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La yihad amenaza a Europa, no solo a Francia, estúpido

Esteban González Pons

Me apena que sea solo Francia quien se sienta bajo amenaza yihadista, porque si se trata de defender nuestros valores constitucionales, debería ser toda Europa la que se sintiera concernida

El yihadismo es una ideología, no una religión, una ideología totalitaria y fanática. Los yihadistas son a los musulmanes lo que la quema de brujas y herejes a los cristianos. Si hoy a un católico se le ocurriera asesinar a un hereje, me da igual si a cuchillo o atropellándolo con el coche, mi respuesta inmediata sería: no en mi nombre. Confundir a los yihadistas con los musulmanes es tan inaceptable como confundir la Inquisición con los católicos, por eso no comprendo la campaña emprendida por algunos jefes de Estado musulmanes contra Emmanuel Macron, dándose por aludidos cuando el presidente de la República francesa ataca a los yihadistas, mas no al islam.

Bueno, para empezar, no entiendo que todavía existan jefes de Estado musulmanes o Estados musulmanes. Tampoco sería racional que fueran católicos, judíos o budistas, quiero aclarar. Cuando se mezclan la religión y la política, siempre se derrama sangre. El laicismo es una característica esencial de la democracia: significa neutralidad religiosa del Estado, desde luego, pero además la existencia compartida de unos valores civiles ajenos a toda religión. Lo digo porque a veces solo propugnamos lo primero y nos olvidamos de que el laicismo también es defender con todas nuestras fuerzas idénticas oportunidades en las aulas, igualdad radical entre hombres y mujeres, dignidad de la homosexualidad o el derecho a burlarse de Dios, por ejemplo.

Ser laicos implica alejar a los curas de la gestión de los asuntos públicos, eso es lo fácil, aunque también consiste en afirmar, como afirma Macron, que existe un “separatismo” religioso promovido por quienes en Europa se encapsulan en comunidades que mantienen discretamente costumbres contrarias a nuestros principios democráticos e igualitarios o promueven la educación de las mujeres en el hogar, en privado y en penumbra, y que todas las asociaciones deberían firmar un contrato con el Estado en que se comprometan a respetar “los valores de la República” antes de recibir subvenciones. Sí, también es decir algunas obviedades que la mayoría calla por miedo a ser señalada como fóbica o fascista. La Iglesia católica es la única confesión de la que nos atrevemos a hablar sin pelos en la lengua, y eso no es libertad de expresión. No lo es.

Algunos dirán que lo que escribo es discriminatorio porque no someto al mismo escrutinio a curas y rabinos que a imanes. A esos progresistas, les responderé que, de momento y que se sepa, desde ninguna iglesia o sinagoga se ha animado a matar musulmanes.

Los asesinatos del profesor Paty por enseñar las dichosas caricaturas de Alá en clase para explicar la libertad de expresión y de tres feligreses en la catedral de Notre-Dame de Niza por acudir a rezar a su Dios cristiano no hacen sino confirmar que Francia se encuentra una vez más en el punto de mira del terrorismo islámico.

Me apena que sea solo Francia y no toda Europa quien se sienta bajo amenaza yihadista, porque si se trata de defender nuestros valores constitucionales —la libertad de expresión, la libertad de cátedra, la no discriminación por sexo u orientación sexual, el derecho a recibir una educación que haga real y efectiva la igualdad de oportunidades o el mero derecho a vivir cada uno como quiera…—, debería ser toda Europa la que se sintiera concernida. Promover sanciones unidos contra los gobiernos polaco o húngaro por quebrar el Estado de derecho no sirve para nada si no defendemos, también unidos, sumados quiero decir, ese mismo Estado de derecho frente a los ataques que vienen del exterior. O que vienen de un exterior que, como un tumor, llevamos en nuestro interior: el separatismo religioso del que habla Macron.

Y digo esto porque, últimamente, he escuchado una cantidad ingente de estupideces, cada cual más ominosa, cada cual más aberrante, que resumen esta macabra sucesión de asesinatos en una sola conclusión: la culpa es de Macron.

Hay muchas cosas que me separan políticamente de Emmanuel Macron, pero ante este ataque descabellado que está recibiendo, bajo el silencio intelectual de Europa, por parte de algunos líderes musulmanes y otros, que no son ni líderes ni musulmanes, aunque se erijan en jefes de Estado por la gracia, no de Alá, sino de las armas y la violencia, tengan a buen seguro que sé muy bien en qué bando posicionarme.

