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La Amazonía no es tu museo de historia natural

Chris Feliciano Arnold. Ensayista y escritor de no ficción brasileño-estadounidense.

En medio de los conflictos políticos y el humo visible desde el espacio, el futuro de la Amazonía rara vez ha sido tan borroso. Los ambientalistas ven una selva tropical cuyo desvanecimiento será de consecuencia global. Los líderes indígenas ven un hogar ancestral que continúa siendo explotado por colonos después de 500 años de violencia genocida. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ve una valiosa superficie desperdiciada por “cavernícolas” y marxistas.

El 60 por ciento del bosque tropical más grande del mundo se encuentra dentro de las fronteras de Brasil, y desde 2006 he viajado miles de kilómetros en la Amazonía, presenciando cómo en una sola generación el río y sus pueblos han experimentado un siglo de cambio ecológico y cultural. Durante algunas semanas el año pasado, un récord de incendios en la región centraron la atención del mundo con una intensidad que recuerda a las campañas Save the Rainforest de la década de 1980. Pero este año, la tierra está ardiendo durante una pandemia que ha interrumpido viajes, obstaculizado esfuerzos de proteger el medioambiente y envalentonado a los mineros, madereros y ganaderos para invadir las tierras indígenas con impunidad.

Un incendio en el Pantanal, el humedal más grande del mundo, en el estado de Mato Grosso, Brasil, en septiembre.
Un incendio en el Pantanal, el humedal más grande del mundo, en el estado de Mato Grosso, Brasil, en septiembre.Credit…Amanda Perobelli/Reuters

Esta primavera, el ministro del Medioambiente, Ricardo Salles, fue captado en un video instando a Bolsonaro a usar la distracción del coronavirus para relajar las regulaciones ambientales. “Tenemos que hacer un esfuerzo aquí durante este período de calma en términos de cobertura de prensa porque la gente solo habla de la COVID”, dijo, mientras se cavaban fosas comunes para las víctimas del coronavirus en Manaos, la capital del estado de Amazonas.

Bolsonaro, quien el mes pasado culpó a “campesinos e indios” de los incendios forestales, encarna la brutal historia de la Amazonía. El “Capitán Motosierra”, como se ha apodado a sí mismo con arrogancia, pasó sus años de formación como paracaidista del ejército, idolatrando a los generales y autócratas de la dictadura que, apoyada por Estados Unidos, gobernó Brasil desde 1964 hasta 1985.

Durante el “milagro económico” de Brasil de la década de 1970, el presidente militar Emílio Médici dijo que la Amazonía era “una tierra sin hombres para hombres sin tierra”, sugiriendo que sus tribus nómadas y su jungla aún por desarrollar eran a la vez la causa y la solución de los males de Brasil. “Debemos poner en marcha el reloj de la Amazonía”, escribió en 1971, instando a Brasil a recuperar el tiempo perdido al construir la carretera Transamazónica de 4000 kilómetros que atraviesa el corazón de la floresta. Los brasileños que habitaban los páramos del noreste podían dejar la sequía atrás para comenzar una nueva vida a lo largo de la carretera, de paso resolviendo “el problema indio”.

Para los migrantes que acataron el llamado de Médici, la ruta hacia la salvación terminó en hambre. Las lluvias torrenciales se llevaron la rica capa superior del suelo de sus parcelas recién taladas. La mayoría se vio obligada a abandonar sus sueños, pero no antes de que innumerables tribus fueran masacradas, devastadas por enfermedades o reubicadas por la fuerza, a veces minutos antes de que llegaran las excavadoras.

