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Museo Militar de La Coruña

Coronel de Artillería (R)

julio 10, 2011 - 2311 visitas

Amigo visitante: Este es el soldado español; austero, modesto y valiente; cumplidor con su deber en todos los tiempos con honor y sacrificio; llevando a su Patria en el alma, y en el corazón el cariño de su pueblo.

Los inconvenientes producidos en la estructura militar por los cierres y disoluciones a que obligaron los sucesivos planes de reorganización del Ejército, tuvieron una afortunada contrapartida. En la que fuera Jefatura de Artillería de Galicia, y con las colecciones de armas y maquetas del Parque de Artillería, se dispuso en La Coruña de las instalaciones y los fondos iniciales, como germen de un hermoso Museo Militar, ubicado en un recoleto rincón de la Ciudad Vieja coruñesa.

Sobre ellos; la actividad emprendedora de un oficial de Artillería, doctor en Historia, el Teniente Coronel Leoncio Verdera, y el apoyo decidido de los sucesivos Mandos Regionales, fueron estructurando y recopilando los fondos testimoniales de la historia de todas las Unidades Militares desaparecidas, hasta conseguir inaugurar un museo, modélico en su género, en el año 1992.

Desde el principio sintieron el calor de la sociedad coruñesa, y el apoyo decidido de su Ayuntamiento, cuyo Alcalde, Francisco Vázquez, ya había dejado escrito en el Libro de Honor del Parque y Maestranza de Artillería en 1985:

<…mi deseo e ilusión es que esta colección sea el embrión de un museo que refleje la Historia Militar y sirva a todos los ciudadanos, y sobre todo a la juventud, para conocer su propia realidad.>

Aquél compromiso inicial de la corporación Municipal se vería enriquecido con un Convenio de Cooperación con el Ministerio de Defensa, por el que el Ayuntamiento coruñés asumió la mayoría de los gastos originados por una ampliación que duplicó su capacidad y lo convirtió en un moderno centro de titularidad estatal.

Por eso la placa inaugural descubierta el 27 de marzo de 2009 sentenciaba, “Populus cruniensis fecit”, significando que aquél Museo Histórico Militar surgió del cariño de un pueblo.

Curiosamente, al excavar el sótano de aquellas obras de ampliación, aparecieron las ruinas del patio del Convento de San Francisco, coetáneo de la aneja torre franciscana del siglo XIV, que enriquecieron la museografía como testigo privilegiado del paso de reyes y soldados durante más de seis siglos de la vida local. En él se escribieron páginas memorables de nuestra historia, como aquellas Cortes que consiguieron los fondos para que el Rey Carlos I pudiese viajar hasta Alemania, para ser coronado Emperador.

Recorrido por las instalaciones

En la plaza de Carlos I, que forma conjunto arquitectónico con la Iglesia de la Orden Tercera; ya nos recibe un cañón alemán de calibre 88/56 que, junto a un cañón de costa Vickers de 152,4/50, situado en los jardines circundantes, y otros cañones emplazados en el zaguán, nos transmiten, con su elocuente testimonio, recuerdos de un pasado de ataques y defensas de nuestras costas, en una lucha permanente por la supervivencia.

Al principio, la defensa rugía en el ánima de aquellos cañones de avancarga que, desde el siglo XVI, protegían el entorno estratégico de las bases navales y puertos de las Rías Altas cruzando sus fuegos desde los castillos  costeros.

La Coruña, tierra de poniente, como una garita frente al mar, no puede olvidar su privilegiado emplazamiento al final del camino y frente al infinito misterio del océano, por donde se abrió España al mundo y llegaron otros continentes.

Aquí, el término “disuasión” surgió espontáneo de la necesidad de protegerse de los “nublados” de velas enemigas, y la presencia de centinelas y cañones en las murallas eran tan vitales como los faros en la negra noche del “finis terreae”.

Unos puertos abiertos al mundo, que fueron bases de partida para aventuras europeas y ultramarinas, o brazos abiertos y abrigo amoroso de retornados tras la adversidad. Crisol de civilizaciones que le imprimieron un estilo propio inconfundible, abierto a todas las culturas.

