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La pandemia descoloca a los ejércitos y amenaza las inversiones en Defensa

Paula Chouza y Carlos Torralba

La crisis transforma la actividad de las Fuerzas Armadas, ocupadas en la lucha contra el virus

Los estragos del coronavirus, que mantiene a la mitad de la humanidad en cuarentena y deja ya más de 185.000 muertos, se manifiestan de un modo concreto en el sector de la Defensa. No solo por el papel esencial de algunos ejércitos en la crisis, que han aparcado sus operaciones tradicionales —una gran parte de las maniobras militares han sido suspendidas— para apoyar las labores de emergencia nacionales (construcción de hospitales de campaña, tareas de desinfección, control de fronteras, traslado de cadáveres…), sino también por la paralización de la actividad industrial y las consecuentes pérdidas económicas. Con unas finanzas asfixiadas por el combate contra el virus, muchos Estados deberán ajustar sus objetivos militares en los próximos años.

Decenas de ejércitos se han visto forzados a cancelar ensayos militares programados desde hace meses, una situación sin parangón. Además de suspender maniobras conjuntas con aliados en Asia, como Corea del Sur y Filipinas, Washington frenó a última hora —cuando 6.000 de sus soldados ya se habían desplazado— el que iba a ser el mayor despliegue de tropas estadounidenses en Europa en más de 25 años. Moscú reaccionó abortando las maniobras que iba a realizar cerca de sus fronteras occidentales. La OTAN, por su parte, detuvo sus operaciones en el Ártico ocho días antes de lo previsto.

El parón, sin embargo, no ha sido total. Corea del Norte —que sigue sin reconocer ningún contagio en el país— respondió a la suspensión de los ensayos de sus dos principales enemigos con unas pruebas de artillería en las que convirtió un islote en un “mar de llamas”, según Pyongyang. Además, marzo fue el mes con más ensayos balísticos desde que Kim Jong-un tomó el mando en 2011. Tampoco el Pentágono ha cancelado todas sus operaciones programadas; mantuvo sus ejercicios en Emiratos Árabes Unidos a finales del mes pasado. China, mientras tanto, completó con Camboya sus mayores maniobras conjuntas y a comienzos de abril, Rusia ensayaba con aviones de combate y bombarderos cómo contrarrestar un ataque en Crimea.

El grueso de la actividad militar se concentra hoy en paliar los efectos de la pandemia. La participación de las tropas en la gestión de esta crisis ofrece varias ventajas, aunque su papel varía en función de las leyes de cada país, que permiten a los militares operar de manera distinta. Por un lado, el ejército cuenta con una gran cantidad de mano de obra que está entrenada en tareas específicas que realiza con eficacia, pero además, los militares son capaces de aprender muy rápido otras nuevas, señala Jack Watling, investigador del Royal United Services Institute (RUSI), un think tank británico especializado en defensa y seguridad. “Por otra parte, el ejército tiene una amplia experiencia en planificación y manejo de crisis, puede evaluar muy rápido qué recursos se necesitan o cuáles están disponibles”, añade, algo que en un momento dado serviría para suplir las carencias organizativas de los funcionarios locales y levantar, por ejemplo, hospitales de emergencia en tiempo récord. Las Fuerzas Armadas poseen, además, una importante flota de vehículos y, a menudo, reservas de material médico. “El problema es que el ejército tiene un tamaño limitado, por lo que si comprometes todos los recursos al comienzo de la crisis, no estarán disponibles cuando la situación empeore”, advierte el analista.

Otros expertos creen que no debería ser tarea de los militares combatir emergencias como la actual. Y que recurrir a ellos es una muestra de mala planificación. “En muchos casos se está poniendo a los soldados en una situación vulnerable frente al virus”, señala Charlie Dunlap, general retirado estadounidense y actual director ejecutivo del Centro para la Ley, Ética y Seguridad Nacional de la Universidad de Duke. “Tampoco hay que olvidar que la naturaleza de las Fuerzas Armadas es de por sí autoritaria, por lo que dotarlas de funciones civiles en una emergencia no es lo más sano para las democracias avanzadas”, añade.

El virus ya pasa factura entre las tropas. Más de una veintena de países han anunciado positivos entre sus soldados; también ha habido algunas muertes —como las de 12 altos cargos iraníes o un par de generales egipcios—. China, por su parte, afirma que ninguno de sus más de dos millones de militares ha caído contagiado. “Una proporción de los efectivos se pondrá enferma y eso afectará a la preparación del ejército, porque no se puede predecir qué unidades estarán disponibles cuando haya que realizar operaciones militares”, considera Watling.