La carretera Transamazónica en construcción cerca de Altamira, Brasil, en 1971
La carretera Transamazónica en construcción cerca de Altamira, Brasil, en 1971Credit…Bettmann Archive/Getty Images
Una carretera en el estado de Pará, Brasil. Durante las cosechas de maíz y soja, miles de camiones atraviesan esta zona cada día.
Una carretera en el estado de Pará, Brasil. Durante las cosechas de maíz y soja, miles de camiones atraviesan esta zona cada día.Credit…Leo Correa/Associated Press

Décadas más tarde, miles de caminos, ruidosos con camiones madereros y remolques de ganado, se adentran en la selva tropical desviándose de la carretera Transamazónica y rutas similares. A lo largo de la delicada cuenca del Amazonas —responsable de más del 15 por ciento de la descarga de los ríos en los océanos del planeta— los ductos de gas y las represas hidroeléctricas bombean energía para las ciudades de Brasil. Las granjas industriales envían carne de res y soja a un mundo hambriento, representando miles de millones de dólares. Manaos es la sede de fabricantes multinacionales como Harley Davidson y Samsung junto con laboratorios de biotecnología y universidades que se destacan en la investigación de la selva tropical.

Treinta millones de personas viven en la cuenca del Amazonas, más que la población de los cinco países nórdicos juntos. Ahí conviven pueblos indígenas, migrantes de todo Brasil e inmigrantes del mundo entero. Sin embargo, Bolsonaro quiere dar la impresión de que la Amazonía es una jungla indómita. Pide nuevas carreteras, represas, minas y ranchos, con lo que construye un falso debate: salvar a los brasileños o salvar la selva tropical. Pero este argumento ignora el hecho de que Brasil ha estado desarrollando la Amazonía de forma agresiva desde los albores de la Revolución industrial.

A medida que el planeta se calienta durante las próximas décadas, la Amazonía se convertirá en la cuna del descubrimiento humano o en la escena de un crimen ecológico. La pregunta para el siglo XXI no es cómo extraer más materias primas del bosque, sino cómo empoderar a sus habitantes para que vivan ahí de manera sostenible, como lo hacían los indígenas brasileños antes de que los europeos llegaran a cometer genocidio en el continente.

La Amazonía nunca fue una tierra “sin hombres”. Cuando las flotillas españolas descendieron por primera vez en el río en el año 1542, ahí vivían al menos ocho millones de personas que practicaban una agricultura a gran escala que aprovechaba el ciclo natural de las aguas.

Las armas y las armaduras eran de poca utilidad en el bosque. Al borde de la inanición, los colonizadores españoles y portugueses dependieron de los pueblos indígenas para sobrevivir, y pagaron esa generosidad con violencia. Como en América del Norte, oleadas de colonos trataron a los miembros de las tribus como infrahumanos, incluso cuando exigieron su mano de obra y conocimiento, todo en nombre de la corona.

La viruela evisceró las ciudades indígenas. Las tribus que lograron salvarse de enfermedades fueron capturadas y esclavizadas, a menudo reubicadas en las capitales del sur de Brasil por “bandeirantes” salvajes, cuyas hazañas llegaron a ser mito nacional. Otras tribus fueron reasentadas en ciudades modelo gobernadas por clérigos o directores blancos que las obligaron a portar ropa, adoptar el cristianismo y casarse con sus colonizadores.

Una plantación de caucho en Brasil, alrededor de 1925
Una plantación de caucho en Brasil, alrededor de 1925Credit…Biblioteca del Congreso de Estados Unidos

Algunas tribus huyeron río arriba, solo para ser capturadas generaciones más tarde durante el auge del caucho. El Ministerio de Relaciones Exteriores británico envió a un inspector, sir Roger Casement —quien había investigado la brutalidad del rey Leopoldo II en el río Congo— para informar sobre las acusaciones de abuso laboral. Después de presenciar un sistema de cuotas de caucho que se basaba en la amputación progresiva, la tortura y la violación para estimular la producción, sir Roger usó un término inédito: “crímenes contra la humanidad”.

El colapso de la industria brasileña del caucho —después de que un inglés pasara de contrabando plántulas de caucho a Europa en 1876— logró frenar las atrocidades, pero no por mucho tiempo.

En la primera mitad del siglo XX, Brasil construyó carreteras, líneas de telégrafo, puertos y pistas de aterrizaje para integrar la selva tropical al resto del país, allanando el camino para “el orden y el progreso”. Hombres de la frontera como Cândido Rondon y los hermanos Villas Bôas lucharon para proteger a los indígenas, pero el Servicio de Protección al Indio de Brasil finalmente fue corrompido por burócratas y especuladores.

