo lugar la decrepitud de Insein y el esplendor de Shwedagon, el templo que Maugham describió como “una repentina esperanza en la noche oscura del alma”? ¿Los gritos de los torturados y el silencio de los monjes retirados en los montes perdidos de Popa? ¿La pomposidad decadente de Naipyidó, la capital que los generales se habían construido en la jungla, y la grandeza inmortal del reino de Bagán? Birmania reunía los extremos de la condición humana como ningún otro lugar: la nobleza y la traición, la crueldad y la compasión, la esperanza y la resignación; el país más bello y triste jamás inventado.

—Veinte minutos —dijo el funcionario.

Susurros

Escuché el chirrido del portón cerrarse detrás de mí y caminé ligeramente agachado para evitar el techo. Noté que mis calcetines se calaban en el suelo encharcado. Avancé hacia el centro de la habitación y golpeé una bombilla con la cabeza: su luz parpadeante osciló de un lado a otro, revelando la sordidez del lugar donde estaba. Una rata atravesó la celda a la carrera. La basura se acumulaba, descompuesta y fétida, en una esquina. El agua se filtraba entre las paredes, que desprendían una humedad fría.

Me acerqué a los barrotes y susurré al otro lado:

—¿Estás ahí, Nann?

Nadie respondió.

—¿Hay alguien ahí?

—Les dije que no quería verte.

Su voz sonó débil y lejana.

—Acércate. No puedo verte.

—No… No quiero que me veas.

—Oh, Nann. Te he buscado por todos lados. Nadie sabía dónde estabas. Voy a sacarte de aquí.

Foto: Birmanos en Japón protestan por el aresto de Aung San Suu Kyi (EFE)

Escuché el rechinar de unos grilletes y su voz sonó más cercana:

—Los mataron a todos, Miguel. Fue horroroso.

—Sí, lo sé.

—¿Ha terminado? La revolución… Todo ha terminado, ¿verdad?

—Lo siento tanto, Nann.

De una manera extraña, en un país que no era el mío, me sentía parte del fracaso de la Revuelta Azafrán. Le había prometido a Nann que esta vez ganarían los buenos, aunque el desenlace nunca había estado en mis manos.

—¿Cuántos días han pasado? —preguntó.

—Diez días. Han pasado diez días desde la revuelta.

—Aquí siempre es de noche. No me dejan hablar con nadie. Nadie puede venir a verme. Eres la primera persona con la que me permiten hablar.

—Todo ha sido un error. Un gran error. La cónsul sueca, Olme… está muy interesada en tu caso. El ministerio de Asuntos Exteriores español también está trabajando en tu liberación. Espero noticias muy pronto.

—Y Kenji, ¿cómo está?

—Kenji… Kenji está bien.

—Seguro que tomó buenas fotografías.

—Las mejores. Tendrías que verlas. Te manda recuerdos. Haremos otro viaje juntos. ¿Qué te parece? Cuando salgas… ¿Dónde te gustaría ir? Quiero enseñarte Bangkok. Podemos ir a Europa. Madrid, París, Roma…

Foto: Protesta en Copenhague por la represión en Myanmar. (EFE)

—Fuera… ¿Sabe el mundo lo que nos han hecho?

—Lo saben.

—¿Y van a venir a ayudarnos?

—Vendrán.

—¿Cuándo?

—Pronto, Nann. Muy pronto.

Escuché un nuevo chasquido metálico. Ahora la sentía tan cerca que podía escuchar su respiración. Tanteé los barrotes hasta que mis dedos se encontraron con los suyos. Acaricié su pelo, una maraña sucia y reseca; descendí por sus mejillas, acartonadas por heridas y costras; me detuve en una hinchazón bajo su ojo izquierdo; deslicé las yemas de mis dedos por sus labios, agrietados por las llagas…

—Pero… ¿Qué te han hecho?

Puso su mano en mi boca.

—Pst… Por favor, no digas nada.

