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La batalla de Cannas: la gran catástrofe de las legiones romanas a manos de mercenarios íberos y celtas

César Cervera

Todos los sacrificios de Aníbal dieron sus frutos el 2 de agosto del año 216 a.C. Su maniobra envolvente contra un ejército muy superior al suyo en número aún se estudia en las academias militares.

Grandes imperios exigen grandes enemigos. Pero ni Pirro de Epiro, el que diera nombre a las victorias «pírricas»; ni el exótico Mitrídates VI, víctima del gran Pompeyo; ni Vercingetorix, compatriota de Asterix y Obelix; ni el héroe de los esclavos, Espartaco… Ningún rival de la Antigua Roma estuvo a la altura de su leyenda. Ninguno estuvo verdaderamente cerca de hacer añicos la Ciudad Eterna, salvo en el caso de Aníbal Barca, el cartaginés que llevó la guerra al corazón de Italia.

El rayo de la guerra

Nacido en Cartago (al norte de Túnez), Aníbal Barca no tenía un nombre al azar, sino el recordatorio de que el mundo antiguo esperaba grandes cosas de él. Aníbal procedía de «Hanni-baʾal», «quien goza del favor de Baal»; y Barca de «barqä» («rayo», en lengua púnica). Hijo del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica, Aníbal se crió en el ambiente helenístico propio de Cartago, una vieja colonia fenicia que había evolucionado hasta convertirse en un potente imperio con presencia en la Península Ibérica. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, y que juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad.

Así lo empezó a hacer con la conquista en el año 219 a.C de Sagunto, ciudad española aliada de Roma, cuyo ataque precipitó una nueva guerra entre las dos grandes potencias mediterráneas, la República de Roma contra Cartago.

Busto de Aníbal
Busto de Aníbal

La respuesta de Roma fue inmediata: se preparó para llevar la guerra a África y a la Península Ibérica. Uno de los dos cónsules de ese año se dirigió a Sicilia a preparar un ataque sobre la propia Cartago, mientras el otro cónsul, Publio Cornelio Escipión (el padre de «El Africano»), se dirigió al encuentro de los hermanos Barca en la Península. No obstante, los planes de Aníbal iban más allá de combatir en España. Ante la sorpresa general, decidió invadir Roma a través de los Alpes, en parte obligado por la inferioridad naval y las dificultades financieras para armar una armada. Aníbal partió con un ejército compuesto por 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes, que fue incrementándose al principio del camino con tropas celtas y galas, que también se sumaron a la ofensiva contra Roma.

La travesía de Aníbal, que tuvo lugar en invierno, se desarrolló en quince días, pero el precio pagado en vidas humanas fue muy alto, ya que al llegar a la altura de Turín tan solo quedaban vivos 20.000 infantes, 6.000 jinetes y un elefante. Aníbal, además, perdió su ojo derecho a causa de una infección durante el dificultoso trayecto.

Cunde el pánico en Italia

La pérdida de hombres no restó calidad al ejército de Aníbal, que cayó con una fuerza de los elementos sobre la península. Su fuerza era, a esas alturas, una mezcla perfectamente calibrada de numerosos pueblos: númidas, libios, íberos, celtíberos, lusitanos, galos, ligures e italianos. El núcleo principal de oficiales llevaban años combatiendo con Aníbal, que era un hombre muy dotado para las tácticas, y sus tropas mercenarias eran famosas por su variedad. Frente a la superioridad táctica y tecnológica del enemigo, las legiones romanas, todavía muy primitivas en comparación con lo que llegarían a ser, fiaban sus opciones de éxito a la valentía individual y a la terquedad.El mayor ejército romano jamás levantado, en el que figuraba la flor y nata de la aristocracia romana, se vio las caras con Aníbal en la llanura de Cannas.

Los primeros encuentros en Italia mostraron que aquella fe romana servía de poco ante un ejército que fue aplastando uno a uno a los cónsules destinados a frenar al invasor. En el verano de 218 a.C los cartagineses atrajeron a una trampa a todo ejército romano, al mando del cónsul Flaminio, junto al lago Trasimeno, al que mataron en tres horas. 15.000 italianos quedaron muertos en el campo de batalla, entre los que se encontraba el propio Flaminio.

Frente al desastre, los romanos destruyeron los puentes sobre el Tíber y eligieron dictador al veterano Fabio Máximo, que evitó trabar batalla a base de una guerra de escaramuzas que condenó a Aníbal a vagar por el centro de la península sin más ocupación que estorbar el abastecimiento de Roma. Seis meses después de asumir el cargo, Fabio renunció al cargo de dictador con la satisfacción de haber cumplido. Había dado un respiro a su ciudad, pero al año siguiente Aníbal, que había mantenido a su ejército desesperadamente activo para alimentarse, volvió a la carga.

Todos los sacrificios de Aníbal y los años de espera dieron sus frutos el 2 de agosto del año 216 a.C. Narra el historiador Adrian Goldsworthy «En el nombre de Roma: Los hombres que forjaron el imperio» (Ariel) cómo en ese verano todos los intentos de frenar a Aníbal cayeron en saco roto, por decirlo con palabras suaves. Con la ciudad norteña de Cannas, gran depósito de víveres, amenazado por Aníbal, los cónsules Cayo Terencio Varrón y Paulo Emilio condujeron al lugar al mayor ejército levantado hasta entonces por Roma, unos 80.000 infantes y 6.000 jinetes, compuesto a partes iguales por ciudadanos romanos y aliados itálicos, con el objetivo de expulsar a cualquier precio al invasor.