Orlando Villas Bôas, en el centro, viajó al interior del Amazonas en la década de 1960.
Orlando Villas Bôas, en el centro, viajó al interior del Amazonas en la década de 1960.Credit…Cortesía de Noel Villas Bôas

En la década de 1960, cuando se construyeron pistas de aterrizaje en la selva amazónica, algunos especuladores erradicaron tribus utilizando tácticas bélicas, atrayéndolas a los claros con azúcar y otros regalos y luego bombardeándolas con dinamita. Enterraron los cuerpos a lo largo del río mientras los acaparadores de tierras abrían camino hacia el interior.

Siempre que se suavizan estas historias de pestilencia y matanza, se borran las historias de resistencia indígena. Los brasileños glorifican la leyenda del jefe de Manau, Ajuricaba, quien eligió la muerte por encima de la esclavitud, pero la muerte no puede ser el único camino hacia la libertad indígena en la imaginación brasileña.

En las décadas de 1960 y 1970, las tribus se organizaron para preservar su tierra y su patrimonio con el apoyo de activistas y el clero del movimiento de la teología de la liberación. En la década de 1980, cuando las represas hidroeléctricas amenazaban el río Xingu, una mujer indígena, Tuira Kayapó, tocó con su machete la cara de un ingeniero hidroeléctrico, advirtiéndole a su compañía que debía abandonar el terreno.

Los derechos de los indígenas que habitan la selva tropical fueron garantizados en la Constitución brasileña de 1988 y la Amazonía fue consagrada como patrimonio nacional. Pero persistieron las violaciones. En la década de 1990, líderes como el chamán yanomami Davi Kopenawa viajaban por el mundo para advertir sobre los mineros salvajes que invadían el territorio de su tribu. Lo que más temía se hizo realidad en 1993, cuando una tribu yanomami, incluidos sus bebés y ancianos, fue masacrada por una banda de buscadores de oro. Los asesinos fueron condenados por genocidio.

El hecho de que casi un millón de indígenas brasileños hayan sobrevivido en la Amazonía es un testimonio de su resiliencia y de la inmensidad de la floresta. Hoy en día, las tribus combinan el ingenio tradicional con la tecnología moderna para defender su tierra, compartir sus historias y ayudar a grupos aislados a evitar la explotación y el derramamiento de sangre que les sucedió a sus antepasados. Incluso el Capitán Motosierra lo ha notado: “Los indios están evolucionando”, dijo Bolsonaro en enero. “Cada vez son más seres humanos como nosotros”.

Los brasileños de todo el espectro político crispan ante la posibilidad de que han administrado mal la mayor parte de su territorio mientras descuidan a las millones de personas que viven ahí. Cuando los incendios del año pasado provocaron la ira de los líderes e inversores internacionales, Bolsonaro dijo a un grupo de periodistas europeos: “La Amazonía es nuestra, no suya”, haciendo eco de una vieja sospecha en Brasil de que los extranjeros tienen los ojos puestos en la Amazonía.

Muchos señalan cómo Estados Unidos trató a sus pueblos indígenas y bosquesprimarios como evidencia de que los extranjeros deberían mantener la boca cerrada. “Que no venga ningún gringo a pedirnos que dejemos a un amazónico morir de hambre bajo la copa de un árbol”, dijo en la Cumbre Amazónica de 2009 Luiz Inácio Lula da Silva, el expresidente de Brasil y fundador del Partido de los Trabajadores.

“Que no venga ningún gringo a pedirnos que dejemos a un amazónico morir de hambre bajo la copa de un árbol”, dijo el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva.
“Que no venga ningún gringo a pedirnos que dejemos a un amazónico morir de hambre bajo la copa de un árbol”, dijo el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva.Credit…Mario Tama/Getty Images

Como ciudadano de Brasil y de Estados Unidos, he sido testigo de las fallas sociales, ambientales y económicas de ambos países y veo la Amazonía desde dos puntos de vista. La presión internacional a menudo ha obligado a los líderes brasileños a vivir de acuerdo con los ideales de su Constitución. La Amazonía es vital para la regulación del carbono de la Tierra y el suministro de agua dulce. Alberga al menos el 10 por ciento de la biodiversidad del planeta, y todos dependemos de su salud.