Alguien abrió la puerta de la celda y un foco de luz alumbró su rostro. Llevaba la misma ropa que el día de la manifestación, corroída y sucia; surcos de lágrimas dibujaban sus mejillas, ennegrecidas por la suciedad; sus ojos, hundidos y enrojecidos, carecían de brillo; y su cuerpo, delgado y demacrado, apenas se sostenía en pie. Se volvió rápidamente de espaldas y corrió al fondo de su celda, donde no pudiera verla.

—Vete, Miguel. Vete y no vuelvas.

—Voy a sacarte de aquí, ¿me oyes? ¿Nann? ¿Nann…?

Aplastados

(…) La revuelta había sido aplastada, pero si cerrabas los ojos y prestabas atención, todavía podías escuchar su agonizante susurro. En la avenida de la Compasión de Rangún, soldados patrullaban en busca de revolucionarios rezagados y equipos de limpieza borraban las manchas de sangre del asfalto con cubos de agua.

El líder supremo, Than Shwe, convocó una reunión extraordinaria del Consejo de Estado para la Paz y el Desarrollo: era consciente de que no todos sus comandantes estaban de acuerdo con la decisión de utilizar la fuerza contra los manifestantes, pero estaba seguro de que ninguno osaría disentir. Tenían reciente el ejemplo del coronel Zaya Kaung, visto como probable sucesor al frente de la Junta militar hasta que se opuso al traslado de la capital a las junglas de Naipyidó con el argumento de que el país tenía “otras prioridades”.

El reo era atado de pies y manos e introducido desnudo en la jaula de una pitón

El rumor era que el dictador había encargado para Zaya Kaung un abrazo birmano, la técnica de tortura reservada a los traidores del régimen. El reo era atado de pies y manos e introducido desnudo en la jaula de una pitón, preferentemente hembra por su mayor tamaño. Algunas llegaban a superar los seis metros de largo y podían engullir a una persona de estatura media. A la crueldad de la muerte por asfixia, relativamente rápida, se unía la angustia de no saber en qué momento el réptil atacaría a su presa. A veces ocurría inmediatamente; otras después de días, dependiendo del tiempo transcurrido desde su última comida. La serpiente se deslizaba hacia la víctima, se enroscaba alrededor de su cuerpo y contraía sus músculos en un abrazo lento e intenso. Le seguía el chasquido de las costillas al quebrarse, el hundimiento de los pulmones, el chorro de sangre expulsado por la boca y unas últimas bocanadas de aire, como las de un pez varado en la orilla del mar.

La purga de Zaya Kaung enviaba al resto de comandantes un mensaje claro sobre las desventajas de enfrentarse al líder. La lealtad, en cambio, conllevaba grandes beneficios. Los lugartenientes del dictador vivían en grandes mansiones, acumulaban posesiones y mantenían negocios paralelos a la carrera castrense. Líneas aéreas, bancos, periódicos, hoteles, empresas de telecomunicaciones, destilerías, cadenas de restaurantes… toda la economía del país estaba en sus manos. Sus hijos estudiaban en las mejores universidades de Australia, sus mujeres se estiraban la piel en clínicas de Singapur y ellos jugaban al golf en clubes exclusivos, protegidos del sol por las sombrillas que portaban jóvenes prostitutas entrenadas como caddies. La monarquía oficiosa de Myanmar tenía licencia para saquear, abusar y violar sin remordimientos. El Generalísimo no aspiraba a crear lealtades sinceras entre sus hombres, sino intereses comunes. Sabía que, cuanto más delinquieran, mayor sería su empeño en sostener el régimen y evitar las consecuencias de su caída.

Y, sin embargo, la masacre de monjes frente a la pagoda de Sule era diferente.

