viernes, 23 octubre 2020
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Seguridad privada, indispensables frente al covid-19

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El infalible aplauso de las ocho de la tarde, las videollamadas sustitutivas de salas de reuniones y barras de bar, el salón como gimnasio y patio de juegos o la fortuna de tener perro que sacar. No solo hemos cambiado nuestros hábitos diarios, también nuestro imaginario colectivo.

Nunca antes un ‘¿cómo estás?’ había sido una pregunta realmente sincera ni habíamos usado tanto palabras como esenciales o héroes sin banalizar su significado. Tal vez porque somos conscientes de que ‘quedarse en casa’ no es una opción para muchos profesionales. Médicos, enfermeros, celadores, farmacéuticos, cajeros, transportistas, trabajadores de la limpieza y grandes superficies, fuerzas y cuerpos del Estado, seguridad privada… Ellos se han convertido en los básicos de esta epidemia.

En España, hay más de 84.100 profesionales que se dedican activamente a la seguridad privada, según Aproser. En los hospitales, el transporte público o los supermercados, ellos guardan y vigilan. También, esenciales. También, héroes.

Benén Avilés

Seguridad en Metro de Madrid con Trablisa

Benén lleva media vida en la seguridad privada. Ahora se encarga de atender las incidencias que llegan desde el puesto de control de Metro Madrid. Es testigo directo de cómo ha cambiado el suburbano madrileño.

“Antes de que empezara el estado de alarma éramos personal de baja exposición. Ahora somos personal de primera línea”, cuenta Benén Avilés. Este madrileño de 39 años lleva dos décadas dedicándose a la seguridad privada. Desde 2017, trabaja con la empresa Trablisa como vigilante de seguridad en Metro de Madrid.

“Echas de menos la gente. Te falta el movimiento del día a día“

Su labor consiste en atender las incidencias que llegan desde el puesto de control de seguridad. Benén y su compañero recorren en un vehículo las instalaciones exteriores de Metro, controlando que el corazón subterráneo no se detenga. Aunque desde el coronavirus, y por razones de seguridad, su compañero y él ya no van sentados juntos dentro del coche. “Mantenemos la distancia de seguridad tanto a la hora de atender las incidencias como al interactuar con otras personas. Nuestro día a día ha cambiado mucho en cuestión de precaución. Ahora haces tu trabajo y te vas”, explica el vigilante.

De su rutina antes de que se iniciara la pandemia, lo que más extraña Benén es el movimiento continuo al que estaba acostumbrado. “Echas de menos la gente. Sientes soledad y tristeza por todo lo que está ocurriendo fuera mientras tú estás trabajando. Te falta el movimiento del día a día, el tomarte un café con los compañeros. Se nota mucho la carencia de personas”, señala. Aunque también añade que le sorprende ver aún tantos coches por las calles.

“Nos levantamos cada día con las mismas ganas de ir a trabajar“

El madrileño admite que la afluencia de viajeros ha disminuido gracias al confinamiento aunque todavía observa “personas que no se creen que esto sea serio. Gente que va sin guantes ni mascarilla y que sabes de sobra que no van a trabajar”. Su labor es importante pero dice que podrían hacer más. “Somos miles de profesionales de la seguridad privada, muchos de nosotros muy cualificados. Podríamos realmente ayudar a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, ya que estamos bajo su mando y están saturados”. Y realza la profesionalidad de su gremio: “Nos levantamos cada día con las mismas ganas de ir a trabajar. En mi caso, me despierto con la idea de que podría ser útil. Quizá hoy me necesite alguien”.

Los cambios en el trabajo también se trasladan a la vida familiar. “Estoy divorciado y tengo una niña de dos años. Desde que comenzó el estado de alarma, estoy sin verla. Hablamos por videollamada, pero no tengo contacto físico con ella”, reconoce Benén.

Julia del Viejo

Seguridad en Ifema con Prosegur

Julia ha sido administrativa gran parte de su vida laboral. Desde 2014, trabaja en Ifema en el centro de control de cámaras de vigilancia: el ojo que todo lo ve en el reconvertido recinto ferial madrileño.

Julia es extremeña y desde hace diez años vive en Madrid. En pocos días ha pasado de trabajar en uno de los recintos feriales más importantes de Europa al hospital de campaña más grande de España. Un gran complejo sanitario previsto para albergar 5.500 camas de hospitalización y UCI con el propósito de descongestionar la sanidad madrileña.

