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Los valores militares y el bushido

Federico Aznar Fernández-Montesinos

“Si os rompen la espada, pelead con las manos, si os cortan las manos, empujad y derribad con el hombro y, si os cortan los hombros arrancad con la boca los cuellos de diez o quince enemigos “ Hagakure El Hagakure es una obra literaria japonesa del samurái Yamamoto Tsunetomo fechada entre 1710 y 1717, inspirada en el código Bushido

El bushido es una “etnomentalidad” que, por más que haya adquirido hasta un significado mítico, lejos de permanecer inalterada,  ha experimentado todo un proceso de transformación a lo largo de la Historia. Durante el periodo Tokugawa (entre 1603 y 1868) se reformuló de nuevo con un mayor énfasis en la formación integral y, especialmente, en las dimensiones espirituales de la personalidad, aunque en detrimento de la gestión de la violencia pues el país se encontraba en paz. El bushido no fue la cultura de la sociedad japonesa de entonces, sino la propia de un grupo militar; y menos aún lo es de la sociedad actual, por más que, como ideal, haya contribuido a ella y hasta se mantenga de alguna forma como el alma de Japón.

Lo mismo ha pasado con los valores militares en Occidente, así por ejemplo, el desiderátum de Calderón de la Barca después de casi cuatro siglos, sigue contribuyendo a su clara representación hoy en día.

 “Este ejército que ves vago al hielo y al calor, la república mejor y más política es, del mundo, que nadie espere ser preferido pueda, por la nobleza que hereda, sino por la que él adquiere;  Porque aquí a la sangre excede el lugar que uno se hace y sin mirar donde nace, se mira cómo procede. Aquí la necesidad no es infamia; y si es honrado, pobre y desnudo un soldado, tiene mejor cualidad  que el más galán y lucido;  Porque aquí a lo que sospecho no adorna el vestido al pecho, que el pecho adorna al vestido.  Y así, de modestia llenos, a los más viejos  verás, tratando de ser lo más y de aparentar lo menos. Aquí la más principal hazaña es obedecer, y el modo cómo ha de ser es ni pedir ni rehusar. Aquí, en fin, la cortesía, el buen trato, la verdad, la firmeza, la lealtad, el honor, la bizarría, el crédito, la opinión, la constancia, la paciencia, la humildad y la obediencia, fama, honor y vida son caudal de pobres soldados, que en buena o mala fortuna, la milicia no es más que una religión de hombres honrados.” P. Calderón de la Barca, Comedia famosa. 

Para vencer a amor, querer vencerle, Valencia 1650

Todos los valores y actitudes representados por el bushido se encuentran expresados en el texto de Calderón porque obedecen a un ideal que, para mayor abundamiento y en tanto que tal, resulta trasponible como aspiración a toda la sociedad. 

Los valores preconizados por el bushido son así comunes a las Fuerzas Armadas: honor, lealtad, rectitud, valor, benevolencia, cortesía, honestidad. Estos a su vez generan unas actitudes que también lo son: imperturbabilidad, laconismo, inmediatez, previsión, paciencia, autodominio… por más que en el bushido se vaya más allá, y se llegue incluso a la obsesión. Si bien en los comportamientos, como el referido a la muerte, son sensiblemente diferentes por cuestiones de signo religioso y cultural que median en su aplicación y no por una problemática de valores.

La instrumentación de la propia muerte, con toda su vistosidad y efectismo,  es una cuestión metodológica que no tiene que ver ni con valores ni con actitudes sino con comportamientos que, sin embargo, en Occidente no caben por contravenirse principios religiosos de nuestra cultura.

De hecho, y pese a su enorme visibilidad y centralidad práctica, la muerte – muestra extrema de voluntad y ejemplaridad- , es un elemento periférico por más que capital en tanto que factor de legitimidad, así como por la consistencia y eficacia con que su lógica dota a las acciones. El bushido desplaza los valores y, en la práctica, se centra en la muerte, haciendo que afrontarla exitosamente sea una cuestión de la máxima trascendencia. El bushido es la muerte.

La idea de ser invulnerable por encontrarse ya muerto, asociada a la lealtad como elemento de trascendencia y justificación, incide tanto en la acometividad como en la eficacia de la acción. Y es que la acción samurái es más eficaz incluso que el Shinimonoguri, la lucha por la propia supervivencia, pues esta es llevada a cabo con la fuerza del apasionamiento. Sin embargo, al samurái se le demanda exactamente lo contrario, racionalidad en la decisión y desapasionamiento en la ejecución. Una racionalidad que debe ceñirse al logro de los objetivos propuestos y desarrollarse, además, con suma ejemplaridad, trascendiendo de la vida del ejecutante. Esta no es un elemento a considerar en el proceso de la decisión. Por eso la vida del samurái cultiva el autodominio y enfrenta la muerte sin apasionamiento ni temor.

Muy pocos somos los que escogemos causas para morir, la mayoría  morimos sin una causa, cuando menos lo esperamos, por sorpresa, a la fuerza, sin quererlo. La flor del cerezo queda al albur del viento, pero el samurái no, el samurai elige.

Para el escritor Yukio Mishima, influenciado por el Hagakure, “lo importante es el acto y no su razón. Es mejor designar para la muerte no una causa sino una forma. Por eso escogió una muerte sin causa, por eso se hizo el harakiri” en 1970. También el pensamiento de Millán-Astray en su apócrifa contestación en el supuesto incidente con Unamuno – “muera la inteligencia, viva la muerte” – encontraría amparo en el Hagakure. Esta obra considera que, llegado a un punto, se debía suspender el juicio racional y entregarse al “frenesí de la muerte”.

El suicidio como forma de resolver las contradicciones que se acumulan en el ethos samurái viene a ser una muestra definitiva de autonomía moral y ejemplaridad pública, una ratificación de su honor y del carácter puro y virtuoso de su proceder.

El bushido, que no se puede desentrañar del entorno cultural del que surge, como también lo es el estilo militar occidental, es una forma integral de vida. Es un camino, una práctica, que se fundamenta en la internalización de valores a través de largos procesos de endoculturación y de su práctica hasta obsesiva, como hemos dicho, en todos los aspectos. Es algo más que una doctrina o una moral. No queda definido por una serie de virtudes o patrones de comportamiento de aplicación lineal, sino que es mucho más que eso. Reclama una aproximación práctica, omnicomprensiva y étnica.

Y es que el bushido aúna simultáneamente equilibrio y obsesión en un continuo repensar y repensarse. El honor samurái no viene concedido de fuera, sino que surge de dentro, de la propia identidad, y tiene en ella su principal juez por más que este haya de responder ante su comunidad por sus actos. Así vista, es una “postura interna” y una fuente de individualización que le confiere una suerte de individualismo honorífico en una cultura de signo comunitarista. El honor le va a permitir escapar legítimamente de cualquier norma y, aun, de su propio grupo de control, aunque no de sí mismo.

El bushido es así más propio de un guerrero que de un soldado porque los márgenes de actuación con que cuenta, tanto legales como consolidados a través de la costumbre, son mucho más amplios en términos de disciplina. 

El bushidō, “el camino del guerrero”, el código ético estricto y particular al que muchos samuráis entregaban sus vidas. Bushido, guerrero, samurai, es decir, honor, lealtad y ejemplaridad.

Fecha de publicaciónAño 2019

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