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No empezó en un mercado: ¿por qué no estábamos preparados para el coronavirus?

David Quammen

El divulgador estadounidense autor de ‘Contagio’, el mejor libro sobre la evolución de las pandemias, analiza en este artículo magistral por qué el covid-19 nos pasó por encima

No empezó en un mercado: ¿por qué no estábamos preparados para el coronavirus?

En 2006, la idea de que un virus desconocido podría extenderse de algún animal salvaje a los humanos, logrando la transmisión de persona a persona y causando una pandemia global, parecía una perspectiva distante para la mayoría de las personas. Como argumento de ciencia ficción se hallaba por debajo en importancia de ‘Alien: Resurrection’. Pero Ali S. Khan, del ‘National Center for Zoonotic, Vector-Borne, and Enteric Diseases’, se impuso la tarea de soñar semejante pesadilla a plena luz del día.

El NCZVED, perteneciente a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, se alojaba en un discreto edificio de ladrillo gris, detrás de puertas y más puertas cerradas en el complejo de los CDC de Clifton Road, seis millas al noreste de Atlanta. Ese año, durante una visita de dos días, me dediqué a entrevistar a científicos que lo sabían todo sobre los virus ébola (sí, hay más de uno) y su primo letal, el Marburgo; sobre el virus del Nilo Occidental en el Bronx y el virus Sin Nombre en Arizona; sobre el espumavirus del simio en Bali, que los macacos de los templos budistas transmiten a los turistas, y la viruela símica, que llegó a Illinois en ratas gigantes de Gambia vendidas como mascotas; sobre el virus Junín en Argentina y el virus Machupo en Bolivia; sobre el virus Lassa en África occidental, el virus Nipah en Malasia, el virus Hendra en Australia y la rabia en todas partes.

Todos estos virus son zoonóticos, lo que significa que pueden saltar de los animales a las personas. La mayoría de ellos, una vez dentro de un cuerpo humano, desencadenan el caos. Algunos también se transmiten bien entre las personas, estallando así brotes locales que pueden matar a cientos. Son nuevos para la ciencia y para los sistemas inmunes humanos; emergen de manera impredecible y son difíciles de tratar; y pueden ser especialmente peligrosos, como refleja el nombre de la rama del NCZVED que los estudió: ‘patógenos especiales’. Por todas estas razones, algunos científicos y expertos en salud pública, incluido Ali Khan, consideran que estos virus son un desafío irresistible. “Te mantienen alerta”, me dijo. El segundo día de mi visita, en medio de intrigantes y horribles reuniones informativas, Khan me llevó a comer sushi.

Khan es médico de formación, epidemiólogo de carrera y un hombre de jocosidad sincera e irreverente. Llevaba un jersey militar. En ese momento, también era un oficial en el Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos, que está organizado en rangos como las de la Marina de los EEUU. “Has escuchado todo nuestra cháchara”, me dijo. “¿Cuál de estas enfermedades es tu favorita?

¿Mi ‘favorita’? El ébola es bastante interesante, le dije.

“Aaah”, exclamó Khan despectivamente. “Me gusta el ébola tanto como a los demás”. Había realizado un trabajo epidemiológico crucial durante el brote de ébola de 1995 en Kikwit, en lo que entonces era Zaire, organizando medidas de control, investigando la transmisión, rastreando el brote hasta su Paciente Cero, arriesgando su vida para ayudar a poner fin a un monstruo de miseria y muerte. Continuó: “Pero, si tuviera que elegir, me quedaría con el SARS”.

El SARS fue la bala que pasó rozando el oído de la humanidad

¿El SARS? Lo conocía solo como una enfermedad viral grave que, en 2003, salió del sur de China y mató a varias personas en Toronto, Singapur y algunas otras ciudades. El acrónimo significa “Síndrome Respiratorio Agudo Grave”. Es una enfermedad fea que puede provocar neumonía letal. Poco más de ocho mil personas se infectaron, de las cuales aproximadamente el diez por ciento murió, y luego terminó el brote. “¿Por qué el SARS ?”, le pregunté.

“Porque era muy contagioso y muy letal”, dijo. “Y tuvimos mucha suerte al detenerlo”. El SARS fue la bala que pasó rozando el oído de la humanidad. Esto ocurría en nuestro descanso tras el almuerzo, yo había dejado de tomar notas, y han pasado catorce años, así que no puedo jurar que Khan mencionara la otra característica más relevante sobre el SARS: fue causado por un nuevo coronavirus.

De Pakistán a Brooklyn

Ali Khan ahora es decano de la Facultad de Salud Pública del Centro Médico de la Universidad de Nebraska, en Omaha. Parece alguien de Omaha poco probable: nacido y criado en Brooklyn, de padres inmigrantes pakistaníes, estudió Medicina allí. “Y luego cometí la locura de dejar Brooklyn”, locura familiar, “porque tengo tíos y tías que nunca han salido de Brooklyn”. Su padre, Gulab Deen Khan, fue un hombre hecho a sí mismo del tipo épico: agricultor campesino adolescente, viajó desde Cachemira a Bombay, mintió sobre su edad y consiguió trabajo en un barco, engrasando motores. Sus amigos lo llamaban Dini, porque era pequeño. Después de mudarse a los EEUU, Dini Khan suministró el carbón de las calderas que calentaban los edificios de apartamentos de Brooklyn hasta que ahorró lo suficiente como para comprar un edificio de apartamentos él mismo. Hizo lo que parecía una fortuna. Antes de perderla en otra especulación, Dini Khan decidió que su hijo pequeño, Ali, debería aprender la cultura, la religión y el idioma de su familia. Envió a Ali de regreso a Pakistán para la secundaria y la preparatoria. Pero por un error de cálculo, eligió un clásico internado británico en Lahore, un lugar mejor para aprender a jugar al cricket que el urdu o el islam.