“Ifema es ahora un centro donde necesitas que te cuiden y devuelvan la salud“

Administrativa durante gran parte de su vida profesional, desde 2014 se dedica a la seguridad privada con Prosegur. El gigante Ifema siempre ha sido su lugar de trabajo. En un principio, realizaba rondas de vigilancia por los distintos pabellones; actualmente trabaja en el centro de control de cámaras, junto con otros cuatro compañeros. Todos ellos realizan turnos para poder relevarse y no coincidir más de dos en la sala.

Admite que todo ha variado en su trabajo. “Nuestra rutina la marcaban los eventos y las ferias que se celebraban (unas 720 anuales), ahora es una situación muy diferente. Ifema ha pasado de ser un lugar donde divertirse a un centro donde necesitas que te cuiden y te devuelvan la salud”. La mayoría de las gestiones se realizan por teléfono y, en caso de que no sea posible, la distancia de seguridad, la higiene y los EPIs son sus herramientas.

“Me quedo con la satisfacción del trabajo bien hecho“

Julia reconoce que durante esta crisis del Covid-19 le ha sorprendido gratamente la solidaridad de la gente: desde los miles de voluntarios que trabajaron, y trabajan, a destajo para medicalizar los pabellones 5, 7 y 9 de Feria de Madrid, el personal sanitario, de limpieza y todas esas empresas que han donado sus productos para abastecer el recinto. “Al estar en el centro de control, presencias escenas muy emotivas. Por ejemplo, cuando los pacientes son dados de alta se les despide con un aplauso en el hall sur. Allí les esperan sus familiares y se le recibe con frutas, zumos, dulces y otros productos donados por las empresas. Se ve a la gente contenta y eso me gusta”, explica Julia feliz.

Madre de un niño, la extremeña comparte profesión con su pareja, hecho que le obliga a aumentar aún más las medidas de seguridad en su propia casa. “Nada de besos y abrazos hasta que no me ducho y cambio de ropa”, ríe. Aunque extraña un día a día que no esté marcado por la tristeza, Julia se siente orgullosa de su trabajo. “Veo como todos mis compañeros están dando el 100%, ya sea arriba en control de cámaras o abajo en las puertas de los pabellones. Me quedo con esto, la satisfacción del trabajo bien hecho”, concluye.

Andrés González

Seguridad en un hospital con Sabico

Andrés es desde hace 25 años vigilante de seguridad. Hoy, desde un hospital madrileño, aporta su granito de arena en ese engranaje que trabaja 24/7 para contener la epidemia del Covid-19.

“Hemos pasado por varias crisis, la gripe A o el ébola, pero como esta ninguna”, explica Andrés, vigilante de seguridad en un hospital madrileño y que conforma esa colmena que trabaja 24/7 para contener la epidemia del Covid-19.

“Vemos el lado más humano y muchas muestras de solidaridad“

Andrés González trabaja en seguridad privada desde hace 25 años y más de la mitad de su vida laboral ha formado parte del equipo de seguridad en hospitales de la región. “Nuestra función es básicamente ayudar a guardar el orden público y que no se produzcan altercados en el hospital, proteger al personal sanitario y que todo fluya con normalidad”, explica el vigilante, que ahora está contratado por la empresa Sabico.

Desde que comenzó “la pesadilla del Covid”, su hospital se ha transformado radicalmente para luchar contra la pandemia. Sin embargo, también le reconforta ver cómo está aflorando el lado más humano. “Vemos muchas muestras de solidaridad: traen periódicos todas las mañanas para que se distribuyan entre los pacientes ingresados; también hemos recibido flores para repartir entre pacientes y personal; están trayendo diariamente palés de bebida y comida para los sanitarios, por las noches pizzas para que cenen; policía y protección civil vienen todos los días a las ocho de la tarde para el aplauso”.

De su trabajo echa de menos la rutina normal, pero se queda con la solidaridad entre compañeros

El vigilante se alegra de saber que la sociedad está reconociendo el trabajo tan duro que están haciendo. “Ellos (los sanitarios) están al pie del cañón, desbordados, trabajando al 100%”.

En casa, viven muy de cerca la situación, ya que tanto Andrés como su hijo mayor trabajan en hospitales. Su primogénito como Tiga (Transporte Interno y Gestión Auxiliar), por lo que extreman la higiene cada vez que terminan su jornada laboral. De su trabajo echa de menos la rutina normal, pero se queda con la solidaridad entre compañeros, quienes ayudan en lo que haga falta en un momento tan extraordinario como éste. Todos a una para ir saliendo poco a poco y retomar la normalidad.

