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Quedar atrapado, ser aplastado, sufrir una amputación

Alberto Olmos

Los accidentes laborales se disparan y todo el mundo está demasiado ocupado como para prestarles atención

Quedar atrapado, ser aplastado, sufrir una amputación; ahogamiento, quedar sepultado, quedar envuelto; choque o golpe contra un objeto en movimiento; sobresfuerzo, trauma psíquico, radiaciones; mordeduras, patadas (de animales o personas); infartos, derrames cerebrales; contacto eléctrico, con fuego, temperaturas o sustancias peligrosas; contacto con agente material, cortante, punzante, duro; sin información.

El otro día vi los datos para el primer semestre del año relativos a accidentes laborales y muertes en el trabajo y de pronto quise saber cómo se moría uno exactamente en el trabajo, o se llevaba un buen susto que le hacía estar de baja durante semanas o meses. En la web de Comisiones Obreras encontré un PDF de 2018 que daba cuenta detallada de los accidentes que suelen producirse en los espacios laborales, agrupándolos por categorías espeluznantes que, sin duda, daban hondura casi narrativa a unas cifras que siempre consiguen parecer incoloras. Las acaban de leer: quedar atrapado, ser aplastado, sufrir una amputación…

354 personas han muerto entre enero y julio en accidente laboral. 354 cadáveres que prácticamente no significan nada para nadie que no los conociera


354 personas han muerto entre enero y julio de 2020 en accidente laboral. Son 354 cadáveres que prácticamente no significan nada para nadie que no los conociera. A fin de cuentas, estamos en un país en el que 40.000 personas muertas por coronavirus no significan nada para nadie que no los conociera.

Y estamos en un país en el que 3.000 muertes al año debidas al suicidio son irrelevantes.

Murieron este año cientos de obreros quemados o aplastados o seccionados o mordidos (incluso por personas tal vez) o contaminados o por un excesivo esfuerzo. He buscado en Google simplemente la frase “muere en accidente laboral” y me he encontrado la noticia de un señor de 52 años al que se le reventó un neumático de grandes dimensiones en plena cara y su vida terminó. Lo ha publicado el digital Mira Corredor, “el portal de noticias líder en el corredor del Henares”. Imagen 354 parrafitos con los nombres y apellidos de todos esos muertos y muertas en el trabajo seguidos del relato exacto de cómo murieron, y leerlos de corrido.

La izquierda, a otras cosas

Sin embargo, estos cientos de muertos no competen a ministerio alguno, y lo que es más acojonante, tampoco a izquierda alguna. Esta mataduría tiene todos los engarces ideológicos necesarios para que IU, Podemos, ERC o cualquier otra siniestra política deje todo lo que tiene entre manos y monte una buena campaña interminable en Twitter, una concentración a las puertas del Congreso y una colecta para las familias, a las que incluso podría rendir visita. No. Las izquierdas sedicentes están muy ocupadas luchando por que se reconozca la identidad sexual de una chica que solo se excita los lunes, de noche, vestida de rojo y si el otro lleva gafas. ¿Cómo reducir esa complejísima sexualidad a hetero o gay, hombre/mujer, chico/chica? Hay mucho trabajo que hacer con las cosas importantes y no queda tiempo para 354 muertos en seis meses.

Estos, los muertos, son sobre todo hombres —quiero decir: en un 90%—, como lo son en su mayoría los suicidas (75%) y los mendigos (ídem) y los ‘riders’ (80%) y, por seguir la bonita lista de desgraciados, los autónomos (80%). Esto quiere decir que Irene Montero, ministra de Igualdad, no pinta nada aquí, pues solo con un 51% de mujeres muertas o mendigas o que se quejen mucho podría hablarse para ella de dolor de verdad. El dolor de perder a tu padre, a tu hermano, a tu marido o a tu hijo debajo de la rueda de un tractor ni es dolor ni es nada, amigos.

Foto: EFE.
Foto: EFE.


A mí me gustaría que volvieran las matemáticas de la muerte: eso es lo que me gustaría. Me gustaría que el número más alto fuera el más importante, y no que el número más importante fuera el que sabemos vender mejor. Pero las matemáticas de la muerte y de la penuria han dejado paso a la poesía del sufrimiento, y ya solo cuenta la literatura exquisita de las minorías. No cuántos sufren, sino de qué calidad publicitaria es ese sufrimiento.

El de los obreros muertos es el sufrimiento más diminuto de todos, yo creo que incluso más pequeño que el de los suicidas. Hablaba Félix de Azúa en su libro ‘Volver la mirada’ de una idea de Rafael Sánchez Ferlosio para explicar las muertes en accidentes de tráfico (no pocas de ellas, por cierto, muertes laborales según el concepto ‘in itinere’). Se tratarían, estas muertes, de “sacrificios tecnológicos”, el precio que estamos dispuestos a pagar por tener todos coche y circular con él constantemente.

El luto lo perdemos porque tenemos todo lo demás y al final la fruta llega a la ciudad, a pesar de los jornaleros muertos de un infarto

Las muertes de los obreros puede que nos las estemos tomando así: como un sacrificio, un daño colateral o un luto cesante. El luto lo perdemos porque tenemos todo lo demás y al final la fruta llega a la ciudad, a pesar de los jornaleros muertos de un infarto o guillotinados por una cosechadora, y los coches son cada vez más chulos, a pesar de que uno u otro operario haya perdido un pie o un pulgar fabricándolos.

Esto me recuerda esa idea genial y maléfica de Julio Cortázar sobre el Metro de París. Escribía Cortázar que cada día entraban en el Metro, según los datos de los torniquetes, tantos millones exactos de personas, pero que según los datos de salida, también muy precisos, salían tantos millones de personas menos 300 o 400. ¿Qué había pasado con esos 300 viajeros? Según Cortázar, se habían desgastado, sin más. Tanta gente yendo de un lado a otro, formando masas compactas y veloces y despreocupadas, hacía inevitable que uno aquí y otro allá quedaran desmaterializados, se desvanecieran simplemente por pura ley de consunción de la materia, como los rodamientos, los tornillos o los bordes de una mesa.

O los calcetines de Andy Warhol. Escribía el artista neoyorquino en ‘Mi filosofía de A a B y de B a A’ que siempre que abres la lavadora se ha perdido un calcetín. ¿Dónde estará?

Entonces los obreros muertos por ahogamiento, trauma psíquico o sin información son como los calcetines de Andy Warhol, los viajeros de Cortázar o los becerros sacrificiales de Ferlosio. ¡Un simpático misterio!

No hay nada que decir sobre ellos porque ya todos hemos asumido que el progreso es muy caro y alguien tiene que pagarlo. ¿Con su vida? Pues con su vida.

Fecha de publicaciónagosto 19, 2020

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