Ali S. Khan
Ali S. Khan

Ali Khan, ahora de cincuenta y seis años, me contó esta historia, entre risas, cuando lo contacté recientemente por Skype. Su cabello oscuro y su barba se habían vuelto un poco grises, pero aún se veía en forma y sonaba jovial. Habló de Omaha como un hombre de cabecera para la Cámara de Comercio: gran ciudad, segura y sin pretensiones, llena de multimillonarios, como Warren Buffett, que viven en sus antiguas casas familiares, conducen sus pequeños Buicks y emiten cheques de un millón de dólares para la comunidad.

“Me encanta ser decano “, me dijo. “Es tan divertido”. Llegó a Omaha en 2014, tras dejar la dirección de la Oficina de Preparación y Respuesta de Salud Pública de los CDC, que incluía supervisar la Reserva Estratégica Nacional de suministros médicos de emergencia, coordinar a unos ochocientos empleados, ayudar a armar una estrategia nacional de biodefensa contra amenazas de pandemia y mucho más. “Al final de mi carrera en los CDC, gestionaba un presupuesto de 1.500 millones de dólares: mucho personal y mucho dinero”. Había viajado por el mundo en respuesta a todo tipo de brotes, de Wyoming a Bangladesh. Durante una misión en el sur de Chile para investigar un brote de hantavirus, visitó aldeas remotas, a caballo, atrapando roedores para determinar qué especies portaban el virus. “Aprendimos rápidamente que había muchos roedores”, me dijo. Después de su trabajó con la fiebre del Valle del Rift en Arabia Saudí en 2001, el ministro de Salud de país le regaló una réplica de una espada decapitadora como muestra de gratitud.

Su pensamiento fue: esta es una profesión de riesgo, y el trabajo tiene que hacer que la vida merezca la pena

En un momento incierto en el Zaire central, durante un brote de viruela símica, él y su equipo se enteraron de que dos grupos de combatientes de la guerra civil, las guerrillas de Laurent Kabila y las fuerzas opuestas del presidente Mobutu, se acercaban. “Seguramente os robarán vuestros vehículos y equipo”, les advirtió un contacto de la embajada de Estados Unidos por teléfono satelital. “Pero probablemente no os matarán”. El grupo de Khan hizo las maletas rápido y se desvaneció en un pequeño avión, que se elevó directamente hacia una tormenta eléctrica. “El tipo a mi izquierda estaba rezando”, relató Khan en un libro ‘La próxima pandemia’ lleno de coloridas aventuras de campo y serias advertencias, publicado en 2016. “Miré a mi alrededor y vi que el médico francés sentado a mi lado estaba escribiendo una nota de despedida para su familia. Eso me hizo pensar”. Su pensamiento fue: esta es una profesión de riesgo, y el trabajo tiene que hacer que la vida merezca la pena. Durante más de dos décadas en los CDC, evidentemente lo mereció. En 1995, se encargó de aquel asunto en Kikwit, Zaire, para el ébola. Al año siguiente, viajó al Sultanato de Omán para ayudar con la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo. Uganda, en 2001, por el ébola nuevamente. SARS, en Singapur, en 2003. Chad aún luchaba por eliminar la poliomielitis en 2008, y Khan estuvo allí.

Pero, hacia el final de su mandato en los CDC como burócrata de alto nivel, era responsable de orquestar, no de investigar; la ciencia solo era una pequeña porción del trabajo. “Ahora casi todo es ciencia“. Virología, epidemiología, ecología y otros aspectos de la ciencia de las enfermedades proporcionan la esencia de su misión, “educando a la próxima generación de profesionales de la salud pública”.

La decoración ecléctica de su oficina actual incluye micrografías electrónicas de varios patógenos colgados como retratos en una galería de pícaros, dos esculturas de mosquitos tan grandes como cuervos, un reloj de ‘Star Wars’, otro de juguete ‘Big Hero 6’, postales enviadas por niños de todo el mundo, recuerdos y regalos de sus viajes: un quemador de incienso congoleño, la espada de decapitación saudí y una pizarra en la que registra lo que llama “mis métricas”. Sus valiosas métricas: medidas de progreso hacia las metas académicas de su Facultad, metas científicas y metas filantrópicas para apoyar el trabajo. “Soy una persona de evidencias y lo que me motiva es la evidencia“.

Le pregunté a Khan sobre el covid-19. ¿Qué salió tan desastrosamente mal? ¿Dónde estaba la preparación para la salud pública que había supervisado en los CDC? ¿Por qué estaban la mayoría de los países, y especialmente Estados Unidos, tan poco preparados? ¿Fue por falta de información científica o por falta de dinero?

“Fue por falta de imaginación”, me respondió.