Lorenzo Muñoz

Seguridad en Cercanías Renfe-Atocha con Segurisa

Lorenzo es vigilante de seguridad en Cercanías Renfe. Como responsable de equipo, su labor consiste en supervisar todo lo que ocurre en una estación donde confluyen las nueve líneas que conectan de punta a punta la región.

Todo el que haya estado alguna vez en Madrid conoce la estación de Atocha. Un maremágnum de viajeros, hasta 270.000 diarios, andenes y trenes donde no cabe un alfiler en horas punta y la confluencia de nueve líneas que unen la capital de punta a punta. En mitad de ese ajetreo, Lorenzo Muñoz se mueve como pez en el agua.

La actividad de la estación no se acerca ni a un agosto madrileño

Este vigilante vallecano de 45 años, con más de diez años de experiencia, es responsable de equipo en Atocha. Su labor consiste en supervisar, desde sus compañeros hasta los turnos e incidencias que puedan ocurrir en la estación. Un servicio 24/7 subcontratado por la empresa Segurisa.

De su día a día antes de que empezara la epidemia echa de menos muchas cosas. Entre ellas, ese continuo movimiento en las instalaciones ferroviarias. “La cantidad de gente que pasa por la estación es abrumadora. Ver ahora todo cerrado, los bares, locales… Es un poco triste”, reconoce con pesar el vigilante, quien además añade que el funcionamiento de la estación ni siquiera se acerca a un agosto madrileño, 1 de enero o la mañana de Reyes.

“Psicológicamente tienes que cambiar el chip“

Ahora, al estar la estación más tranquila, se producen menos incidencias y ello les permite estar más pendiente de los viajeros, vigilar que mantienen la distancia de seguridad. Unos usuarios que, como todos, han cambiado su comportamiento. Los pocos que aún siguen cogiendo el tren para desplazarse suelen ir ataviados con guantes de látex y mascarillas. Aunque también reconoce que todavía hay personas que parecen no ser conscientes del estado de alarma; y otras, como los sintecho, que no tienen más lugar donde ir que el transporte público. “Psicológicamente tienes que cambiar el chip. Esta es la situación, lo que toca ahora. Un momento complicado, que no se nos va a olvidar fácilmente”, explica Lorenzo.

Sin embargo, cuando llega a casa, su mujer e hijos son su evasión. Besos y abrazos que le permiten desconectar de esta nueva rutina, una vez bien duchado. “Siempre intentas tratarlo con naturalidad y, sobre todo, con responsabilidad. No eres un bicho raro, necesitas ese cariño de tu familia”, admite Lorenzo. También reconoce que, incluso cuando libra, siempre está preocupado por sus compañeros. Y es que en este momento en el que el sector de la seguridad privada forma parte de los servicios esenciales, el madrileño considera que con su labor sí está contribuyendo al aplanamiento de la renombrada curva.

Ana Belén Marcellán

Transporte de fondos en Loomis

Ana Belén trabaja como conductora de transporte de fondos, suministrando dinero en metálico a supermercados, gasolineras y bancos que dependen de esta forma de pago para que todo siga funcionando pese a la cuarentena.

A Ana Belén, de 43 años, la vocación le vino casi de casualidad, pero le vino fuerte. “En realidad estudié el bachiller artístico y mi idea era hacer Bellas Artes. Pero en una academia estudié azafata de avión, hacían un curso de vigilante, me llamó la atención y lo hice. También otro de vigilante de explosivos y de vigilante privado”. Además, su pasión por la seguridad privada le ha llevado a estudiar el grado de Criminología y Seguridad, que terminó hace dos años. Su sueño, de hecho, va más allá: “Me encanta la ciberseguridad y ojalá un día pueda dedicarme a ello”.

“El dinero en efectivo es el instrumento de pago más accesible“

Ana Belén es conductora de transporte de fondos en Loomis. Aunque por su trabajo no suele interactuar con mucha gente, es consciente de lo esencial que es su labor entregando dinero en efectivo: “No todo el mundo tiene acceso a tarjeta, sobre todo las personas mayores o las más desfavorecidas. Para esas personas el dinero en efectivo es esencial. Es el instrumento de pago más accesible y privado para todo el mundo y el más seguro frente al fraude electrónico o la falsificación”. En su opinión, “aunque haya gente que pague con tarjeta, el dinero en efectivo es fundamental para muchos tipos de comercios”. Los transporte de fondos resultan esenciales para supermercados, gasolineras, bancos y demás negocios que dependen, en gran medida, de la disponibilidad de dinero en metálico.

