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Las Termópilas de la Legión: el puñado de héroes que murió por España en Iguermisén

Manuel P. Villatoro

El 5 de junio de 1923, un grupo de soldados a las órdenes del teniente Federico de la Cruz Lacaci se negó a retirarse y defendió, a costa de multitud de bajas, el convoy que se dirigía a Tizzi-Azza

El cuándo y el dónde son dos factores capaces de marcar el devenir de una batalla. Los cercanos años veinte, en mitad del Rif, son ejemplo de ello. En cualquier otra circunstancia habría sido difícil que un puñado de españoles tuvieran que enfrentarse -casi en solitario- a un sin fin de enemigos. Pero, por entonces, la dificultad de trasladar tropas hasta el norte de África llevó a estas contiendas desiguales. Durante la Guerra de Marruecos hubo una infinidad. Y sus protagonistas fueron, en muchos casos, los combatientes de las Legión española; hombres cuya situación recordaba a los soldados de los Tercios que, cinco siglos antes, se veían obligados a tirar de ingenio, valor y naso para suplir su escaso número.

Por continuar con las comparaciones, el caso que hoy nos ocupa (la defensa de la posición de Iguermisén del 5 de junio de 1923) es, si cabe, más que similar a la gesta acometida por los espartanos en las Termópilas. Primero, porque la contienda se libró en un desfiladero. Segundo, porque contó con un Leónidas muy castizo: el teniente Federico de la Cruz Lacaci. El oficial del todavía Tercio de Extranjeros tomó primero con sus hombres aquella posición para acallar el fuego de los rifeños y, a continuación, la defendió para cubrir al convoy español que se dirigía a Tizza-Azza. Regresó tan solo con cuatro compañeros ilesos. De hecho, ni siquiera evitó el frío abrazo de la muerte (la eterna compañera y novia, que decían) su superior, el teniente coronel Valenzuela.

Inicio de la pesadilla

Iguermisén se enmarca dentro de la Guerra de Marruecos iniciada a principios del siglo XX. Con el objetivo en la mente de afianzar el territorio del Protectorado que la comunidad internacional había entregado a nuestro país décadas atrás, España envió durante veinte años miles y miles de soldados hasta el norte de África. En su contra se hallaban las kábilas (tribus) locales lideradas por el caudillo Abd el-Krim, especialista en soliviantar los ánimos de sus compatriotas para cometer todo tipo de tropelías contra el ejército peninsular.

En principio dio la impresión de que la superioridad militar se impondría, pero nada más lejos de la realidad. El enemigo supo aprovechar su superioridad numérica y su conocimiento del terreno para poner en jaque a su enemigo (el ejército español). Difícil situación para los nuestros.

Silvestre, artífice del Desastre de Annual
Silvestre, artífice del Desastre de Annual

La situación terminó de recrudecerse cuando, a finales de julio de 1921, los rifeños cercaron el campamento de Annual (a 60 kilómetros de Melilla) y, tras varios días, acabaron con la vida de entre 8.000 y 10.000 soldados españoles cuando éstos se retiraban. Tal fue la masacre, que aquel suceso quedó grabado con letras de sangre en los libros de historia peninsulares como el «Desastre de Annual». Por suerte, el alto mando actuó de forma rauda y, con ayuda de la Legión y los Regulares, defendió Melilla del avance del ejército rifeño y evitó una debacle todavía mayor. Así ha quedado grabado en la historia, aunque Abd el-Krim (probablemente con cierto resentimiento porque se hubiera contenido su ofensiva) siempre declaró que no había querido tomar la urbe debido a que habría provocado el rechazo de la comunidad internacional.

Con Melilla segura, y después de que el frente se estabilizara, en 1923 los oficiales españoles idearon una operación para acabar, de forma definitiva, con los insistentes ataques del ejército rifeño. El primer objetivo fue Tizzi-Azza, una posición ubicada a menos de 100 km de Melilla y que necesitaba ayuda por encontrarse asediada.

En junio de ese mismo año iniciaron, pues, los preparativos para socorrer a sus compatriotas cercados. La idea era sencilla, pero eficaz: formar un convoy que, escoltado por varias columnas de infantería, introdujera suministros a la desesperada en la posición. Esta era, por descontado, una tarea difícil, pues los rifeños sabían que la única forma de desalojar a los hispanos de aquel lugar sin perder una gran cantidad de hombres era esperar a que murieran de hambre y sed o se quedaran sin munición.