La novena planta del Metropole

Hubo avisos. Uno de ellos fue la enfermedad favorita de Khan, el SARS. A finales de 2002, una “neumonía atípica” de origen desconocido comenzó a extenderse en la ciudad de Guangzhou, al sur de China, una de las mayores aglomeraciones urbanas del planeta. En enero de 2003, viajando en el cuerpo de un corpulento comerciante de mariscos que sufría una crisis respiratoria, el virus llegó a un hospital de Guangzhou. En ese hospital, y después en la unidad respiratoria a la que fue trasladado, el hombre tosió, jadeó, vomitó y escupió durante su intubación, infectando a docenas de sanitarios. Se hizo conocido entre el personal médico de Guangzhou como el Rey Veneno. En retrospectiva, los científicos de enfermedades han aplicado una etiqueta diferente, llamándolo un supercontagiador.

Un médico infectado, un nefrólogo del hospital, experimentó síntomas similares a los de la gripe, pero luego, sintiéndose mejor, cogió un autobús de tres horas hasta Hong Kong para la boda de su sobrino. Al permanecer en la habitación 911 del hotel Metropole, el médico volvió a sentirse mal y propagó la enfermedad por el pasillo de la novena planta. En los días que siguieron, otros huéspedes de aquella planta volaron de regreso a Singapur y Toronto, llevando la enfermedad con ellos. Varias semanas después, la Organización Mundial de la Salud lo bautizó como SARS. (Al Metropole, que se hizo famoso, le cambiaron el nombre más tarde). Para el 15 de marzo, la OMS informaba de 150 nuevos casos de SARS en todo el mundo.

El Metropole Hotel de Hong Kong.
El Metropole Hotel de Hong Kong.

Surgieron dos misterios, uno urgente y otro inquietante: ¿Cuál fue la causa, un nuevo virus y, de ser así, de qué tipo? ¿Y de qué clase de animal provenía? El primer misterio fue resuelto pronto por un equipo dirigido por Malik Peiris, un médico de Sri Lanka que obtuvo un título en microbiología en Oxford antes de ir a la Universidad de Hong Kong. Peiris se especializó en ‘influenza’, y sospechaba que el H5N1, un virus de la gripe que es problemático en las aves y a menudo letal en las personas, pero que no se contagia entre personas, podría haber evolucionado a una forma transmisible entre los humanos. Su equipo logró aislar el nuevo virus en dos pacientes. Era un coronavirus, no un virus de la gripe, es decir, era de una diferente familia de virus, con diferentes rasgos familiares. Pero la mera presencia de este nuevo virus en dos pacientes de SARS no significaba que fuera la causa de la enfermedad. Entonces, el equipo de Peiris demostró con pruebas de anticuerpos que podría ser el agente del SARS, y el trabajo posterior corroboró que tenía razón. Aunque la tradición previa tendía a nombrar nuevos virus por asociación geográfica (el ébola era un río, Marburgo, una ciudad en Alemania, Nipah, un pueblo de Malasia, Hendra, un suburbio australiano), prevaleció una mayor sensibilidad sobre la estigmatización. El patógeno se hizo conocido como SARS-CoV. Recientemente, el nombre ha sido revisado a SARS-CoV-1, de modo que el agente del covid-19 pueda pasar a llamarse SARS-CoV-2 en lugar de ‘virus de Wuhan’.

El SARS alcanzó Toronto el 23 de febrero de 2003, transportado por una mujer de setenta y ocho años que, con su esposo, había pasado varias noches en un viaje de dos semanas a Hong Kong en la novena del Hotel Metropole. La mujer enfermó y más tarde murió en su casa el 5 de marzo, atendida por su familia, incluido uno de sus hijos, que pronto mostró síntomas. Después de una semana de dificultades para respirar, fue a una sala de emergencias y allí, sin aislamiento, le dieron medicamentos a través de un nebulizador, que convierte el líquido en niebla y lo empuja hacia la garganta del paciente. “Ayuda a abrir las vías respiratorias”, me dijo Khan, una herramienta útil y segura para prevenir, por ejemplo, un ataque de asma. Pero, con un virus altamente infeccioso, resulta imprudente. “Cuando exhalas eso, esencialmente estás metiendo todo el virus en tus pulmones y lo estás volviendo a exhalar en el aire, en la sala de urgencias donde te están tratando”. Otros dos pacientes de la sala de urgencias se infectaron, uno de los cuales pronto fue a una unidad de cuidados coronarios con un ataque cardíaco. Allí eventualmente infectó a ocho enfermeras, un médico, otros tres pacientes, dos empleados, su propia esposa y dos técnicos, entre otros. Podrías llamarlo un supercontagiador. Una sola visita a la sala de urgencias causó ciento veintiocho casos entre personas relacionadas con el hospital. Diecisiete de ellos murieron.

Cuatro enfermeras faltaron al trabajo por enfermedad el mismo día. “Ese fue el momento decisivo para mí”

En Singapur, el primer caso de SARS fue una mujer joven que también se había hospedado en el Metropole, y que el 1 de marzo buscó ayuda por fiebre, tos y neumonía en el Hospital Tan Tock Seng, una de las instalaciones más grandes de Singapur. Tuvo visitas y, cuando varios de ellos regresaron como pacientes, los médicos sospecharon que se trataba de algo contagioso. Luego, cuatro enfermeras de la sala de la joven faltaron al trabajo por enfermedad el mismo día, una anomalía notada por Brenda Ang, una doctora que estaba a cargo del control de infecciones en el hospital. “Ese fue el momento decisivo para mí”, me contó Ang, una mujer pequeña y franca, cuando la visité en el hospital. “Todo se estaba acelerando”. Era el jueves 12 de marzo de 2003, el día en que la OMS emitió una alerta global sobre esta “neumonía atípica”.