A pesar de la destrucción de millones de empleos en pocas semanas, reforzar las Fuerzas Armadas con más personal tampoco parece una opción sencilla. La mayoría de programas de reclutamiento han tenido que suspenderse por el riesgo de contagios. Es el caso, por ejemplo, de Turquía, que, además, para evitar desplazamientos ha decidido prolongar durante al menos un mes el servicio militar de quienes lo completaban estos días.

“Al centrarse en el virus, los miembros de la OTAN están descuidando otros peligros. Sus adversarios son conscientes de que ahora son más vulnerables frente a un ciberataque, por ejemplo”, apunta Dunlap. Sabedores de ello, en el Pentágono remarcan que su tríada nuclear —misiles balísticos, bombarderos estratégicos y submarinos— sigue siendo igual de efectiva. Y el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, advertía a Rusia hace unas semanas en una entrevista en EL PAÍS de que la Alianza “mantiene intactas sus capacidades”.

Soldados de Corea del Sur, en tareas de desinfección, el 4 de marzo en Seúl

Con la pandemia lejos de resolverse, resultan aún impredecibles muchas de sus consecuencias geopolíticas. Sin embargo, los expertos coinciden en que la tensión entre las dos principales potencias se agudizará. “Las actuales fricciones entre China y EE UU —guerra comercial, la red 5G o el pulso en el Pacífico, entre otros— no harán más que agravarse, incluso aunque Donald Trump no salga reelegido en noviembre”, señala por correo electrónico Ryan Hass, analista de Brookings Institution. China continúa con sus operaciones navales en torno al mar del Japón y al estrecho de Taiwán que refuerzan su posición hegemónica en la región. También ha habido algún encuentro entre cazas taiwaneses y del ejército chino sobre la isla autogobernada. “En Taipéi —aliado de Washington e importador de armamento exclusivamente norteamericano— creen que Pekín se está aprovechando de haber logrado salir de la crisis antes que otros”, señala Tong Zhao, experto en seguridad del Carnegie-Tsinghua Center for Global Policy.

Inevitable es ya el impacto de la pandemia en la industria armamentística occidental, que ve afectada, cuando no paralizada, la producción. Algunas compañías, incluso, se han adaptado para servir de apoyo en la lucha contra la pandemia. En España e Italia los Gobiernos han tenido que adoptar medidas para restringir toda la actividad no esencial en el país durante algunas semanas. El fabricante Airbus, segunda empresa de armamento de Europa, cerró sus plantas en territorio español —además de en Francia— durante unos días en marzo, y a su reapertura, comenzó a fabricar respiradores con impresoras 3D para hospitales. Durante el parón, los astilleros públicos Navantia solo operaban dando servicio a las reparaciones de barcos militares, pero la compañía trabajaba en la fabricación de pantallas de protección facial y respiradores. Los efectos de la crisis se han reflejado también ya en los resultados de las grandes compañías en las Bolsas. Las acciones de la aeroespacial estadounidense Lockheed Martin, por ejemplo, cayeron desde el 10 de febrero hasta el 22 de abril un 13,5%, mientras que las de la aeronáutica italiana Leonardo se desplomaron más del 49%.

Pese a que los analistas consideran que todavía es pronto para evaluar hasta qué punto el parón económico y el ingente gasto público para paliarlo afectarán a las partidas de defensa nacionales —y a los proyectos armamentísticos más ambiciosos— los previsibles recortes obligarán a redefinir en algunos casos los objetivos militares. “Esta crisis va a costar mucho dinero a muchos países”, afirma Watling. En el caso del Reino Unido, el Gobierno elabora en estos momentos la denominada Revisión Integrada de Seguridad, Defensa, Desarrollo y Política Exterior, un documento que busca revaluar las prioridades y su enfoque para la próxima década. “Si la cantidad de la que disponemos para gasto en Defensa se reduce, habrá programas que ya no serán viables”, sentencia el investigador del RUSI.

Con este panorama, que deja la economía de algunos Estados asfixiada por la respuesta a la crisis, el compromiso fijado entre los miembros de la OTAN de destinar un 2% del producto interior bruto a Defensa se vuelve un desafío aún mayor. Hasta la fecha, tan solo nueve de los 30 países miembros cumplía con el objetivo. “No espero grandes cambios en EE UU, pero creo que parte de la política y la sociedad europea exigirá reducir el gasto en misiles, cazas o renovar su arsenal nuclear —caso de Francia y del Reino Unido—”, confía Lawrence Wittner, profesor emérito de Historia en la Universidad de Albany (Nueva York) y defensor de las políticas de desarme.

Fecha de publicaciónabril 24, 2020

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