Convoy a Tizzi-Azza

«En tan molesta situación […] se hacía indispensable batir al osado provocador y darle la verdadera sensación de nuestra fuerza y poder. El día 1 […] se trazó un plan para aprovisionar las posiciones del sector de Tizzi-Azza y ocupar y fortificar algunos puntos que asegurasen con toda garantía el camino que, en lo sucesivo, habría de seguir el convoy, batir la harca echándola de los alrededores y evacuar los heridos y enfermos de aquellas posiciones», destaca el Servicio Histórico Militar como autor conjunto de la obra «Historias de las campañas de Marruecos» (ubicada en el Instituto de Historia y Cultura Militar).

A pesar de que el tiempo corría en contra de las tropas asediadas, fue necesario aguardar unas jornadas más de lo esperado para realizar la misión. «Hasta el 5 no fue posible llevar a cabo el referido plan, ya que con el desgaste sufrido en los anteriores combates se habían disminuido los efectivos de las fuerzas de choque, además de que era preciso concentrar un gran número de ellos que nos diera superioridad sobre el enemigo y reunir los elementos de municionamiento, enlaces y ganado para el convoy que había de llevarse tanto a las posiciones ocupadas como a aquellas que se pretendían establecer», se añade en el texto.

pOSICIÓN DE tIZZI-aZZA
Posición de Tizzi-Azza

Como era de esperar, para la defensa de este determinante convoy se seleccionó (entre otras unidades) a la sufrida Legión española, siempre en primera línea de fuego. Una de las banderas elegidas fue en la que se hallaba el por entonces teniente Federico de la Cruz Lacaci, un ferrolano de 23 años que ya había demostrado su valor en ofensivas como la de Sebt, donde fue herido en la cabeza mientras defendía el repliegue de su compañía.

«El día 3 de junio se trasladó con su bandera a Tarfesit y, al alba del día 5 de junio, el Tercio de Extranjeros al mando de su jefe, el teniente coronel Rafael de Valenzuela, se integró en la columna mandada por el general Agustín Gómez Morato con el objetivo de dar protección al convoy», explica el comandante de Infantería Francisco Ángel Cañete Páez en su documentado dossier «Federico de la Cruz Lacaci».

Sangre y dolor

Una vez dispuesto el convoy, se estableció que siete columnas abrirían paso y asegurarían el avance a través de las múltiples colinas que rodeaban la posición de Tizzi-Azza. Para ello, las fuerzas se dividieron en tres grupos. El primero, al mando del coronel Fernández Pérez, estaría formado por cuatro unidades y se encargaría de proteger el flanco izquierdo. El segundo, a las órdenes del coronel Salcedo, lo compondrían dos subgrupos con la tarea de asegurar las posiciones del ala derecha. El último, dirigido por el general Echagüe, se situaría en reserva.

La columna de Agustín Gómez Morató (que incluía en su vanguardia varias banderas de la Legión) recibió, entre otros, el objetivo de dominar el barranco de Iguermisén, una labor para nada sencilla. «¡Mañana entrará el convoy en Tizzi Azza o moriremos todos, porque nuestra raza no ha muerto aún!», afirmó Valenzuela, al frente del Tercio de Extranjeros tras la salida de José Millán-Astray.«¡Mañana entrará el convoy en Tizzi Azza o moriremos todos»

A pesar de la aparente simplicidad del objetivo, la misión era sumamente peligrosa, pues, cuando los rifeños descubrieran las intenciones de los españoles, podrían usar su mayor conocimiento del terreno para atrincherarse encima de los montículos y, desde una ventajosa posición elevada, soltar una mortal lluvia de fuego sobre los soldados hispanos.

La operación comenzó con los primeros despuntes del alba del 5 de junio. Sin embargo, y para sorpresa de los oficiales peninsulares, los rifeños se adelantaron a los movimientos de las tropas españolas y, tras un breve avance hispano, abrieron fuego sobre ellas desde varios barrancos cercanos. Esta acometida fue especialmente violenta para las tropas de Gómez Morató. «El día 5, a la vanguardia de la columna del coronel Gómez Morato, marcha Valenzuela con sus legionarios. La I y II Banderas marchan en dirección a la Posición Benítez, la IV marcha por la barranca de Buhafora hacia Tizzi Azza. El combate se generaliza. Regulares y legionarios son frenados en su avance», explica Luis E. Togores en «Historia de la Legión española. La infantería legendaria, de África a Afganistán».

Tercio, al ataque

Bajo el fuego enemigo y ante el miedo de que el convoy se quedase bloqueado, Gómez Morató fue claro con sus hombres: tocaba cargar. Valenzuela, al mando entonces la II Bandera (en la que se hallaba nuestro Lacaci como teniente), debía dominar el barranco de Iguermisén (un promontorio cercano) y ocupar la posición de la Tahuarda. Se lanzó a ello con sus hombres con la bayoneta calda. «El enemigo se había fortificado en una especie de trincheras naturales y rudimentarios pozos de tirador, contando además con la protección que le brindaba el tener ocupada una de las laderas desde la que sometían a las tropas españolas con fuego certero», señala, en este caso, el comandante de infantería. A pesar de los escollos, el Tercio de Extranjeros comenzó su avance.