Pero eso no significa que la Amazonía sea de todos. Conciertos benéficos y dibujos animados dedicados a salvar la selva tropical reforzaron inadvertidamente las actitudes colonialistas hacia la Amazonía. Si bien esos esfuerzos conmovieron la conciencia del mundo, tendieron a incluir las personas con la flora y la fauna, retratando a las comunidades indígenas como especies de un pasado lejano que necesitaban ser protegidas, en lugar de seres humanos en tiempo presente con ambiciones para el futuro.

Tanto los capitalistas como los ambientalistas podrían querer resistirse, pero el futuro ya ha llegado a la selva tropical brasileña, y se parece mucho al pasado: caótico, injusto e insostenible.

En ciudades como Manaos, las élites disfrutan de las vistas del río al atardecer desde los apartamentos en edificios altos y comen sushi en centros comerciales con aire acondicionado. Una creciente clase media de brasileños, en su mayoría no indígenas, disfruta de los festivales de camiones de comida, los torneos de Texas Hold ‘Em y las cervecerías artesanales. Durante la Copa Mundial de la FIFA de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, vi a multitudes de fanáticos del fútbol internacional inundar los Ubers y Airbnbs.

La vida en Manaus
La vida en ManausCredit…Bruno Kelly/Reuters
La Arena da Amazonia en Manaus tardó cuatro años en construirse y se estimó que le costó al gobierno brasileño hasta 300 millones de dólares.
La Arena da Amazonia en Manaus tardó cuatro años en construirse y se estimó que le costó al gobierno brasileño hasta 300 millones de dólares.Credit…Felipe Dana/Associated Press

Pero si bien en algunos sectores de la población hay más lujos, los servicios esenciales como el transporte público, la seguridad y la atención médica son inexistentes o de pésima calidad. Las cárceles superpobladas suelen sufrir terribles disturbios mientras los funcionarios del gobierno negocian con los capos a cambio de votos en las zonas que estos controlan. Los residentes carecen de agua, salubridad y electricidad. Los barrios urbanos están dominados por narcotraficantes y policías deshonestos, mientras que las tribus del interior están amenazadas por mineros salvajes, petroleros y madereros. Dejan a su paso tocones de árboles, petróleo derramado, mercurio, sobrevivientes de violencia y agresión sexual, y patógenos como la influenza que son tan novedosos allí como el coronavirus.

Durante la pandemia, miles de personas en la Amazonía han muerto en sus viviendas por falta de capacidad en los hospitales. En su precipitada respuesta a la pandemia, los equipos de ayuda del gobierno pueden haber sido ellos mismos responsables de propagar el virus mientras se apresuraban a proporcionar pruebas y medicamentos no probados como la cloroquina a las tribus vulnerables.

Los caóticos resultados de este desarrollo a medias son muy visibles en Altamira, Pará, en el noreste. Ahí la represa hidroeléctrica de Belo Monte encendió sus primeras turbinas en 2016 a orillas del río Xingu.

La construcción de la presa fue una asociación público-privada, parte del admirable intento del presidente Da Silva de evocar una nueva historia de la Amazonía, una de desarrollo verde sostenible, ecoturismo e inclusión indígena.

Sin embargo, cuando se anunció la construcción de la represa, los líderes indígenas se apresuraron a organizarse contra ella, lo que demoró la construcción el tiempo suficiente para negociar concesiones ambientales y económicas del consorcio Norte Energia, que supervisaba el proyecto.

Algunas personas se manifestaron en contra de la construcción de la presa de Belo Monte.
Algunas personas se manifestaron en contra de la construcción de la presa de Belo Monte.Credit…Lunae Parracho/Reuters

En la práctica, esas evaluaciones sobre el impacto de la obra han sido una farsa. Y aunque Norte Energia dice que sus operaciones se basan en las mejores prácticas en lo que respecta a los derechos humanos y la responsabilidad ambiental, sus promesas de brindar asistencia financiera y de vivienda a los residentes indígenas han sacudido la región. Thaís Santi, un fiscal federal, acusó a Norte Energia de “etnocidio” en 2015 por integrar forzosamente a los indígenas a la sociedad moderna, a menudo enfrentando a las generaciones más jóvenes con sus mayores.