Un concepto pasado de moda

Aproximadamente en ese momento, Ali Khan llegó a Singapur para trabajar como consultor de la OMS (comisionado por los CDC) y organizar una investigación y una respuesta. Se reunía diariamente con Suok-Kai Chew, el epidemiólogo jefe del ministerio de Sanidad, y junto con otros desarrollaron estrategias y tácticas, obteniendo la cooperación gubernamental a través de un grupo de trabajo del SARS. La estrategia de salud pública fue el aislamiento y la cuarentena. “Antes de este brote, la cuarentena y el aislamiento a menudo no eran ordenados por brotes de enfermedades infecciosas”, me dijo Khan, al menos, no en el pasado reciente. Durante las plagas medievales en Europa, los desafortunados infectados a veces eran expulsados fuera de las murallas de la ciudad, para morir o recuperarse; el puerto marítimo mediterráneo Ragusa (ahora Dubrovnik) estableció un ‘trentino’, una cuarentena de treinta días para viajeros que llegaban desde zonas de peste. En los Estados Unidos de fines del siglo XIX y principios del XX, durante los brotes de viruela, las víctimas que mostraban síntomas (especialmente si eran personas pobres o de color) podían ser confinadas en campamentos de cuarentena, rodeadas de cercas de alambre de púas o en ‘casas de peste’ de pesadilla, no tanto para tratarlas sino por la seguridad de la población en general. “Ese era un concepto que había pasado de moda”, me dijo Khan secamente. Él, Chew y sus colegas lo recuperaron en una versión más humana.

Tan Tock Seng comenzó a tratar solo a pacientes con SARS desviadas a Singapur General. Cada caso sospechoso o probable de SARS fue aislado y la definición de “sospechoso o probable” se amplió más allá de las pautas de la OMS para incluir a cualquier persona con fiebre o problemas respiratorios. Todos los trabajadores de la salud se equiparon con equipos de protección personal, incluidas las máscaras N95, y se les pidió que se revisaran la fiebre u otros síntomas tres veces al día. El personal médico también estaba restringido a una institución, por lo que no podía transportar el virus entre hospitales. Durante los procedimientos de riesgo, como la intubación de un paciente, usaban respiradores cerrados que bombeaban aire purificado.

Antes de este brote, la cuarentena y el aislamiento a menudo no eran ordenados por brotes de enfermedades infecciosas

También se tomaron medidas firmes para limitar la propagación de la enfermedad en la comunidad. A partir del 27 de marzo, las escuelas cerraron y los cuerpos de los que morían de SARS eran incinerados en veinticuatro horas. Los investigadores rastreaban los contactos cercanos de cada nuevo paciente y esos contactos eran enviados a la cuarentena obligatoria. “Está bien, te quedarás en casa. Habrá una cámara que estamos instalando allí, y un teléfono”, me contó Khan, recordando las instrucciones. “Te llamaremos al azar, y se espera que enciendas la cámara y estés allí”. Más de ochocientas personas fueron puestas en cuarentena. Si la incumplían , se les ponía un marcador electrónico, como un brazalete de tobillo. La cuarentena obligatoria conllevó desafíos logísticos: “En el momento en que los atrapas, te pertenecen’, como solemos decir. Tienes que alimentar a esas personas, cuidar su salud, asegurarte de que estén alojadas y vestidas. ¿Quién los cuida? ¿Quién paga por ellos? Si tú como gobierno estás obligando a hacer cuarentena, es tu responsabilidad“.

Para el 24 de abril, habían muerto veintidós personas, momento en el que se endurecieron las penas para los que rompieran la cuarentena: mayores multas, la posibilidad de prisión… A los taxistas se les controlaba la temperatura todos los días. También se examinaba a los pasajeros que partían y llegaban al aeropuerto de Changi, así como a las personas que viajaban en autobuses y automóviles privados. El 20 de mayo, once personas fueron multadas con trescientos dólares cada una por escupir. Estas medidas funcionaron. El 13 de julio de 2003, el último paciente con SARS salió de Tan Tock Seng y todo terminó. Algunas personas dicen libremente que el SARS “se consumió”, habiendo matado solo a setecientas setenta y cuatro personas en todo el mundo. No se consumió. Como Ali Khan me dijo, solo se detuvo.

“¿Qué es lo que más te preocupa ahora?” Le pregunté a Brenda Ang, en Tan Tock Seng, seis años después.

Ella se rio con desesperación. “La complacencia”, respondió. “Y la apatía”. Las medidas mundanas pero cruciales para el control de infecciones (el lavado constante de manos y la limpieza de los pomos de las puertas con alcohol) tienden a relajarse después de una crisis. “La gente se vuelve complaciente. Piensan que no hay nuevos bichos alrededor”. ¿Y lecciones mayores, más allá del lugar del brote, más allá de Singapur? “No tiene sentido proteger tu propio territorio. Las enfermedades infecciosas están muy globalizadas”.