Más tarde, y en un pasado tan cercano que aún permanece alguno artillado en el inmediato Monte de San Pedro, otros cañones de grueso calibre constituyeron un modélico despliegue defensivo costero durante todo el siglo pasado, que fue testimonio vivo de que la eterna vigilancia de nuestras costas, fue el precio de la libertad.

En el zaguán se aprecian elementos de la maquinaria del cierre, proyectiles y calculadores del tiro de aquellos colosos Vickers de 381/45 de calibre, capaces de lanzar un proyectil de más de ochocientos kilos hasta treinta y cinco kilómetros de distancia.

Junto a ellos, unos cañones de campaña Krup de finales del siglo XIX, suscitan evocaciones de las campañas de Cuba, Filipinas y África, mientras que la maquinaria del reloj de Capitanía, que marcó el pulso de la ciudad vieja coruñesa durante doscientos años, nos recuerda que aquí estuvo la sede de la Capitanía más antigua de España.

Revestido de oro, para admiración de los más jóvenes, son recibidos en la parte nueva del zaguán por Diego del Barco, un Brigadier coruñés de la Guerra de la Independencia que, tras participar en 22 batallas desde Medina de Rioseco al Bidasoa, murió reconquistando Santoña y Laredo, cuando ya la guerra terminaba. Ignorado durante doscientos años, como tantos héroes, ha sido devuelto a la memoria de los coruñeses por este museo, y ya tiene su reproducción en bronce en los aledaños jardines de la Real Maestranza.

Se da la ingrata circunstancia, de que hasta ahora, en La Coruña tan sólo se honraba la memoria de un General británico, Sir John Moore, que murió protegiendo su retirada en la Batalla de Elviña; y cuya tumba disfruta de un importante cenotafio en el cercano jardín de San Carlos; mientras se olvidaba injustamente a tantos heroicos españoles de aquella epopeya.

Como contextualización de la época, y en honor a las conmemoraciones del segundo centenario, recibe al visitante una exposición temporal que, por medio de planos, croquis murales, dioramas, maquetas y expositores; completan una muestra didáctica sobre la Guerra de la Independencia.

Accediendo a la que fuera Jefatura de Artillería de Galicia, cualquiera que venga con ideas preconcebidas sobre un museo de la guerra, se sorprende con una variada representación de juguetes, cerámicas y maquetas, junto a un guión de la Agrupación Táctica Galicia en Bosnia, en homenaje al soldado contemporáneo que cumple sus misiones de seguridad lejos de nuestras fronteras.

La escalera principal, de noble trazado y mármol rosado, nos recuerda su origen artillero, con el historial de las Unidades de Artillería de Galicia, el lema de los artilleros: “Marchemos siempre unidos” y, en el techo, una hermosa vidriera con el escudo del Arma.

La Sala de Armas, presenta unas colecciones de armas blancas y de fuego, que nos permiten efectuar un recorrido por su historia, desde la mecha a la chispa y el pistón, con especial interés en los fondos de los siglos XVIII, XIX y XX.

Está presidida, junto a la imagen de Santa Bárbara, patrona de Artilleros e Ingenieros de Armamento, por las Banderas Nacionales pertenecientes a los regimientos disueltos, lo que permite un análisis de las modificaciones que, tanto las Banderas como los Estandartes sufrieron en el transcurso del tiempo, cambiando colores o escudos en función de los avatares de la política.

Merecen distinguirse, por su antigüedad y buen estado de conservación, unas banderas de la Guerra de la Independencia, pertenecientes al Cuarto Regimiento de Artillería de La Coruña, y a los Batallones de Milicias Provinciales de Santiago y Coruña.

Al pie se encuentra emplazada una original batería de seis cañones; “La Batería Solfa, o Musical”, que debe su nombre a la denominación de las piezas con las notas del pentagrama y que, tras fabricarse en Sevilla, tuvieron su bautismo de fuego en la Guerra de África de 1859/60, desde donde fueron a Cuba, y en la repatriación de 1898 vinieron al Parque y Maestranza de La Coruña.