Este ejército, en el que figuraba la flor y nata de la aristocracia romana, se vio las caras con Aníbal en la llanura de Cannas. El sol abrasaba las carnes romanas y el viento añadía confusión al campo, pero las desavenencias entre cónsules impidieron posponer la lucha…. Paulo Emilio, con mayor experiencia, era partidario de evitar una batalla en campo abierto, en la que la caballería cartaginesa tendría una gran ventaja, pero Varrón, sabiendo que su infantería duplicaba a la cartaginesa, era partidario de un ataque frontal y masivo. Finalmente esta fue la estrategia que se tomó el 2 de agosto, día en el que, por alternancia, le correspondía el mando a Varrón.

Siguiendo el estilo clásico, los romanos situaron al frente de su ejército a los vélites (una infantería ligera que lanzaba letales jabalinas) y de forma consecutiva otras líneas de infantería a cada cual más pesada y adiestrada. La caballería romana ocupaba el flanco derecho y la de los aliados itálicos, la izquierda.

Aníbal, en cambio, se inclinó por colocar en formación de media luna a los mercenarios íberos (los celtas combatían desnudos; los íberos, cubiertos con túnicas de lino de color púrpura), mientras en sus extremos iban situadas sus unidades de élite, la pesada infantería africana que aún luchaba al estilo de las falanges griegas. El flanco izquierdo estaba protegido por la caballería pesada, formada por jinetes íberos y galos al mando de Asdrúbal, mientras que la caballería ligera númida, dirigida por el comandante Maharbal, se ubicó en la derecha.

La estrategia de envolver al enemigo

Los vélites se batieron con los honderos baleáricos en los inicios del combate, pero no fue hasta la carga de los jinetes de Asdrúbal (no el hermano de Aníbal que se había quedado defendiendo Hispania) contra la caballería que dirigía Publio Emilio cuando empezó realmente la lucha. Ya entonces, con la caballería romana en fuga, las cosas se pusieron de parte de Aníbal. La situación no iba a parar de empeorar para los romanos…

La infantería romana cometió el error de internarse más y más en su choque contra la infantería rival. Pensaban que estaban poniendo en apuros al enemigo, sin sospechar que el genio cartaginés les había tendido una trampa. Cuanto más retrocedía la media luna, más se iba convirtiendo en una figura cóncava…

La heroica resistencia presentada por íberos y celtas a las legiones, que les duplicaban en número pero estaban limitados por el espacio estrecho, permitió que el plan de Aníbal llegara a buen puerto. La infantería mercenaria cedió el terreno, sí, como cabía esperar, pero lo hizo muy lentamente, de modo que las filas africanas pudieron organizar con tiempo y flexibilidad la trampa. Aníbal sabía lo importante que era esta posición para su estrategia, de ahí que fuera en persona a arengar a celtas e íberos y que se hiciera cargo de sus filas.

Aníbal cruzando los Alpes, pintura de William Turner.
Aníbal cruzando los Alpes, pintura de William Turner.

Tampoco fue mejor para los romanos el duelo entre la caballería númida del flanco derecho y la caballería de los aliados itálicos, mandados por el cónsul Varrón, que resistieron el choque hasta que fueron atacados por la espalda por los jinetes galos e íberos de Asdrúbal. Liberadas las alas de Cartago, Aníbal dio la orden de envolver con su infantería africana y con sus caballerías la estirada infantería romana. Amontonados en un espacio reducido y sin poder maniobrar, los romanos sufrieron una matanza espantosa a manos de la infantería de élite africana, que usaba las mismas armas que los romanos. Lo complicado del terreno, con el río y las colinas impidiendo una fuga limpia, sirvieron una de las mayores sangrías de la Antigüedad.

Aníbal venció a un ejército muy superior en número valiéndose de su dominio de las tácticas envolventes y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Con 50.000 romanos muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores… Roma entró en pánico. Con un ejército destruido por completo y otro situado a cierta distancia y sin caballería, parecía que nada podría frenar el avance del cartaginés.

Al borde del desastre

En los días siguientes a la batalla de Cannas, la República de Roma se colocó al borde de la destrucción y se preparó para lo peor. Contra todo pronóstico, el ataque de Aníbal nunca llegó. A modo de mito fundacional, la tradición romana cuenta que Barca se sintió intimidado frente a los muros de Roma y prefirió retirarse sin acabar con su presa. Nada más lejos de la realidad; si alguien tenía terror en ese momento eran los romanos, a los que solo les quedaba rezar por su suerte.

La clemencia de Escipión. Cuadro de Sebastiano Ricci en la Royal Art Colection de Londres.
La clemencia de Escipión. Cuadro de Sebastiano Ricci en la Royal Art Colection de Londres.

¿Por qué, entonces, el cartaginés no aprovechó para destruir Roma y evitar así que fuera su civilización la que años después asumiera el cetro del mundo conocido? Las explicaciones que han barajado tradicionalmente los historiadores van desde que Aníbal carecía de material de asedio a que Roma estaba mejor defendida de lo que pudiera parecer a simple vista, aparte de recordar que tras Cannas Aníbal no permaneció con los brazos cruzados. El general de Cartago aprovechó la debilidad romana para pactar con varias ciudades latinas un protectorado en el sur de Italia y en Sicilia.

Sin embargo, el dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Aníbal a una guerra de desgaste, lejos de sus puertos y sin refuerzos a mano, que no podía ganar. Los romanos podían aceptar las derrotas, pero jamás que éstas fueran definitivas. Un joven general que sobrevivió a Cannas, Escipión «El Africano», trasladó la guerra a Hispania y expulsó de allí a los africanos en pocos años. Sus esfuerzos obligaron a Aníbal a regresar a África y a abandonar para siempre Italia. Allí fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.

Fecha de publicaciónjulio 30, 2021

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