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Esos molestos viejos vulnerables

Sergio Ramírez. Escritor y Premio Cervantes

La pandemia hace que se establezcan nuevos parámetros para medir a los ancianos, que se convierten, de pronto, en una piedra en el zapato, porque son el segmento social más vulnerable al contagio

El personaje del cuento Una historia aburrida de Antón Chéjov, ostenta el alto rango de consejero privado en la nomenclatura imperial, y ha sido honrado con todas las condecoraciones deseables. Se trata de un anciano que nos relata sus memorias. Un anciano de 60 años de edad.

Todavía a inicios del siglo pasado, el que llegaba a los 40 años se dejaba crecer la barba, se buscaba un bastón, y olvidaba impulsos y ardores juveniles. Ya no se diga una mujer que a los treinta no se hubiera casado, era declarada oficialmente solterona y tenía que resignarse a que su vida sería la de vestir santos.

Una de las grandes proclamas humanitarias de la civilización moderna, basada en los formidables avances de la ciencia, ha sido la conquista de índices cada vez más altos de longevidad, sobre todo en los países del primer mundo. En Estados Unidos la esperanza de vida en 1900 era de 47 años, cuando hoy es de ochenta; y España, en el mismo periodo, pasó de 32 a 83 años. En medio siglo, aún América Latina ha ganado 25 años en expectativa promedio de vida, para situarse en 75 años.

El concepto de vejez temprana, entendida como senilidad, duró por muy largo tiempo en la historia de la humanidad, salvo si aceptamos como válidas las copiosas edades que se mencionan en el Antiguo Testamento, que deberíamos atribuir mejor a un error en las cuentas de los escribas.

A la misma edad del ilustre viejo de Chéjov, que a los sesenta siente que ha llegado el fin de su vida, fue que Cicerón escribió, veinte siglos atrás, su canto de cisne en De senectute. A ese anciano que mira reflexivo hacia el pasado como una forma de prepararse ante la inminencia de la muerte, desahuciado por sí mismo, se le encuentra hoy en el gimnasio.

Atlético, bien bronceado, puede servir como modelo de ropa deportiva, con un palo de golf en la mano. La gloria de la tercera edad empieza a parecer tan inmarcesible, que hay quienes piensan necesario inventar una cuarta. Y también las parejas felices de ochenta están en la publicidad, anunciando seguros de salud, vitaminas milagrosas y cremas rejuvenecedoras, ya no se diga el Viagra, porque el sexo entra también en el catálogo de derechos restituido

Es que la longevidad es también toda una industria de miles de millones de dólares. Norberto Bobbio, el gran pensador italiano, quien osó acercarse a la centena con plena lucidez creativa, y escribió también su propio De senectute, habla precisamente de esa inserción de los viejos en el mercado, porque son una clientela, y son cortejados como portadores de nuevas demandas de mercancías.

Los viejos tienen sueños, esperanzas, necesidades espirituales, y también materiales, y hay que satisfacerlas. Ese ha sido un notable reconocimiento que se han ganado viviendo más; son un segmento no despreciable del consumo.

Pero la pandemia del coronavirus, que saca filo al sentido de supervivencia, hace que se establezcan nuevos parámetros para medir a los viejos, que se convierten, de pronto, en una piedra en el zapato, porque son el segmento social más vulnerable al contagio. Es el grupo de riesgo por excelencia, y de allí se tiende a extraer las más variadas y coloridas conclusiones.

La que más me cautiva es la que establece que hay una urgente necesidad de escoger entre la economía y los viejos. O sacrificamos la economía, o sacrificamos a los viejos, esa es la propuesta. El vicegobernador republicano del Estado de Texas, Dan Patrick, lo dice sin andarse por las ramas: “Mi mensaje es este: volvamos al trabajo, volvamos a la vida, seamos inteligentes, y aquellos de nosotros que tenemos más de 70 años, ya nos cuidaremos de nosotros. No sacrifiquemos el país». Al menos, por lo que puede verse, Míster Patrick ofrece voluntario su pescuezo.

Este reclamo de que los viejos se sacrifiquen para salvar el todo a costas de una parte, responde a una premisa general, tal como la enuncia Lloyd Blankfein, antiguo presidente de Goldman Sachs: «Las medidas extremas para rebajar la curva del virus son adecuadas durante un tiempo para reducir la carga sobre la infraestructura sanitaria. Pero destruir la economía, los empleos y la moral es también un asunto sanitario y afecta a muchas más cosas».

Viene en respaldo suyo Dick Kovacevich, expresidente del Wells Fargo, quien propone que todos dejen el encierro de la cuarentena, y salgan a producir y a consumir: «Algunos enfermarán, algunos incluso puede que mueran, no lo sé… ¿Quieres sufrir las consecuencias económicas o el riesgo de tener síntomas parecidos a los de la gripe o una experiencia como la de gripe? Tienes que elegir».

Algunos morirán. Los viejos, ya sus cartas están marcadas. A los jóvenes no les pasará nada, les dará un simple resfrío. Y si toda la población se contamina, mejor, pues todo el mundo quedará inmunizado.

Salvo los viejos. A esos, ya les tocaba de todos modos, es la ley de la selección natural; sólo los más fuertes sobreviven. De allí que los apóstoles defensores de la religión de la economía, no tardarán en enlistar también a otros seres humanos desechables, de los que se puede prescindir en aras del bien común. Los que no puedan curarse por su cuenta, por ejemplo.

Y eso me trae a la mente también esas armas de destrucción masiva, tan inteligentes como para matar gente, pero que preservan, intacta, la economía; es decir, la infraestructura productiva y los templos del consumo. Para que nos demos cuenta que la economía, deidad abstracta hecha de cifras y curvas estadísticas, es una cosa, y la gente otra.

¿Y la longevidad que el mercado nos enseñaba en colores resplandecientes y felices? ¿Y las nuevas impresionantes cotas de esperanza de vida? Hay que olvidarse de esa conquista de la ciencia, y entregarnos todos, cuanto antes, a la normalidad de la muerte.

Mientras tanto, los viejos a escondernos.

Fecha de publicaciónabril 01, 2020

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