Ali Khan luego me dijo lo mismo: “Una enfermedad en cualquier lugar es una enfermedad en todas partes”.

Y más coronavirus

En 2015, un coronavirus diferente llegó a Corea del Sur en el cuerpo de un hombre de sesenta y ocho años que regresaba de sus negocios en la península arábiga. El Síndrome Respiratorio del Medio Oriente (MERS, por sus siglas en inglés) había sido reconocido como una enfermedad tres años antes, y apodado ‘gripe del camello’, porque los camellos parecen portar el virus y transmitirlo a las personas. El MERS pudo venir originalmente de los murciélagos, tal vez del ‘sepulcro egipcio’, pero probablemente haya estado circulando en camellos durante al menos treinta años. Es posible que se extendiera a los humanos antes de 2012, pero, de ser así, esas infecciones pasaron desapercibidas. Nadie sabe si un camello estornudó al empresario coreano en algún momento durante sus paradas en Bahrein, Qatar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, o si contrajo la infección de otra persona, pero esa pregunta probablemente les importase poco a los ciento ochenta y seis surcoreanos que se infectaron por él, directa o indirectamente, y aún menos a los treinta y ocho que murieron.

El MERS en Corea del Sur se convirtió en un ejemplo de libro de texto de errores que condujeron a la propagación hospitalaria

Episodios de supercontagiadores también impulsaron este brote, pero fue exacerbado por algunos aspectos del sistema de salud de Corea del Sur. Debido a que los ciudadanos reciben atención médica barata a través de un plan de seguro nacional, con pocas restricciones sobre qué hospital visitan, las personas a menudo comparan tratamientos. El empresario visitó tres hospitales diferentes después de sentirse enfermo, y finalmente ingresó en un cuarto, en Seúl, donde le dieron un diagnóstico de MERS. Para entonces, había infectado a veintinueve personas, de las cuales dos se convirtieron en supercontagiadores, generando noventa y siete casos más. A veces había cuatro o más camas en una habitación de hospital, y se permitía a los pacientes recibir visitas, lo que contribuyó a la propagación, al igual que una ventilación deficiente, un control de infección también deficiente y criterios poco restrictivos para la cuarentena, de modo que las personas que contrajeron la infección por un contacto casual escapaban del control. “Se dieron cuenta en ese momento de lo que ocurre cuando un coronavirus se está transmitiendo en el entorno hospitalario dentro de una comunidad y salta de un hospital a otro”, me dijo Khan. El MERS en Corea del Sur se convirtió en un ejemplo de libro de texto de errores que condujeron a la “propagación nosocomial”, el término para las infecciones adquiridas en la atención médica. Cuando el covid-19 llegó, se dice Khan: “Supongo que debían tenerlo claro”.

Murciélagos

El SARS tocó Estados Unidos suavemente, produciendo veintisiete casos probables y ninguna muerte, seguramente por pura suerte. El MERS parecía aún menos notable: dos casos en 2014, ambos en trabajadores de la salud que regresaban de períodos en Arabia Saudí, sin propagación secundaria. Los CDC lo registraron, pero apenas nadie más lo hizo.

Otras advertencias vinieron de científicos. En una serie de ‘papers’ oscuros pero importantes publicados en los últimos quince años, la mayoría con la palabra “murciélago” en el título y a menudo con el nombre de Zheng-Li Shi en la lista de autores, los investigadores iluminaron las conexiones entre coronavirus, murciélagos y personas.

Los investigadores iluminaron las conexiones entre coronavirus, murciélagos y personas

Zheng-Li Shi es una viróloga de unos cincuenta años, educada en Wuhan y Francia, que dirige un laboratorio en el Instituto de Virología de Wuhan. Hizo su primera expedición para atrapar murciélagos a las cuevas chinas en 2004, y un año después ayudó a dirigir un grupo de investigadores que demostraron que el virus del SARS, descubierto por Peiris como causante del síndrome del mismo nombre en las personas, llegó a los humanos desde los murciélagos. Antes de eso, había una pista falsa que apuntaba hacia la civeta de palma enmascarada, un carnívoro salvaje que se asemejaba a un tejón, que es muy apreciado en el comercio de alimentos de animales salvajes, y miles de civetas cautivas fueron rápidamente masacradas. Luego grupo de Shi obtuvieron datos mejores. En 2013 ella co-escribió un artículo que arroja luz sobre cómo algunos coronavirus transmitidos por murciélagos, pero no otros, logran infectar a los humanos. Sus espículas (las proyecciones nudosas que le dan a cada partícula viral su apariencia de corona) se unen bien a los receptores no solo en las células de los murciélagos sino también a ciertas células en el tracto respiratorio humano. Es una especie de relación de gancho y pestillo, y los pestillos, conocidos como receptores ace-2, permiten la penetración viral en la célula. Una vez dentro, el genoma viral se apodera de algunos de los aparatos de la célula para hacer copias de sí mismo, y la infección despega.