La masacre de los monjes

La mayoría de aquellos comandantes fueron ordenados monjes en su juventud, como era tradición en las familias birmanas, y se consideraban fervientes budistas. La línea cruzada por Than Shwe los inquietaba. ¿Qué próxima vida aguardaría a quienes tenían las manos manchadas con la sangre de los discípulos de Buda? ¿En qué tipo de bestias desgraciadas se reencarnarían? El general buscó aliviar la preocupación de sus camaradas anunciando la construcción de veintiuna nuevas pagodas, una en cada división territorial, y justificó la represión en la necesidad de salvar la patria de enemigos formidables.

—¿A qué padre le gusta abofetear a un hijo? —se preguntó Than Shwe en su discurso ante sus oficiales—. ¿Cuánto tiempo puede tolerar sus faltas de respeto? Un país parado y humillado ante el mundo no puede sostenerse en pie. Querían entregarlo a potencias extranjeras, humillar a Myanmar como hicieron los perros colonialistas y someter a la patria a la degeneración de Occidente. Nadie convertirá este país de guerreros en la furcia de los blancos.

Los miembros del Consejo, incluida la pitonisa personal del general, Nai Nai, estallaron en una ovación y comenzaron a entonar Regreso del guerrero, una vieja marcha militar de los tiempos de la independencia:

Las lágrimas de tu enemigo beberás

Tu sed de venganza aplacarás

Y rendido tu pueblo te aclamará

Oh, guerrero inmortal, pronto descansarás

La reunión estaba a punto de terminar cuando el Secretario 2º carraspeó, como hacía cada vez que debía importunar al general. Otro asunto demandaba su atención:

—Se ha producido un incidente con un grupo de supuestos periodistas extranjeros. Espías, sin duda. Al parecer, obtuvieron imágenes de la Operación Concordia. Se niegan a entregar ese contenido, a pesar de que se les ha informado de que han incumplido la ley.

Than Shwe guardó silencio y entornó los ojos: su manera de expresar a su lugarteniente y responsable de orden público que la información no era de su agrado.

El general buscó aliviar la preocupación de sus camaradas anunciando la construcción de veintiuna nuevas pagodas

—No podrán abandonar el país hasta que entreguen todo el material de espionaje obtenido, mi general. Las embajadas han sido contactadas e informadas de las consecuencias de las acciones de sus ciudadanos.

—No queremos que esa situación se alargue —dijo el general, poniendo fin a la reunión y tratando de levantarse de su asiento. Durante unos segundos, su barriga pareció haberse pegado a la larga mesa de teka. Empujó la silla hacía atrás con fuerza y se liberó. Nada quedaba del soldado apuesto y espigado de su juventud, el más alto de su promoción.

(…) El general dirigía ahora el país desde su palacio a los pies de las montañas de Pegu Yoma, en un complejo de una única planta de 35.000 metros cuadrados y jardines que se expandían en un terreno de cien campos de fútbol, con un lago artificial y establos para sus cincuenta y tres elefantes. Uno de ellos, Bo Bo, era el único ejemplar blanco en cautividad y su mascota particular. Los antiguos reyes de Bagán consideraban a los elefantes blancos penúltimas reencarnaciones del Buda Gautama antes de su nacimiento en la India: tener uno los protegía de invasiones, rebeliones y traiciones palaciegas. Bo Bo, cumplidos los 50 años, estaba viejo y enfermo. Than Shwe había enviado cinco batallones a buscar otro elefante blanco de la suerte a las junglas de Arakán y Magwe. Los soldados tenían prohibido regresar hasta que dieran con él. ¿Cómo era posible que el rey Bhumibol de Tailandia tuviera cinco elefantes blancos y él solo uno, viejo y enfermo? En Laos se habían encontrado tres ejemplares en el último año. Incluso Hun Sen, “ese despreciable lacayo de los vietnamitas”, tenía uno de color rosáceo, larga cola, formidable tromba eréctil y ojos amarillos del tamaño de balones de fútbol, pruebas irrefutables de que descendía del mismo Siddhartha. Si el animal sagrado de los birmanos solo podía encontrarse durante el reinado de líderes justos, virtuosos y queridos por su pueblo, ¿por qué no se encontraba el suyo…?

Fecha de publicaciónAño 2022

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