Así narró, en días posteriores, el diario ABC aquel suceso:

«Pero apenas la columna del coronel Gómez Morató había penetrado en el camino para ascender a [la posición de] Benítez, el enemigo abrió por todas partes el fuego, y se pudo ver perfectamente que todas las barrancadas estaban ocupadas por los rebeldes. Grupos de estos se apresuraban a ocupar las alturas apenas nuestras tropas descendían de ellas. Calcúlate que los enemigos serían unos 7.000».

Campaña de Melilla, 10/3/1924. Un convoy a Tizzi-Azza. Fuerzas del Tercio dispuestas para proteger la operación
Campaña de Melilla, 10/3/1924. Un convoy a Tizzi-Azza. Fuerzas del Tercio dispuestas para proteger la operación – LITRÁN

Su efusividad, sin embargo, se vio ralentizada por los incesantes disparos enemigos. El Tercio no tuvo más remedio que detenerse a los pies del barranco. Valenzuela, no obstante, ordenó al cornetín de órdenes que tocara a carga. Para dar ánimos a sus hombres, se puso además en primera línea y lideró el asalto a bayoneta. En una mano, el gorrillo legionario; en la otra, su pistola. Pero enemigo no respetó su valor y cayó fulminado por un disparo en la cabeza. De nuevo, el diario ABC le dedicó un extenso artículo a su actuación aquella jornada:

«El combate ha sido muy duro. […] Las tropas europeas y las indígenas han combatido con gran entusiasmo y abnegación, oyéndose con frecuencia gritos de ¡Vivas a España! Cuando entraban al arma blanca. Las fuerzas del Tercio se han excedido en heroísmo. Se abrían paso con los machetes. No se concibe más desprecio por la vida. El teniente coronel Valenzuela, llevando con una mano la gorra y en la otra la pistola, marchó a desalojar al enemigo de la barrancada. Al descolgarse con sus fuerzas por Peña Tahuarda gritó: “¡Legionarios, viva la Legión y adelante!”. Poco después caía muerto con un balazo en la cabeza y otro en el vientre».

Caído su superior, Lacaci se armó de valor, tomó el mando y se lanzó sobre las posiciones enemigas. El ataque fue tan contundente que logró desalojar a los rifeños. Pero, ahora, quedaba mantener la posición, la tarea más difícil.

Termópilas de la Legión

Narra el comandante de infantería que los rifeños, al darse cuenta de los escasos legionarios que habían sobrevivido al asalto, se armaron de valor y se dispusieron a recuperar la posición dominada por Lacaci (llamada la Loma de las Piedras) a golpe de fusil. Pero el teniente no estaba dispuesto a huir y se mantuvo estoico en su puesto durante varias horas.

Así lo corrobora José Luis Isabel Sánchez en la biografía elaborada sobre este personaje para la Real Academia de la Historia: «Una vez desalojado el enemigo, se sostuvo heroicamente en el terreno conquistado, a pesar de los violentos esfuerzos que para reconquistarlo hicieron los moros al darse cuenta de los pocos soldados que le acompañaban.

Lacaci, con el uniforme del Tercio
Lacaci, con el uniforme del Tercio

Lacaci defendió la colina hasta que tuvo consciencia de que el convoy de suministros había llegado hasta Tizzi-Azza. Solo entonces tocó a retirada. Aunque no antes de recoger a los heridos y a los muertos. Por desgracia, durante esta última fase de la batalla una explosión mermó de forma drástica las, ya de por sí, escasas fuerzas que le acompañaban. De una unidad entera, apenas estaba rodeado por… ¡cuatro legionarios! No le importó y, con dificultad, consiguió cumplir su misión.

Su heroica acción, por la que le fue concedida a la postre la Cruz Laureada de San Fernando, se completó con un regreso al campamento digno de una película y que así registró ABC:

«En el barranco próximo a la Rocosa, donde luchaban todos los legionarios con centenares de indígenas, cayeron muchos moros. El Teniente del Tercio, Federico Cruz Lacaci, con cuatro legionarios […] estuvieron desorientados durante cuatro horas hasta que descubrieron la posición de Benítez, en la que se refugiaron. Lacaci llevaba una bandera de la Legión. En los primeros momentos se creyó que Lacaci había muerto».

Fuenteabc.es
Fecha de publicaciónseptiembre 29, 2019

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