Completan la Sala de Armas, una buena colección de pistolas y revólveres, así como carabinas, fusiles y ametralladoras, de todos los tipos y procedencias, que permiten efectuar el recorrido del desarrollo de las armas de fuego.

Merece especial mención, un armero de caoba con una buena colección de tercerolas y fusiles del siglo XIX, todos diferentes, que permiten seguir la evolución de la chispa al pistón en los mecanismos de las llaves de fuego.

En esta sala, se muestra una importante donación de los hermanos Salorio Ozores, consistente en un gran número de armas blancas nacionales y filipinas, armas de fuego de todo tipo, libros, documentos, retratos, uniformes y gorros de distintas épocas; así como una buena colección de condecoraciones; todo ello perteneciente a la familia Ozores en cuyo seno destacan gran cantidad de militares ilustres y héroes, así como seis generaciones del marquesado de San Martín de Ombreiro.

La Sala María Pita, además del retrato de la heroína frente al asedio del corsario inglés Drake, en tiempos de Felipe II; recoge una variada colección de testimonios militares, como uniformes, condecoraciones, utensilios y material de transmisiones; recuerdos del Ejército, en especial de las fuerzas expedicionarias en las Campañas de África.

Tienen gran valor testimonial unas maquetas de la escuela de aprendices de la Maestranza de Artillería donde se fabricaron durante siglos las herramientas para garantizar la seguridad nacional; y donde, desde el siglo XIX, muchos jóvenes coruñeses adquirieron una profesión.

La sala, presidida por una imagen de la Inmaculada Concepción, Patrona del Arma de Infantería, también muestra Banderas pertenecientes a Unidades disueltas.

Son banderas heroicas que lucen en sus corbatas las máximas condecoraciones, como la Cruz Laureada de San Fernando o la Medalla Militar; y que un día fueron entregadas a algún Regimiento, por el Ayuntamiento de su ubicación, para ser defendidas en nombre de todos los ciudadanos. Tienen la particularidad sobre cualquiera otra, de que esconden en sus pliegues millones de besos de soldados que juraron defenderla.

Especialmente emotiva resulta una bandera pequeña, vieja, y rota que perteneció al “Castillo de Olite”, un barco que, a punto de terminar la última guerra civil transportaba tropas del Ejército Nacional destinadas a ayudar al levantamiento final de las provincias del levante. En Cartagena, una de las baterías de costa, en poder del Ejército Republicano, le acertó con sus fuegos hasta hundirlo, y murieron 1.200 soldados gallegos en las aguas de Escombreras.

La sala de Uniformes reúne una variada colección de uniformes, prendas de cabeza, y condecoraciones de diferentes épocas, que permiten seguir la evolución de los mismos con el tiempo

Las prendas filipinas, los rayadillos, las chilabas y hasta una silla de montar en camello; nos recuerdan los tiempos de ultramar, que encierran el sacrificio de muchos jóvenes españoles que supieron cumplir con su deber y se quedaron para siempre en lejanas tierras, víctimas de enfermedades, en la mayoría de los casos.

La Sala Laboratorio muestra el material del laboratorio de pólvoras del Parque y Maestranza de Artillería coruñés, que en su tiempo constituyó tecnología punta en el estudio y análisis de pólvoras y explosivos; así como una completa colección de granadas y proyectiles; gran parte seccionados, que permiten de forma muy didáctica, su conocimiento y estudio.

La Sala de Maquetas está presidida por una gran maqueta de la “Batalla de La Coruña” o “De Elviña”, que supone un enorme atractivo para los visitantes británicos y que permite un análisis de la uniformología, las tácticas de la época y el ambiente en que se desarrolló aquella batalla que se adjudicaron ambos bandos contendiente: británico y francés, sin que ninguno de ellos resultase derrotado.

La sala muestra una colección de reproducciones de la Torre de Hércules en sus diferentes épocas, así como las maquetas de todos los castillos que defendieron la Ría de La Coruña desde el siglo XVI.