Lo primero que es preciso aclarar es que los ataques de Erdogan a Macron, cuestionando incluso su salud mental, no son una salida de pata de banco fruto de un calentón. Se trata de una acción premeditada y estudiada al milímetro, que busca, por un lado, desviar la atención de los turcos hacia otros problemas que no sean los domésticos y, por otro, presentarse a sí mismo ante el mundo suní como líder de los musulmanes (no olvidemos que la mayoría de los musulmanes, entre un 86% y un 90%, son de la rama suní, la más tradicional y ortodoxa del islam). Lo mismo que intentó y no consiguió reconvirtiendo Santa Sofía en mezquita.

Además, no debemos olvidar que Francia y Turquía llevan ya meses de enfrentamiento en aguas del Mediterráneo, donde la armada gala ha tenido que parar los pies a los navíos turcos en su intento por delimitar nuevas aguas territoriales, y los derechos de explotación petrolífera y gasística que conllevan.

En esta confrontación verbal, creo que se debe distinguir entre quienes se meten por rédito político, como el turco Erdogan, el egipcio Al Sisi o el iraní Rohani, verbigracia, los tres con un horrible historial de falta de respeto a las libertades y los derechos de sus propios pueblos y sin problema para cambiar de bando según sea su interés particular, y la miríada de líderes religiosos y espirituales repartidos por toda Europa, sin noticia alguna para las autoridades laicas, instruyendo a sus comunidades para sentirse debidamente ofendidas y humilladas. Los primeros constituyen el ruido de fondo del asunto; los segundos, un problema que, si no nos atrevemos a afrontar sin prejuicios ni complejos, más pronto que tarde acabará haciéndonos sufrir más aún de lo que ya hemos pasado.

Los incidentes ocurridos en los últimos años demuestran la urgente necesidad de actuar contra el terrorismo en todas sus facetas y en todos sus frentes. También en internet, que se ha convertido en un granero de jóvenes dispuestos a suicidarse por la yihad. Es cierto que las grandes plataformas en línea han redoblado sus esfuerzos, pero las medidas voluntarias por sí solas no son suficientes para abordar el problema.

Desde 2018, está sobre la mesa de la Unión Europea una propuesta de la Comisión para abordar la difusión de contenido terrorista en línea. Más de dos años después, esta legislación sigue bloqueada por la incapacidad del Parlamento y del Consejo de llegar a un acuerdo. Un bloqueo del que son responsables algunos grupos políticos que, situados en extremos opuestos de la balanza —los socialistas, por una parte, y los nacionalistas de derecha, Vox incluido, por otra—, no dan su brazo a torcer, impidiendo la aprobación de un reglamento vital para luchar contra el terrorismo en internet.

Miren, si de algo debemos sentirnos orgullosos en nuestra sociedad europea, y eso que nos ha costado siglos de torturas y autos de fe, es de que cada uno le rece al Dios que quiera o no le rece a ninguno, sin que se acepte discriminación por ello. De que nadie, absolutamente nadie, esté libre de ser caricaturizado, ni Mahoma, ni Jesucristo ni el Dios de los judíos. ‘Charlie Hebdo’ y ‘La vida de Brian’ son expresiones de la misma libertad de expresión, no puede ofender una y la otra no, y tampoco podemos prohibir ambas. Prefiero 100 ofensas en la prensa libre que una sola línea de censura.

Dicho lo cual, permítanme que advierta también contra aquellos que usan la libertad de expresión solo en beneficio propio, para hacernos creer que esto es una guerra de religiones e incitar con ello una caza al musulmán como los nazis hicieron con la caza al judío. Justamente lo que los terroristas están buscando. Como con las banderas y los nacionalismos, los radicales se encuentran en todos los lados.

En este contexto, a quien más debemos proteger es a esos millones de ciudadanos europeos que trabajan duro cada día, que pagan sus impuestos, que mandan a sus hijos a escuelas públicas y que cualquier día o cualquier noche pueden verse señalados con el dedo por llamarse Hussein o por rezar a Alá. El islam es una religión hermosa y liberadora del ser humano. Yo mismo, si hubiera nacido en otro barrio, sería musulmán en el mismo sentido en que soy católico y seguiría pensando como pienso sobre la libertad de culto.

Sé perfectamente que la política española está como siempre a sus cosas, cada vez más alejadas del mundo real, a por uvas, pero déjenme que yo al menos, en mi propio nombre, tome partido en este conflicto que va a ser uno de los próximos 100 años y diga que me identifico con Macron cuando mantiene que, si los extremistas enseñan que las mujeres no son iguales que los hombres o que las niñas no deben tener los mismos derechos que los niños, pues “te lo digo muy claro: no en nuestra casa”.

Fecha de publicaciónnoviembre 03, 2020

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