Desde que empezó el confinamiento, va especialmente protegida a la hora de desempeñar su trabajo: “Tenemos un protocolo para minimizar riesgos de contagio con medidas higiénico-sanitarias. Nos han dado gel hidroalcohólico para poder desinfectarnos, guantes y mascarillas y pulverizadores; además, guardamos las distancias de seguridad”. La empresa también desinfecta los vehículos al acabar cada jornada.

La empresa desinfecta los vehículos al acabar cada jornada

¿Y qué pasa en su casa? “Cuando alguien llega de la calle, el otro le espera con bayeta y un pulverizador diluidos en lejía con agua. Todo lo que traemos de la calle lo desinfectamos, nos descalzamos, entramos de puntillas, nos quitamos la ropa y a la ducha”.

Jonatan Cabello

Técnico de sistemas en Securitas

Jonatan es técnico de sistemas, un trabajo semiinvisible que no solo ayuda a las empresas a que no paren su actividad, sino que también garantiza la seguridad en los diferentes entornos de trabajo.

Están siendo días intensos para Jonatan Cabello. Este técnico de sistemas, que actualmente trabaja en Securitas Tecnología, ha visto cómo su labor diaria ha cambiado de manera sustancial. No solo por la forma en que desempeña su trabajo, sino también por el propio contenido de su empleo: sus clientes empiezan a pedir nuevos servicios o productos más afines a la situación que estamos viviendo.

“Nos piden que instalemos cámaras termográficas para medir la temperatura de sus empleados“

“Ahora mismo muchas empresas nos están pidiendo que les instalemos cámaras termográficas para medir la temperatura de sus empleados”. De este modo, las soluciones que instala Jonatan ya no solo ayudan a las empresas a poder trabajar, sino que además se convierten en fundamentales para que todas puedan asegurar que el trabajo se hace con la mayor seguridad que esté a su alcance: “Lo que buscamos es poder hacer una detección temprana en las personas trabajadoras o visitas que acuden a sus instalaciones”.

Lo que también ha cambiado son sus forma de trabajar: “Ahora lo hacemos casi todo por teléfono, ya casi no hay salidas. Y cuando tienes que desplazarte, la verdad es que llama mucho la atención ver cómo todos respetamos las distancias de seguridad, el trato con otras personas, etc. Todo eso ha cambiado”. Pese a la transformación que está viviendo, se siente satisfecho con su trabajo: “Siento que puedo ser útil. Todas las personas que trabajamos en seguridad formamos parte de la solución, es lo que podemos aportar para que se aplane la curva“. Jonatan sabe que su trabajo puede ser semiinvisible con respecto a otras profesiones pero sin su labor devolverle a la sociedad la rutina que ansía puede ser más difícil de lo esperado.

“Todas las personas que trabajamos en seguridad formamos parte de la solución“

A nivel personal, reconoce que lo está llevando ‘medianamente’ bien: “Vivo con mi mujer y mi hijo y siempre tenemos medidas de protección, de lavarnos las manos, la ropa, etc.”. Algo que se vuelve esencial e imprescindible cuando tiene que realizar esos desplazamientos imprescindibles y volver a entrar en casa.

Silvia Ruíz

Vigilante en un supermercado con Ilunion Seguridad

Silvia lleva 19 años en la seguridad privada, compaginándolo con otras profesiones como conductora de autobuses escolares. Tras el cierre de los colegios, se centra en la seguridad en un supermercado malagueño.

Algo tan cotidiano como hacer la compra se ha convertido en este último mes en una de las pocas actividades que podemos seguir realizando fuera de casa. Esto hace que el personal que se encarga del funcionamiento de supermercados y otras superficies sean considerados indispensables. Entre ellos, destacan los vigilantes de seguridad como Silvia Ruíz.

En su supermercado es obligatorio el uso de guantes y gel hidroalcohólico

Esta malagueña lleva 19 años en la seguridad privada. Ha estado compaginando la vigilancia con otras profesiones, pero en la actualidad es su única ocupación. “Antes de que comenzara la epidemia, cuando el horario era más flexible, compatibilizaba mi trabajo de vigilante con la conducción de autobuses escolares, de colegios e institutos”, cuenta Silvia. A día de hoy, realiza su labor en los supermercados Supeco, pertenecientes a Carrefour, contratada por Ilunion Seguridad.