Completan el entorno, la maquinaria del reloj y las campanas que pertenecieron al Castillo de La Palma, situado a la entrada de la Ría del Ferrol, así como bargueños, arcones y sillones decimonónicos, que suscitan la reflexión de que en la antigüedad los muebles se hacían para que duraran siempre; como un arcón destinado al almacenaje de la cebada de los caballos, que bien valdría para guardar un ajuar de novia.

Son las maquetas de fuertes y castillos, así como sus relojes y campanas, un privilegiado testimonio de las defensas costeras durante siglos, mientras que dioramas y miniaturas, nos ayudan, de forma didáctica, a familiarizarnos con los materiales, utensilios y modos de actuar de los soldados a lo largo de la historia.

También el Ejército del Aire, tiene su participación con los aviones de aquellos aventureros de los primeros vuelos transoceánicos que, como el ejemplo del “Plus Ultra”, dejaron testimonio mundial del alto nivel tecnológico y del prestigio internacional de aquellos militares ilustrados españoles de principios del siglo XX.

Tal es el caso del ferrolano Iglesias Brage que unía a su hazaña del vuelo desde Sevilla a Bahía con el  “Jesús del Gran Poder”, sus investigaciones etnográficas en el Alto amazonas y hasta su designación como representante español en el litigio sudamericano sobre el reino de Leticia

El museo coruñés tiene la fortuna de contar con la cooperación altruista de un magnífico maquetista aéreo: D. Eduardo Ríos Massa que, a sus 87 años trabaja a destajo, con la única finalidad de dejar para la posteridad las mejores maquetas de aquellos prototipos que significaron avances importantes y gestas memorables de la aviación.

También se puede admirar una curiosa máquina denominada “Caballero de Arcy” que servía para medir y probar los retrocesos producidos por los diferentes tipos de pólvoras

La Sala Maestranza, fruto de la reciente ampliación, presenta, en su discurso museográfico, un recorrido por la Historia de España a través del testimonio de sus soldados. Empieza su mensaje con unas maquetas primitivas de la Torre de Hércules, una armadura de soldado romano y un ánfora, en  recuerdo de que hasta aquí llegó Roma.

Luego, a bordo de carabelas, galeón, corbeta y navío iremos surcando la historia. Nada mejor, que jalonar de barcos nuestro recorrido, para que el visitante vaya navegando en el tiempo, mientras sigue la evolución del uniforme, el armamento, las costumbres, y el espíritu de los soldados que la escribieron

De la mano de Colón vivirán toda la proyección americana de unos hombres dotados de un ingenio poco habitual, que fueron un prodigio de coraje, capacidad de sufrimiento y voluntad. Unos soldados que conquistaron enormes tierras, vencieron a pueblos, ganaron imperios, y llevaron lengua, cultura, y religión muy lejos. Hombres que vivían al día, se la jugaban en cada esquina de su pobre destino y malvivían miserablemente, mientras ejecutaban misiones que iban más allá de la propia milicia. Militares que, llegado el momento, asumían la representación Real con una dignidad encomiable, y se enfrentaban a quien fuera, por poderoso que pareciera.

Con un galeón seccionado nos identificamos con la época de Felipe II y la victoria del pueblo coruñés frente al asedio de Drake simbolizada en la heroína local María Pita.

Con ese mismo nombre, una corbeta que partió de La Coruña, llevó en 1803 la expedición de los cirujanos militares Balmis y Salvary, y con ella la esperanza, inoculada en los brazos de unos niños coruñeses, a millones de almas que, en América y Filipinas, sucumbían a la viruela. El Capitán de aquella corbeta, era precisamente D. Pedro del Barco y España, padre del héroe Diego del Barco.

El navío de Trafalgar nos llevará hasta la Guerra de la Independencia, una de las más grandes epopeyas de nuestra Historia Militar, cuyo bicentenario estamos conmemorando con testimonios de la época y representaciones didácticas de sus formas de vivir y combatir.

