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Espías del imperio, de Fernando Martínez Laínez

Fernando Martínez Laínez. Publicado: año 2021. Editorial: S.L.U. ESPASA LIBROS. Páginas: 480. Precio: 21,75 €

Una de las secuelas de la Leyenda Negra antiespañola es la desdeñosa opinión sobre la actuación de los servicios de inteligencia hispanos en los siglos de apogeo «imperial». Sin embargo, nuestro espionaje fue puntero en el mundo durante los siglos XVI y XVII. Este libro recoge la historia y los hechos más destacados de la inteligencia española y de muchos de sus agentes en la sombra (algunos tan conocidos como Quevedo o Cervantes), que operaron en Europa y el Mediterráneo con éxito.

Zenda adelanta el prólogo de Espías del imperio. Historia de los servicios secretos españoles, de Fernando Martínez Laínez (Espasa).

***

Como consecuencia de la Leyenda Negra, la intensa y eficaz tarea de España en operaciones de inteligencia durante los siglos de su apogeo histórico ha sido ninguneada y menospreciada por la mayor parte de los «especialistas» foráneos, empeñados en desfigurar y rebajar los fulgurantes hechos que forjaron el primer imperio mundial. La historia de los servicios secretos de la Monarquía Hispánica, con sus luces y sombras, apenas ha sido divulgada, a pesar de su trascendencia en las guerras y en las estructuras políticas de la época.Fiel a este principio, he tratado de componer un resumen de hechos, ideas y personajes que pueda leerse como una crónica general divulgativa. Así, este libro tiene como objetivo contribuir a la cultura de inteligencia española y supone una aproximación al tema con posibilidades de ampliación ilimitadas, tanto en el ámbito investigador como en el literario.

La España de los siglos XVI y XVII contó con los servicios secretos más dinámicos y eficaces de su tiempo, y ningún país dedicó tantos recursos económicos y humanos al espionaje en los múltiples escenarios bélicos en los que tuvo que actuar, de acuerdo con el papel de gran potencia que le correspondió desempeñar históricamente. Esto no implica que todo fueran victorias, pues también hubo fallos y fracasos importantes.

La necesidad de información era una obligación ineludible en la política universalista de la Monarquía Hispánica. Rodeada de enemigos y poseedora de un extenso imperio codiciado por otros países, España defendió sus dominios con las armas, el dinero, la diplomacia y la información secreta. En esa tarea ingente, el espionaje constituyó un modelo de inteligencia avanzada en comparación con otros países europeos y fue el ineludible escudo que le permitió mantener su estatus de gran potencia en la constante disputa con otras naciones rivales, tanto en el Mediterráneo (con un Imperio turco en plena expansión) como en América o en Europa, donde se vio envuelta en la maraña bélica de fuerzas en ascenso que pugnaban por romper el poderío hispano.

Las desmesuradas empresas asumidas por la política de la casa de Austria exigían disponer de un ejército secreto de informadores repartidos por territorios muy diversos y distantes. Un «factor humano» disperso que incluía personas de muchas etnias, estados, lenguas y religiones diferentes, desde monjes balcánicos ortodoxos hasta esclavos, frailes, funcionarios, renegados o mercenarios sin más estímulo que el dinero.

Por otra parte, la búsqueda de información secreta obtenida de los espías es tan vieja como el mundo, algo consustancial en el contexto bélico de cualquier país con voluntad colectiva, y está condensada con sencillez teórica por el filósofo-estratega chino Sun Tzu hace unos dos mil quinientos años en su obra El arte de la guerra, que resalta la importancia decisiva del espionaje procedente de fuentes humanas:

La información previa no puede obtenerse de fantasmas ni de espíritus, ni se puede obtener por analogía, ni descubrir mediante cálculos. Debe obtenerse de personas que conozcan la situación del enemigo.

En consonancia con la importancia de la Corona que los Reyes Católicos dejaron en herencia a sus sucesores como primer Estado moderno transoceánico, surgió la necesidad de disponer de un servicio de inteligencia estable para la toma de decisiones. Ciudades como Londres, París, Nápoles o Bruselas se convirtieron en centros de espionaje con intereses nacionales en conflicto, y en ellas el espionaje hispano tuvo que emplearse a fondo y se mostró acertado la mayoría de las veces.

Una importante característica de la inteligencia española en estos siglos vino dada por su marcada tendencia documental como eje de todo el mecanismo del espionaje dirigido por el rey, representante máximo del Estado. Los «papeles» —la documentación escrita— constituían el soporte fundamental de la información secreta, la tela que tejía los asuntos de Estado a partir de memoriales, cartas, notas, expedientes y noticias. «De otra suerte —decía el escritor jesuita Andrés Mendo—, la tela se rompe o no sale bien tejida», una cualidad que culminó con Felipe II encerrado en El Escorial, donde revisaba personalmente con celo burocrático los miles de documentos que se amontonaban en su despacho. Ningún otro país tuvo a su alcance el enorme depósito de memoria almacenada en los archivos de Simancas o en la embajada española en Roma —que organizó el secretario zaragozano Juan Verzosa—, dos centros de información de primer orden que sirvieron de modelo al resto de Europa.

En resumen, la historia de los servicios secretos en los siglos que trazan el poderío hispano encierra un papel relevante y todavía poco conocido, con un modelo de Estado que utilizó la inteligencia como principal herramienta operativa, una inteligencia que fue el elemento fundamental en la actuación militar y política de lo que entendemos por Imperio español.

Quisiera apuntar tres consideraciones sobre lo escrito en estas páginas. La primera es precisar que el término «inteligencia» estaba plenamente establecido y era utilizado normalmente en España desde el siglo XVI con el mismo significado que tiene en la actualidad. No es, por tanto, un término importado del espionaje anglosajón. La segunda consideración ha sido admitir a efectos prácticos la equivalencia de los términos «español» e «hispano», tal y como señalan los diccionarios. Y la tercera es que he empleado indistintamente en el texto los nombres de Constantinopla y Estambul, siempre referidos al Imperio otomano. Tras conquistar Constantinopla, los otomanos denominaron Estambul (Istanbul) a la ciudad, pero siguió usándose el nombre de Constantinopla hasta que Estambul adquirió carácter oficial cuando Kemal Atatürk estableció la República de Turquía en 1923.

Para concluir, me gustaría mencionar unas palabras de Sun Tzu a modo de recordatorio vinculado a la conducta secreta de muchos de los personajes reales que aparecen en este libro:

Sé extremadamente sutil, hasta el punto de no tener forma. Sé completamente misterioso, hasta el punto de ser silencioso. De este modo podrás dirigir el destino de tus adversarios.

Una máxima con la que seguramente estarían de acuerdo los «espías del Imperio» y también los espías de hoy.

Fecha de publicaciónmayo 04, 2021

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