miércoles, 25 noviembre 2020
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La Paz, un hospital en lucha

Guillermo Abril

La Paz se ha convertido en un ‘hospital Covid’. Un centro madrileño dedicado casi al completo a la lucha contra el virus que tiene paralizado el mundo. Aquí se multiplican los espacios para urgencias y camas de críticos. Ya no hay especialistas, solo médicos. Todos a una para atender a los pacientes. En mitad de la crisis, pasamos tres días en este emblema de la sanidad pública.

Día 1

Juan José Ríos, director médico del hospital universitario La Paz, camina a buen ritmo por corredores laberínticos. “Está siendo duro, pero hay que mantener la moral alta”, dice. “Es como si cada día se cayeran tres aviones. Hemos llegado a tener 800 pacientes y más de 250 pendientes de ingreso en urgencias”. Ríos deja atrás una zona de consultas diarias, normalmente saturadas. No hay nadie. Están clausuradas. Otra zona de consultas se ha transformado en área de pruebas para empleados con sospecha de coronavirus. Se sientan a esperar personas con rostro demacrado que tosen de forma seca y repetida, un golpe de pecho reconocible y altamente contagioso.

La pandemia ha convertido al hospital mejor valorado de España, un emblema de la sanidad pública, en una inmensa maquinaria dedicada a la Covid-19. Hicieron planes, pero la realidad los hizo saltar por los aires. Comenzaron con un varón de 24 años ingresado el 25 de febrero: el primer positivo en Madrid. Ingresó en el hospital Carlos III (que forma parte de La Paz) y aquello parece que sucedió hace un siglo: hoy cerca del 90% del complejo hospitalario está dedicado al coronavirus. En palabras de Rafael Pérez Santamarina, el gerente del centro, “La Paz es un hospital en guerra”. Han transformado espacios. Sacado unidades de cuidados intensivos de “debajo de las piedras”. Pasado del sistema de guardias al sistema de turnos. Tirado metros y metros de tuberías de oxígeno (su consumo se ha multiplicado por siete). Celebran gabinetes de crisis cada mañana. Se toman decisiones al día. Y casi se podría decir que han desaparecido las especialidades: más de 30 servicios aportan doctores a la causa. “Ha sido una revolución”, define Ríos, el director médico. Y sigue caminando hasta llegar al “bloque quirúrgico”, donde quiere mostrar las salas de reanimación convertidas en unidades de críticos.

El pasillo es estrecho. Hay mesas con medicamentos y utensilios. Toca esquivar una zona de residuos. Pasa mucha gente. Unos con bolsas. Otros con caras de circunstancias. Agobia el ajetreo. Unas enfermeras desinfectan la salida de la UCI. Friegan el suelo. Y se rocían con un líquido rosado llamado Virkon que aquí está presente por todas partes: es un potente virucida que espolvorean como si fuese agua sobre las manos enguantadas, el traje, las máscaras, los zapatos. Este virus ha dejado a unos 750 sanitarios fuera de juego. Un 10% de la plantilla. Tras las enfermeras se ven las camas. Una docena de pacientes yacen sobre ellas, tumbados, inertes, rodeados de cables y tubos, conectados a máquinas de respiración asistida, con la vida colgando de un hilo. Se oye el pitido de su mecanismo. De pronto alguien grita: “¡Hay una parada!”. Un sanitario vuela por el pasillo y entra a la carrera en la sala de críticos. Siete personas se abalanzan sobre el paciente. Transcurren segundos de pánico.

“Le acaban de salvar la vida”, dice el director médico poco después. “En esta enfermedad, la gente empieza con poca clínica. Pero a los 7 o 10 días desarrollan neumonías que pueden ser muy graves y provocar una insuficiencia respiratoria”. Luego, Ríos guía de nuevo entre pasillos hasta unos quirófanos reconvertidos en una UCI. Como en los batallones de las películas bélicas, cada una de estas unidades transmite una filosofía distinta. Esta queda bajo el mando de un anestesista del hospital infantil, Luis Castro, que explica: “Estamos un poquito saturados. En cada quirófano hay tres pacientes con máquinas de ventilación mecánica pensadas para estar funcionando unas horas en los quirófanos”. Tienen a 11 pacientes críticos con neumonía bilateral severa. Algunos de ellos, que vemos tras el ojo de pez, se encuentran boca abajo. “Es una maniobra que mejora a los pacientes, la pronación”, explica el director médico. “Así consigues que partes del pulmón poco ventiladas mejoren la oxigenación”. Otro de los anestesistas muestra una máscara de buceo que han empezado a probar con algunos enfermos. El equipo de talleres ha estado trabajando en su adaptación. “Aquí todo el mundo aporta”, dice. No hay tiempo para más: el director médico enfila ya hacia otro rincón del hospital mientas reflexiona: “Hemos reconvertido veintitantas plantas. Y todas llenas de gente con neumonía…”. De camino, surca una galería donde se acumula el material sacado de los quirófanos. Mientras una enfermera rebusca en unos cajones con medicamentos, fuera una niebla emana de los inmensos tanques de oxígeno. “El consumo es bestial”, dice el director médico. Los pulmones de La Paz, funcionando a todo trapo.

Poco después alcanzamos la unidad de cuidados intensivos. La original. La que ya existía antes de la pandemia. Eva Flores, intensivista de 49 años, muestra el rostro extenuado en la entrada de una sala repleta de personas intubadas. Acaba de fallecer una paciente embarazada. “¿Cómo estamos? Mal. Con muchísimos problemas de camas. Valorando unos 50 pacientes al día…”. Juan Carlos Figueira, de 53 años, jefe de sección de medicina intensiva, añade en la sala de facultativos: “Tenemos mucho trabajo. Parece ser que ya hemos pasado la fase de pico. En urgencias se ha notado una mejoría esta semana”. El cubículo acristalado tiene vistas a la UCI. Mientras habla, un paciente entra en parada cardiorrespiratoria. “Esperamos que lo de urgencias sea una tendencia”, prosigue. “Y que se refleje en los pacientes críticos. La Paz ha hecho un esfuerzo descomunal. Tenemos ahora 149 camas de críticos”. Ahí fuera logran reanimar al paciente en parada y una enfermera deja la estancia emocionada.

El servicio de microbiología analiza unas 500 o 600 muestras diarias, aunque han tenido picos de 770. Se encuentra tras una puerta en la que se advierte: “Atención. Riesgo biológico”. Su responsable, Julio García, lo llama “la sala de máquinas”. Es portador de buenas noticias: “Ha habido momentos en que todas las muestras que venían de urgencias eran positivas”, dice. Pero hoy, que es 1 de abril, detectan en torno a un 40% menos de positivos que hace 10 días.

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Fecha de publicaciónabril 22, 2076

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