Un diorama de las Guerras Carlistas, llama nuestra atención sobre los frecuentes enfrentamientos fratricidas del siglo XIX, mientras que una maqueta de la Iglesia de Baler, y unos uniformes de “ralladillo”, nos trasladan a la Guerra de Cuba y Filipinas.

Son nuestros jóvenes quienes encuentran, en los actuales militares que cumplen misiones en el exterior, la continuación de aquellas tropas abnegadas que difundieron nuestra cultura, lengua, y religión por todo el mundo, y los continuadores de los heroicos Tercios que sembraron de gloria nuestro pasado.

Son ellos quienes mejor entienden que estos soldados, cuando velan, muy lejos de casa, por la seguridad de otros pueblos, lo hacen en nuestro nombre y necesitan sentir en el corazón el reconocimiento y el afecto de su pueblo. Por eso en la Sala Multiusos, donde se recibe a todos los grupos, están con sus banderines y sus recuerdos, las medallas de las ciudades y el homenaje de su pueblo

Con este modesto recuerdo a los primeros caídos en “misiones de paz”: El Teniente Castellanos y la soldado Idoia Rodríguez, las jóvenes generaciones deben saber que: con su presencia, con su ayuda y, en ocasiones con su vida, constituyen hoy la mejor esperanza de seguridad, de estabilidad, y en definitiva de paz, para aquellos pueblos incapaces de conseguirlas por sí mismos. 

Como complemento a la exposición permanente, cuyo recorrido hemos finalizado, el museo cuenta con instalaciones de biblioteca, conservación, restauración, almacenaje y administración; así como una sala independiente para exposiciones temporales, con acceso directo a la plaza de Carlos I.

Amigos recreadores

Los jardines circundantes son el mejor escenario para la actuación de unos amigos muy especiales: Los recreadores son gentes que viven plenamente, y de manera altruista, el objetivo de divulgar nuestra Historia Militar, de una forma tan amena y didáctica, que se han convertido en indispensables para las actividades museográficas y transformar un museo en algo vivo y actual.

La ciudad tiene el privilegio de ser la sede de dos asociaciones pioneras en esta actividad: Los “Royal Green Jackets” y la Asociación Napoleónica”, que integrados en la Asociación de Amigos del Museo Militar, son los mejores cooperantes para divulgar nuestra Historia Militar.

Ellos congregan anualmente en torno a la efemérides de la Batalla de La Coruña, a los representantes civiles y militares de los enemigos de antaño, para dar la mejor lección de historia a los ciudadanos, y honrar a cuantos murieron cumpliendo con su deber en un campo de batalla, hoy casualmente convertido en universidad.

Ellos también convocan cada año al Museo Militar a los grupos de recreación histórica de todas las épocas, para dar a conocer nuestra historia a través de la vida de sus soldados y hermanar, sin distinción de países ni de épocas, a las  tropas de todos los tiempos que practicaron una misma doctrina de sacrificio, honor y cumplimiento del deber.

El Museo en cifras

2.830 m2 en 6 salas; además de biblioteca técnica, sala multiusos, sótano, talleres de restauración, videoteca, sala de juntas, oficinas y 4 almacenes en el Cuartel de Atocha.

Convenio ampliación con el Ayuntamiento aumentó 360 m2 planta y 1.500 m2 útiles

4.291 fondos (1.800 expuestos)

Abre todos los días del año mañanas (de 10:00 a 14:00 horas) y tardes (de 16:00 a 19:00 horas). Domingos y festivos, sólo mañanas. Entrada gratis

Todas las Visitas de Grupos son guiadas

6 Exposiciones temporales anuales

8 Actividades Lúdico didácticas anuales

Más de 422.000 VISITANTES en 19 años.  28.138 Visitantes en el año 2010;

En los últimos seis años:

Más de150.000 visitantes; de los que 39.270 visitantes en grupos, recibieron conferencia del coronel Director en la sala multiusos.

Los Niños sumaron en estos 6 años 40.055; de los que 23.555 fueron visitas en grupos y 16.500 participaron en actividades lúdico-didácticas.

Fuentebelt.es
Fecha de publicaciónmayo 01, 2020

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