Por aquel tiempo, Shi y su equipo comenzaron a centrarse en una cueva en las afueras de Kunming, la capital de la provincia de Yunnan, en un área famosa por sus pintorescas formaciones kársticas. Al tomar muestras de los fluidos corporales de los murciélagos que utilizaban la cueva como refugio, los investigadores encontraron una gran diversidad de coronavirus, incluidos tres que tenían justo la equipación adecuada: la espícula capaz de encajar en los receptores ace -2 para infectar a los humanos. “Este trabajo”, advirtieron en un documento de 2017, “destaca la necesidad de prepararse para la futura emergencia de enfermedades como el SARS “. Una de las cepas de coronavirus que encontraron en un murciélago de herradura después fue etiquetada como RaTG13 (no es un acrónimo sino un código de conveniencia). Vale la pena echarle un vistazo a esa etiqueta desgarbada, porque RaTG13 es el pariente más cercano conocido de lo que ahora llamamos SARS-CoV-2, con una similitud del genoma del 96.2 por ciento, que, por lo que sabemos de los coronavirus, lo hace un primo muy cercano.

Mercado de pescado de Huanan en Wuhan, China. (EFE)
Mercado de pescado de Huanan en Wuhan, China. (EFE)

Uno de los coautores junto a Shi en ese ‘paper’ fue un antiguo colaborador suyo llamado Peter Daszak, que es el presidente de EcoHealth Alliance, un grupo científico sin fines de lucro, con sede en Nueva York, dedicado a la conservación biológica y a la prevención de pandemias. Daszak elogia a Shi por su incansable diligencia científica, la solidez de su trabajo de laboratorio y más. “He estado en el campo con ella, he hecho karaoke con ella”, me dijo. “Ella es la cantante número 1 en el Instituto de Virología de Wuhan”.

Shi, Daszak y sus colegas no solo advirtieron al mundo, hace tres años, que era posible una nueva enfermedad similar al SARS sino que pusieron a disposición del mundo científico para su examen, una variante cercana del virus que causaría la pandemia del covid-19. (Recientemente el Washington Post planteó la posibilidad de que un virus cultivado en el laboratorio de Shi pudiera haber escapado de la contención, sembrando el brote de Wuhan, pero hasta ahora no hay evidencia científica de eso y sí hay evidencias considerable en su contra). Además, agregaron, no era solo un virus del que teníamos que preocuparnos, ya que varios virus similares al SARS capaces de usar los receptores ace-2 “todavía circulan entre los murciélagos en esta región”.

El nuevo virus se detectó en humanos en diciembre pasado, en Wuhan, y en enero varios laboratorios chinos, entre ellos el de Shi, secuenciaron total o parcialmente los genomas de muestras de diferentes pacientes, incluidos cinco genomas completos. Shi y sus colegas anunciaron el 23 de enero que el virus encontrado en esos cinco pacientes era un 96,2 por ciento idéntico al coronavirus de murciélago del que habían advertido unos tres años antes. Para entonces, el virus había estado circulando en Wuhan durante al menos siete semanas, y se habían difundido tres hipótesis erróneas, no solo por parte de los líderes políticos sino también por los responsables de los hospitales y la versión china de los CDC: que el brote había comenzado en el Huanan Seafood Wholesale Market, del que se sabía que vendía mucho más que mariscos; que el virus no era peligroso; y que no se transmitía de persona a persona. En el segundo y tercer punto hubo desacuerdos entre los médicos que trataban a los pacientes, como Zhang Li, en el Hospital Jinyintan de Wuhan, quien le dijo al Wall Street Journal a finales de febrero: “Estaba alerta porque se trataba de una nueva neumonía y porque había lidiado con el SARS”.

El virus encontrado en esos cinco pacientes era un 96,2% idéntico al coronavirus de murciélago del que habían advertido tres años antes

La idea errónea de que el mercado era el origen del brote está implícitamente refutada por un artículo científico publicado a finales de enero, por un grupo de médicos de Wuhan y Beijing, que describe las características clínicas de los primeros cuarenta y un pacientes. Veintisiete de ellos, dijo el periódico, habían estado expuestos en el mercado de Huanan. Dado que es poco probable que un solo murciélago de herradura infecte a veintisiete personas, incluso si lo dividieron en entremeses, y dado que, según algunos informes, los murciélagos ni siquiera estaban a la venta en el mercado en ese momento, algunos científicos han especulado que había un animal huésped intermedio (una serpiente, un pangolín, una civeta de palma) en el que el virus se amplificaba antes de que esta criatura de mayor tamaño fuera vendida o sacrificada. La evidencia molecular de las serpientes es débil, los pangolines son una historia complicada y las civetas no están implicadas esta vez. Un médico y erudito estadounidense llamado Daniel R. Lucey (que también había trabajado el brote de SARS en Guangzhou, Hong Kong y Toronto) se preguntó por los otros catorce pacientes tempranos. Se dio cuenta de que el primero de ellos, que enfermó el 1 de diciembre, no tuvo contacto directo o secundario con el mercado. Eso significaba, dado el período de incubación, que el virus debe haber estado circulando en Wuhan fuera del mercado desde noviembre. Esto no refuta la probabilidad de que el virus se originara en un murciélago, pero sugiere que tal vez entró en el mercado de Huanan, además de salir de él, en humanos. El SARS-CoV-2 es un bicho sutil.

Reacciones mejores y peores

Singapur, con el SARS vívido en la memoria, reaccionó rápida y firmemente al covid-19, cerrando la frontera a los no residentes, abriendo los hospitales de aislamiento y las salas de presión negativa construidas desde 2003, testando abundantemente, rastreando contactos y enviándolos a la cuarentena doméstica, e unificando el liderazgo político y el sanitario para lanzar mensajes lúcidos, honestos y consistentes. A pesar de todo esto, el país no estuvo bloqueado hasta principios de abril, cuando los números cambiaron abruptamente y llegó una segunda ola.