Cuando viajé a Altamira en abril de 2016, la ciudad había aumentado de 30.000 habitantes a más de 100.000 en unos pocos años. Los maestros habían dejado sus aulas para trabajar en la represa. En una comunidad acostumbrada a moverse a pie o en bicicleta, los hospitales se llenaron de peatones atropellados por automóviles. La orilla del río donde los niños jugaban fue arrasada para construir un paseo con un parque de patinaje donde niños sin patinetas se sientan en la estructura del medio tubo, mirando el lugar donde solían nadar.

Un conjunto habitacional para los desplazados por la construcción de la represa.
Un conjunto habitacional para los desplazados por la construcción de la represa.Credit…Andre Penner/Associated Press

Por todo el pueblo, las vallas publicitarias de Norte Energia prometían proyectos de construcción —parques, escuelas y hospitales— con fechas de finalización indefinidas.

La nueva Altamira se enorgullecía de su reputación como la “Ciudad deltrabajo”, aun cuando todos sus servicios básicos, desde la energía hasta el transporte, los parques y la seguridad pública, fueron subcontratados al consorcio. Las familias que habían vivido durante generaciones a la luz del fuego en el río Xingu se vieron obligadas a desplazarse a hogares suburbanos conectados a la electricidad de Norte Energia, que no podían pagar.

Hablé con un pescador que lamentó no haber visto el río en semanas y agregó: “Ahí me ​​despertaba todas las mañanas”.

Cuando hay una falta de liderazgo local, transparencia y una supervisión sólida, las asociaciones público-privadas como estas se convierten en bestias de dos cabezas: la burocracia kafkiana que trabaja al servicio de negocios rapaces. Pero un verdadero plan para el futuro de la Amazonía deberá inspirar tanto a los industriales como a los ambientalistas. Debe reconocer que la Amazonía es vital para el bien común mundial, pero también como el hogar de millones de brasileños con derecho a la soberanía y la autodeterminación.

El mito de la selva virgen ha perdurado porque es fácil de imaginar para los consumidores. Es más fácil recaudar fondos contra las excavadoras que derriban los bosques primarios que apoyar a los agricultores itinerantes que queman pastos para su esquelético ganado. Es más fácil pedir muebles certificados por el código forestal en Amazon que preguntarse cómo llegó a haber madera noble de la selva amazónica en la pasarela del Brooklyn Bridge. Es más fácil condenar a los empacadores de carne industriales que entender cómo la creciente clase media de China (y la guerra comercial con Estados Unidos) alimentan la demanda de carne de res y soja de la Amazonía. Es más fácil apoyar a un cacique con un tocado y un arco que unirse a los líderes indígenas con motos, teléfonos móviles y escopetas.

El desarrollo a trancas y barrancas —desde las ciudades modelo coloniales hasta el auge del caucho, la carretera Transamazónica y el Belo Monte— muestra cómo, a pesar de los desafíos de vivir en la selva tropical, o tal vez incluso gracias a ello, este lugar impresionante inspira grandes sueños. Y los grandes sueños son exactamente lo que necesita la Amazonía.

El río Pacajá en el estado de Pará.
El río Pacajá en el estado de Pará.Credit…Victor Moriyama para The New York Times

Si algo nos ha enseñado 2020 es que en momentos de crisis las ideas políticamente imposibles pueden llegar a ser posibles de la noche a la mañana. La COVID-19 impulsó a que la telemedicina, el aprendizaje a distancia y la renta básica universal dejaran de ser conceptos marginados. El apoyo global al movimiento Black Lives Matter despertó a millones de personas que empezaron a ver la historia y el futuro desde una nueva perspectiva. Los incendios forestales apocalípticos en la costa oeste de Estados Unidos están ardiendo junto con los incendios agrícolas en la Amazonía, lo que muestra cómo nuestro futuro climático está entrelazado.