Silvia explica lo mucho que ha variado su rutina, ya que ha pasado de estar realizando rondas o controlar la entrada a garantizar el aforo máximo de su Supeco y que los clientes cumplan las distancias de seguridad y medidas de higiene establecidas: uso obligatorio de guantes y gel hidroalcohólico. “Estoy permanentemente en la entrada, al haberse cerrado todas las puertas y dejado un único acceso de entrada y salida”.

“Ves como ahora la gente valora más las cosas“

Silvia, al igual que sus compañeros del supermercado, vivieron esa primera oleada de compras masivas, donde una marabunta de personas arrasaban con los productos como si fuera el fin del mundo. “A pesar de que yo intentaba tranquilizar a la gente, asegurándoles que llegaban camiones todos los días y que no iba a haber problemas de desabastecimiento, daba igual. No te hacían ningún caso. Ahora, sin embargo, parece que el ambiente está más tranquilo”, explica la malagueña. También admite que cada día observa que las personas están más concienciadas e incluso son más agradecidas. “Ves como ahora la gente valora más las cosas, te dan los buenos días y agradecen tu trabajo, te piden que te cuides… Cosa que antes no pasaba”.

Entre lo que más extraña Silvia de su rutina es la alegría. “Se nota que falta”, señala. Aunque anécdotas como los atuendos que llevan algunos clientes (máscaras de Star Wars o trajes de camuflaje) o ese perro exhausto que jamás había salido a pasear tantas veces, le animan. No obstante, reconoce que también le enfadan ciertas actitudes como esas compras innecesarias y repetidas en un solo día. Sus tres hijos, a los que dedica toda la atención cuando no está trabajando, son los verdaderos responsables de llenar su vida con esa alegría que falta en el supermercado. “Lo mismo bailo que juego a los playmobil”, explica entre risas.

Enrique López

Transporte de fondos en Prosegur Cash

Enrique trabaja como porteador de transporte de fondos. Junto a dos compañeros, recorre la capital abasteciendo de dinero en efectivo a todos aquellos establecimientos y negocios imprescindibles para el funcionamiento de la economía.

Uno de los poco lugares a los que los ciudadanos pueden ir durante la cuarentena son los supermercados pero también bancos y gasolineras, donde unos reponen su depósito de combustible y otros, quizá los más alejados del centro de las ciudades, acuden para hacer las compras imprescindibles de estos días.

“Vamos a los servicios ‘volados’, porque no hay tráfico“

Estos lugares son frecuentados por Enrique López, de 54 años, testigo privilegiado de estos movimientos. Enrique trabaja como porteador de transporte de fondos en Prosegur Cash y abastece de dinero a supermercados, gasolineras, bancos, cajeros y otros establecimientos esenciales estas semanas. Lo hace en un furgón junto a dos compañeros: el conductor y el escolta. Todos ellos especialmente protegidos y con medidas de higiene, distanciamiento y seguridad especiales. La intención es que todos los comercios esenciales tengan todas las garantías de disponibilidad de fondos sin poner en riesgo a los trabajadores.

Durante estos días hay algo que a Enrique le ha llamado mucho la atención y que, aunque lo agradece, no deja de ser llamativo: “Vamos a los servicios ‘volados’, porque no hay tráfico. El tráfico nos condiciona muchísimo, hay rutas que van por el centro y antes tardabas una hora en un trayecto muy corto. Ahora no tardamos nada, está todo vacío”. De hecho, las situaciones reales superan a casi cualquier película de ficción que podamos imaginar: “Hace poco, en la calle Arenal, junto a la Puerta del Sol, estábamos nosotros, la Policía y algún barrendero. Ahora los recorridos se acortan muchísimo”. Desde su furgón ve de primera mano lo que supone paralizar casi la totalidad de la actividad económica y social de nuestro país, silencio absoluto.

“Estamos contribuyendo a que los servicios mínimos funcionen“

Precisamente por ello, Enrique está más que satisfecho de la labor que está haciendo: “Somos parte de los que están trabajando y contribuyendo a que los servicios mínimos funcionen. Lógicamente, hay colectivos, como el de los sanitarios, que están llevando a cabo una labor heroica, pero nosotros también contribuimos con nuestro trabajo. El acceso al dinero en efectivo es muy importante para mucha gente, por eso creo que todos los que salimos a la calle a trabajar estos días somos parte muy importante del aplanamiento de la curva”.

Fecha de publicaciónabril 19, 2020

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