Asimismo, Corea del Sur ha practicado pruebas exhaustivas, aislamientos y cuarentenas para mantener bajo el número de casos. Aunque la capital, Seúl, está a menos de tres horas de Wuhan por avión, Corea del Sur ha tenido menos casos y muertes que Suecia o Perú. Por supuesto, eso podría cambiar rápidamente.

“Corea del Sur es un buen ejemplo para nosotros”, me dijo Khan. El primer caso de Corea del Sur se confirmó el 20 de enero, el mismo día que en los Estados Unidos. “Adoptaron un enfoque muy diferente y todo lo que tuvimos que hacer fue mirar lo que estaban haciendo y decir: ‘Vamos a hacer lo mismo’. Pero no lo hicimos”. La primera secuencia del genoma del virus de un humano estuvo disponible, desde China, el 10 de enero. Los funcionarios surcoreanos, después de confirmar su caso inicial, se reunieron rápidamente con las compañías de suministros médicos y les instaron a desarrollar kits de prueba y comenzar la producción en masa. Los científicos de Estados Unidos pronto tuvieron sus propias muestras secuenciadas, pero el tiempo pasó sin una acción significativa. “Cada día después del 22 de enero fue un día perdido por el gobierno de los Estados Unidos”, se lamentó Khan. Podríamos haber llamado a Becton Dickinson (una empresa gigante de tecnología médica) y decirles que queríamos capacidad de testeo en todo el país para el lunes siguiente pero no lo hicimos ¿Por qué? Falta de imaginación. Los científicos podrían describir los riesgos, los funcionarios de salud pública podrían trazar una respuesta, pero los burócratas de las agencias y los líderes nacionales no pudieron comprender lo grave que podría ser el brote. El 30 de marzo, Donald Trump dijo: “Nadie tenía idea”.

Todo lo que tuvimos que hacer fue mirar lo que estaban haciendo y decir: ‘Vamos a hacer lo mismo’. Pero no lo hicimos

El primer caso reportado en los Estados Unidos involucró a un hombre de treinta y cinco años que había visitado a familiares en Wuhan antes de regresar a Seattle el 15 de enero. (Últimamente, las noticias han revelado otros dos casos iniciales, en el condado de Santa Clara, California, que sugieren que el virus pudo haber estado presente en EEUU antes del 15 de enero; ambos pacientes fallecieron en febrero, pero su positivo en covid solo se detectó, según evidencia de la autopsia, a finales de abril.) El hombre de Seattle se presentó en una clínica de atención urgente el 19 de enero con quejas de tos persistente y fiebre. Su tos era el medio más obvio del SARS-CoV-2 para dispersarse a otros anfitriones, por lo que, durante al menos cuatro días, este hombre podría haber transmitido la infección a otros en el condado de Snohomish, adyacente a Seattle, y posiblemente también en el avión (aunque todavía no fuera sintomático). En la clínica, su historial de viajes generó preocupación, por lo que un proveedor de atención de urgencia lo notificó al personal del departamento de salud del estado, quien avisó al Centro de Operaciones de Emergencia de los CDC. Obtenga muestras y lo testaremos, dijeron los CDC. El hombre dio muestras de sangre e hisopos y luego se fue a su casa. Al día siguiente, cuando los resultados de su prueba fueron positivos, fue ingresado en un hospital y colocado en una unidad de aislamiento.

La respuesta desastrosamente tardía, inadecuada, confusa y (para muchos ciudadanos) errática del gobierno federal al covid-19, tanto antes como después del primer caso, deriva de demasiados factores como para enumerarlos aquí, pero mencionaré dos: el fracaso para apreciar las advertencias del SARS y el MERS, ambas propiciadas por otros coronavirus; y la falta de capacidad de los más altos escalafones del gobierno, en los últimos años, para comprender la gravedad y la inmediatez de las amenazas de pandemia. El resultado de esa pérdida es a lo que Ali Khan se refiere cuando habla de falta de imaginación. Beth Cameron, ex jefa de la Dirección de Seguridad Global de Salud y Biodefensa del personal del Consejo de Seguridad Nacional, la llama la ausencia del “detector de humo”. Cameron me dijo que aquellos en el poder que tienen la responsabilidad ​​de “vigilar para adelantarse a las emergencias” necesitan oler el humo y sofocar el fuego mientras es pequeño. “No vas a evitar que ocurran brotes. Pero puede evitar que los brotes se conviertan en epidemias o pandemias “. Dirigió la dirección desde su creación, después de la epidemia de ébola de 2014 en África occidental, hasta marzo de 2017. Sobrevivió bajo su sucesor durante poco más de un año, y luego, después de que John Bolton se convirtió en el asesor de seguridad nacional, se disolvió. Un detector de humo no funciona cuando se retira la batería.