Para resolver viejos problemas habrá que hacer nuevas preguntas. ¿Cómo podrían los drones y los vehículos autónomos reducir la cantidad de nuevas carreteras necesarias en la Amazonía? ¿Cómo podrían las constelaciones de satélites brindar educación y atención médica a aldeas remotas? ¿Cómo podrían ciudades como Manaos, Santarém y Belém convertirse en líderes internacionales en biotecnología, en lugar de ser centros de envío desde donde sale la mercancía?

Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, culpó de los incendios de la Amazonía a “campesinos e indios”.
Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, culpó de los incendios de la Amazonía a “campesinos e indios”.Credit…Carl De Souza/Agence France-Presse — Getty Images

Primero, el gobierno de Bolsonaro debe reconocer que la Amazonía se está urbanizando tan rápidamente como cualquier región del mundo. En lugar de alentar a las compañías a adentrarse más en el bosque, tendría que invertir en las ciudades existentes. En lugar de adjudicar contratos para más carreteras y cárceles privadas, debería construir escuelas, centros de tratamiento de agua y hospitales.

En segundo lugar, urge desescalar la guerra contra las drogas y volver a centrarse en la corrupción en los gobiernos estatales y locales. El narcotráfico es un problema, pero el problema más importante es que los capos brindan a las comunidades una sensación de seguridad, cohesión y propósito que no obtienen del estado.

En tercer lugar, aunque las exportaciones agrícolas de Brasil están en auge, los ganaderos dependen demasiado de los fertilizantes y pesticidas, la devastación de nuevas tierras y las prácticas laborales abusivas similares a la esclavitud. En lugar de instar a los agricultores a limpiar nuevos pastos, ayudarlos a criar rebaños más saludables en las tierras existentes.

Por último, un supuesto presidente de la ley y el orden como Bolsonaro debería redoblar, y no debilitar, las agencias que aseguran el cumplimiento de las leyes ambientales y los derechos indígenas. Restaurar el financiamiento a las agencias de protección ambiental e indígena de Brasil. Elaborar nuevos acuerdos de biotecnología que garanticen que se recolecten especies para ser estudiadas y analizadas en Brasil, por brasileños, para que la bioprospección del futuro no sea tan explotadora como la tala y la minería de oro ilegales de hoy.

Los consejos indígenas deben desempeñar un papel de liderazgo al determinar qué tierras y conocimientos son sagrados, qué se puede compartir con el mundo y cuál es la mejor manera de recuperar una parte justa de las recompensas. Con los recursos adecuados, podrían ser administradores ejemplares de la tierra, disminuyendo el riesgo de incendios, organizando equipos de aplicación de la ley para defender sus fronteras y enseñando al mundo el respeto por un bosque que los extraños suelen observar a través de satélites.

Por supuesto, todo esto supone que Jair Bolsonaro está gobernando racionalmente, para el bien de todos los brasileños. Como ha dejado en claro la pandemia de coronavirus, Bolsonaro, al igual que su homólogo en Estados Unidos, tiene la mirada puesta en el pasado, no en el futuro, y carece del temperamento y la autoridad moral como para dirigir un recorrido por el palacio presidencial, y mucho menos una democracia multirracial. Incluso los militares de la época dictatorial que tanto admira Bolsonaro se avergonzarían de su falta de estrategia en la región más vital de Brasil.

Las encuestas muestran que los brasileños atesoran la selva tropical y comprenden la amenaza de la crisis climática. Si el Capitán Motosierra continúa talando la Amazonía, la próxima generación de líderes brasileños talará su administración.

El Amazonas no es un río plácido, sino una vorágine de las preocupaciones más urgentes de nuestra era: el cambio climático, la salud pública y la justicia económica y ambiental. No es un remanso y sus habitantes no son atrasados. De hecho, están atravesando las versiones más extremas de los problemas más urgentes de nuestro planeta, luchando por sus vidas y las vidas de sus hijos.

Fecha de publicaciónoctubre 02, 2020

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