Burócratas adversos al riesgo

Dennis Carroll, un ex virólogo investigador, dirigió una unidad de amenazas de pandemia en la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional durante casi quince años. En 2009, creó un gran programa llamado ‘predict’ que repartió cerca de doscientos millones de dólares en becas para apoyar el descubrimiento de nuevos virus potencialmente peligrosos antes de que se extendieran a los humanos. Ese programa está terminando, debido al “ascenso de burócratas adversos al riesgo”, declaró al Times en octubre pasado. Mencionó el cierre por la Casa Blanca de la dirección de sanidad del NSC como una instancia paralela, y dijo que tanto el Congreso como las Administraciones de George W. Bush y Barack Obama fueron “enormemente solidarios”, pero luego vinieron los vientos fríos actuales.

Estados Unidos no está solo. “La comunidad mundial tiene dificultades para invertir en lo que usted considera riesgo“, me confesó Carroll recientemente. Gastar mucho dinero es en sí mismo una forma de riesgo, especialmente si es dinero público, incluso si lo está gastando para asegurarse contra un mayor riesgo. ¿Qué sucede si gasta mil millones de dólares, o diez mil millones (un pequeño cambio en comparación con lo que covid-19 ahora está costando) y la pandemia no ocurre durante su mandato? “Hay muy poco apetito por eso cuando la amenaza no está clara y presente”, dijo Carroll. Cuando llega el SARS, cuando ocurre una pandemia de gripe porcina, cuando hay una epidemia de ébola, los líderes políticos y los donantes privados reaccionan con generosidad, pero cuando termina la crisis, “vemos un colapso total de ese tipo de inversiones”. Los propietarios compran seguros contra incendios, los gobiernos adquieren vastos arsenales de armas con la esperanza de que no se usen, pero hay renuencia a invertir seriamente en la preparación contra las pandemias. “Es un trastorno por déficit de atención a escala global”, dijo Carroll.

Necesitamos inversiones en medidas preventivas, escribe, para hacer que nuestras comunidades sean resistentes contra tal pesadilla

Al final de ‘La próxima pandemia’, Ali Khan ofrece otra metáfora: “Ha llegado el momento de ir más allá, de ver la salud pública como el hacha en la vitrina, donde el letrero dice ‘en caso de emergencia, romper el vidrio'”. Necesitamos inversiones en medidas preventivas, escribe, para hacer que nuestras comunidades sean resistentes contra tal pesadilla, y eso implica trabajo de campo para descubrir virus; vigilancia para contagios; sistemas para producir pruebas de diagnóstico rápidas y en gran abundancia; mejor capacidad de los proveedores de servicios de salud; cadenas de suministro inteligentes para EPP y ventiladores, y planes coordinados para trasladarlos de una jurisdicción a otra; planificación coordinada entre ciudades, estados, provincias, naciones y agencias internacionales para contener desastres infecciosos; educación pública para endurecer la disposición a soportar el distanciamiento social y el monitoreo de cuarentena; mejor liderazgo en salud pública y ciclos de financiación confiables; y, lo más crítico, la voluntad política de arriesgarse a pagar por una preparación que podría no ser necesaria.

Tal vez logremos todo esto para la próxima pandemia, pero es demasiado tarde para esta. “Por lo general, mi función es responder a estos brotes en el extranjero”, me dijo Khan la última vez que salimos volando. Tales misiones han abarcado su carrera de los CDC y más allá. Pero esta vez no ha viajado. “Hay trabajo más que suficiente aquí en Estados Unidos”, dijo. Podría pasar parte de un día tomando decisiones sobre las clases de otoño y el déficit presupuestario en la Facultad de Salud Pública, trabajando para trasladar la convocatoria en línea, consultando con funcionarios estatales o locales sobre medidas de salud pública o con empresas privadas para mantener seguros a sus empleados y clientes. Cuando cincuenta y siete estadounidenses que habían sido evacuados de Wuhan aterrizaron en el aeropuerto de Omaha, a principios de febrero, Khan ayudó a organizar su cuarentena en Camp Ashland, una base de la Guardia Nacional a lo largo del río Platte. Realiza entrevistas con los medios, supervisa la facultad que despliega equipos de estudiantes para el seguimiento de contactos en Nebraska e Iowa, asesora sobre mejoras en las instalaciones de envasado de carne y sirve en el comité directivo de la Red Global de Alerta y Respuesta a Brotes, un enlace de expertos que trabajan bajo la OMS para estudiar, anticipar y responder a eventos de enfermedades.

Como la mayoría de nosotros ahora, pasa gran parte de su tiempo en Skype, Zoom y al teléfono, pero para él la esencia de las discusiones abarca la investigación de ensayos de medicamentos, la respuesta inmune, lo último en modelos de enfermedades y la mejor manera de descontaminar máscaras N95

El recuento de casos para Nebraska está aumentando, de un paciente confirmado, el 6 de marzo, a miles. El estado ocupa en EEUU un lugar bajo en casos y muertes, pero también bajo en pruebas, por lo que se desconoce el número real de nebraskanos infectados. El gobernador Pete Ricketts cerró las escuelas, prohibió las reuniones de más de diez personas en algunos condados y declaró el estado de emergencia, pero se negó a emitir una orden de quedarse en casa. Omaha es la sede del condado de Douglas, el más poblado del estado, que tiene su aeropuerto más ocupado y ha sido afectado por un número significativo de casos. Y así, mientras Ali Khan se sienta en su oficina, en medio de fotos y recuerdos de una vida persiguiendo las enfermedades infecciosas, la pandemia está llegando a él.

Fecha de publicaciónmayo 24, 2020

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